Cuando regresé, esta vez me esperaba en el puesto mi supervisor directo. Tenía en la mano su copia de la lista de Tascón. No hicieron falta demasiadas explicaciones, recogí mis pocas cosas, papelería más que todo, y me fui.
Antes de salir de Palacio, volvió a abordarme el misterioso funcionario, pero en su lenguaje corporal todo había cambiado, estaba bastante relajado, ya no me consideraba una amenaza.
-Al final tú sí nos habías ayudado, sin saberlo, pero ayuda es ayuda.
-¿A qué se refiere?
-Bastó mostrarle tu firma y el resto se construyó solo, la conspiración del Imperio, el libro con que intentaban confundirlo y desviarlo de la Revolución, el nuevo intento de magnicidio, de repente te dedican un par de minutos en el programa del domingo.
-Será un honor, dije ya dándole la espalda. Quería salir para siempre de ahí.
Al regresar a casa, lo primero que se me ocurrió fue llamar a Guillermo, quería desahogarme y tranquilizarme contándole cómo había concluido el asunto y preguntarle si él creía que de verdad estaba terminado; con tipos como ese funcionario uno no puede estar seguro. Guillermo no podía creer lo que escuchó.
-Entonces, es probable, casi seguro, que el Presidente no va a leer a Rimbaud en público. ¿Cómo me hiciste esto, Luis? ¿Cómo se te ocurrió firmar para el Revocatorio?
-¿Qué te pasa Guillermo?
-En un día, en un día nada más, recorrí todas las librerías y distribuidoras de libros de Caracas y compré todos los ejemplares disponibles de Una temporada en el infierno, tengo comprometida a media Cámara del Libro con ediciones de emergencia, tengo la sala llena de libros y ya había contactado a dos buhoneros para salir a vender los libros apenas el Presidente volviera a mencionar a Rimbaud. Y ahora resulta que no, que el Presidente no va a leer el libro. Me la debes, Luis, me la debes.

