Con lágrimas en los ojos, mi abuela me entregó el ramo, subimos al bote y nos sentamos en el primer banco. La familia ocupó el resto de los asientos y los dos siguientes botes completos. La abuela me tomó del brazo y no me soltó hasta el final del recorrido. El bote partió y a los pocos metros, justo antes de llegar al pequeño desnivel que da verdadero inicio al ride de los Piratas del Caribe, solté el ramo, lo vimos caer por la cascada y quedarse atrás mientras algunos tallos y hojas se hundían y las flores y otras hojas flotaban dispersándose en la superficie en homenaje al abuelo.
Al bajar del bote le pregunté a Lucas qué le había parecido el recorrido y me dijo que “awesome”. No pude contener mi sorpresa y le pregunté “really?”. Cuando llegue a la adolescencia, quizás junte su estado de ánimo con su lenguaje corporal, aunque imagino que el factor Jack Sparrow es suficiente para convertir cualquier cosa en especial, incluso aunque evidentemente se trate de un maniquí. Helene, por su parte, estaba más interesada por mi opinión que por la de Lucas. Nada, no sentí nada especial, recuerdos alborotados pero ninguna cuenta pendiente.
Ayudé a la abuela a salir del bote, sentí que ambos supimos que era la última vez que nos veríamos con una mirada verdadera, las siguientes veces no fue ella, su mente ya no regresaba, al menos no regresó nunca más estando yo presente. Al siguiente año no hubo viaje, ella estaba demasiado débil para tomar un avión y moriría pocos meses después. Yo sí viajé, de nuevo a Estados Unidos pero no a Orlando, ni siquiera a Florida, y desde entonces he vivido en este país, me casé y mi primer y único hijo nació aquí. No sé cómo terminaron las negociaciones entre los cuatro yernos y la corporación. Lo cierto es que aquella, en efecto, fue la última vez que la familia lanzó flores por el abuelo. Hoy, con Lucas, completé el ciclo y por fin el abuelo pudo descansar en mis recuerdos.

