El volkswagen de los Rolling Stones

(Este cuento está incluido en la antología Pertenencia: Narradores sudamericanos en Estados Unidos)

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A mis padres

-¿No lo escucharon? Ya se sabe por qué Stevie Wonder no paraba de tocar.

La expresión de Oscar era de total seriedad; como si no lo conociéramos. No serían dudas sobre la veracidad de la información o la autoridad de la fuente lo que nos haría reír, el chiste tendría que defenderse por sí solo. Pero Oscar estaba en personaje y mantuvo su acto hasta el final, hasta que Mario y yo tuvimos que preguntarle, no sin desgana y con pocas expectativas, por qué Stevie Wonder no paraba de tocar.

-Porque no vio llegar a los Rolling Stones.

Lo que siguió fue una carcajada grupal que rompió la monotonía de la espera. Mucha gente volteó a mirarnos entre la sorpresa y la censura, no porque se tratara de un chiste cruel, que ninguno de los que estaban alrededor nuestro entendía una papa de lo que decíamos, sino por la situación: nadie estaba para risas, menos para la escandalosa carcajada de algunos de nosotros, pero no hay chistes malos sino audiencias fuera de sintonía, y la situación era perfecta, celebrábamos no tanto el chiste sino el momento en que se le ocurrió a Oscar y lo echó. Todos lo disfrutamos excepto Armando, que no estaba como para tomarse siquiera un respiro.

Antes y poco después del chiste estábamos tensos, aburridos, a la expectativa, los Rolling Stones tenían horas de retraso, Stevie Wonder tocó por más de dos y lo único que siguió fue el silencio, más y más espera, algo sucedió y nadie decía nada. No estábamos contentos, ninguno, pero Armando era el único que ya había llegado al punto de no reírse de un excelente chiste malo.

No era para menos. En el laboratorio, Armando tenía un experimento en marcha, nunca se imaginó que a esa hora todavía estaría en el concierto.

-Tú sabes cómo son en MIT, si pasa algo y les digo que estuve toda la noche aquí, no sé, bróder, no sé, tengo que regresar.

Su temor era que al llegar los resultados no fueran los esperados pues no tendría cómo saber si sucedió algo durante el desarrollo del experimento, que por cierto no quiso explicarnos de qué se trataba.

-Esa es solo una posibilidad, pero lo más probable es que no pase nada fuera del librito, tú diseñaste el experimento.

Ego de científico, aquello parecía tranquilizarlo. Varias veces le pintamos el mejor escenario: “vas a llegar, todo va a medir lo que tiene que medir y verificarás el éxito del experimento justo después de haber visto a los Rolling Stones”, qué podía ser mejor que eso.

Pero la espera no terminaba y los nervios de Armando una y otra vez volvían a salirse de control, “no va a pasar nada, bróder, es solo un retraso” le decíamos, aunque a esas alturas lo menos que le importaba eran los Stones. Se habría marchado si hubiéramos venido en su carro y si la entrada no le hubiera costado 10 dólares, “media beca” dijo exagerando cuando me dio el dinero. “Media beca, pero son los Rolling Stones”, le respondí, primera vez que tocan en Estados Unidos desde Altamont, y la nueva gira coincidió con nuestra estadía en el país, cómo podíamos perdernos semejante oportunidad.

-¿Te vas a ir ahora que estás aquí? Bróder, después volvemos a Venezuela y quién sabe si algún día toquen allá.

Le insistíamos en que lo mejor era relajarse, habíamos venido en el carro de Mario y con él no contaba, “si los Stones comienzan a tocar a las cinco de la mañana, ahí voy a estar yo”, sentenció Mario y todos lo secundamos, Armando tendría que volver solo y ese era nuestro mejor argumento para que se quedara, “¿cuánto te va a costar un taxi a esta hora? Si es que lo encuentras”.

Armando se sabía atrapado, esa noche vería a los Rolling Stones funcionara el experimento o no. Pero fue poco lo que le duró la resignación. Sin que nadie se lo esperara, apareció sobre el escenario el mismísimo alcalde de Boston; claro que tuvieron que decirnos que se trataba del alcalde, ninguno de nosotros estaba muy enterado de la política local, y la verdad no entendimos nada cuando lo presentaron. Luego de unas cuantas mentadas del público, el alcalde dio el anuncio:

-Los Rolling Stones estaban presos en Rhode Island, pero yo logré que los soltaran y están en camino. Eso sí, la ciudad está en llamas y necesito llevarme unos policías de aquí, por favor esperen tranquilos y no vayan al South End.

El público, extrañamente, se lo tomó con calma. Todo el Boston Gardens estaba dispuesto a ver a los Stones esa noche y si era necesario los esperarían en posición de descanso. El único que no pudo calmarse fue Armando.

-Tengo que volver al laboratorio.

-Pero los líos son en el South End.

-No, los líos son en toda la ciudad, bróder, y siempre hay líos en Cambridge también, me tengo que ir.

De su decisión ya no pudo sacarlo nadie, aunque la verdad no insistimos demasiado. La espera se extendería tiempo suficiente para hacernos olvidar que Armando fue al concierto con nosotros, y luego, cuando pasada la medianoche comenzó a sonar Brown Sugar, bueno, ya todo fue los Stones y solo los Stones.

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