Su trabajo era artesanal: filmaba con su cámara y editaba en su casa, siempre con los mismos actores y técnicos y en las mismas locaciones, que solían ser casas de amigos y de su familia. La única diferencia entre sus anteriores películas y esta era yo. Y por supuesto, Érika Garú.
I
Nunca nos hemos llevado bien. Después de todo, soy el vago del que, por desgracia, se enamoró su hija. Lo de vago es el resultado de una serie de circunstancias, porque cuando tengo que entregar dos mil quemaditos, dos mil quemaditos entrego: Películas sin estrenar, clásicos del cine o de la televisión, televisión local o internacional, álbumes completos, canciones variadas, videos aficionados, de todo, el catálogo es ilimitado; pero el dinero no es tan bueno, todo depende del volumen de ventas y muchas veces los discos se quedan fríos, no tengo un departamento de mercadeo muy desarrollado, trabajo a pura intuición e imitación: si creo que algo puede tener éxito lo quemo más, si algo se pone de moda lo quemo el doble, y eso hace que los errores sean comunes. Hay semanas en que parece que me voy a hacer millonario, en otras no hallo qué hacer con todo el material que se queda frío. A pesar de los vaivenes, el asunto pudiera ser una profesión a tiempo completo si no fuera por la vergüenza que me deja mudo cada vez que tengo que contestar a la pregunta “¿y tú qué haces?”. Lo he intentado, más de una vez he practicado frente al espejo relajándome y respirando profundo, pero nada, incluso solo, encerrado en un baño, no puedo confesar a qué me dedico y hasta náuseas siento al tratar de decirlo, una reacción corporal muy parecida a la del personaje de aquella película, La Naranja Mecánica, que fue curado de sus instintos gracias al malestar físico que le producía pensar en ellos. Yo, supongo, también fui curado, pero por extraño que parezca, tal reacción nunca se produce mientras trabajo, únicamente cuando trato de hablar de ello. Y en casa de Ricardo Diéguez, uno de los cineastas más respetados del país y papá de Azalea, mi novia, jamás mencionaría algo al respecto.
A Azalea la conocí en la universidad; fue lo único bueno que me dejaron casi seis años de estudios. Licenciado con negocio propio pero clandestino y que ante la opinión pública es un desempleado mantenido por su novia hijita de papá; ¡las cosas que tengo que soportar por esa imagen que la gente tiene de mí! Una vez se me ocurrió llevar a casa de Azalea una película que acababa de quemar; recuerdo que era Blood Diamond con DiCaprio, lo recuerdo bien porque en un punto de la película encontré un salto inesperado, simplemente la imagen se perdía por unos tres minutos y no encontré otra fuente para resolver el problema. Entonces, en un momento de inspiración digno de los mejores capitanes de la industria, decidí llenar el vacío de una manera que resultó tan ingeniosa que a partir de entonces la utilizo como procedimiento estándar: tomé tres minutos de escenas de DiCaprio en The Departed y las puse en el vacío de Blood Diamond; la mayoría de la gente iba a ver Blood Diamond por DiCaprio, que tengan DiCaprio entonces. Apenas el papá de Azalea vio que traía Blood Diamond para verla en familia, supo de qué clase de película se trataba, “¡ni siquiera la han estrenado en Estados Unidos!” dijo y por momentos lo tomé como un elogio, pero de inmediato comenzó a descargarme con una furia que llegó a preocuparme, parecía que en cualquier momento me iba a golpear, aunque no pasó de las palabras, el señor Ricardo Diéguez es de los que todavía creen que un buen sermón puede herir y hacer recapacitar a los inmorales. A sus ojos, incluso este servidor, el más inmoral de todos, no podría resistir sus argumentos sobre cómo gente como yo dejamos sin comer no a los Diéguez de este mundo sino a aquellos que dependen de que Diéguez reciba el dinero justo por su trabajo. “El que se jode no es DiCaprio, se joden los técnicos de sonido, los iluminadores, los maquilladores, los productores de campo, es a ellos a los que la gente como tú les quita la comida”. La parte más brillante de su diatriba fue en la que habló de la justicia poética: por ahorrarnos unos centavos, yo y la gente como yo nos perdíamos el verdadero arte cinematográfico que solo se aprecia en la calidad y el silencio de una sala. Pero no pudo continuar, mi celular sonó interrumpiéndolo. La llamada fue de Azalea en mi rescate. Semejante discurso y tamaña indignación por el solo hecho de que la película estuviera en su casa, sin saber que yo no estaba ahorrándome unos pesos, los iba a hacer: cien copias más de Blood Diamond estaban listas en mi casa esperando por mi socio que las pondría a circular.

