(Cuento publicado en la difunta revista electrónica Remolinos)
Si me hubieran advertido que no verla de nuevo me iba a traer tantas consecuencias, tampoco habría estado preparado. Porque no hubo diferencia entre la última y cualquier vez anterior, ni siquiera entre la primera y la última vez. Ahora que lo pienso, creo que estaba vestida exactamente igual que el primer día. Aunque en dos años son muchas las faldas, las blusas y los talleres que utilizó, la falda negra justo por encima de la rodilla y la blusa de seda morado pálido es un atuendo que acude muy fácil a mi memoria, puedo imaginarla usando esa combinación para darse confianza y tranquilidad en su primer día de trabajo y también vistiendo así para el último, un ciclo que cerró. Seguramente ese día fue la última vez que utilizó la blusa de seda morado pálido y la falda negra por encima de la rodilla.
Como siempre, se bajó del carro y me sonrió entre coqueta y desinteresada. Creo que era una mujer que no sabía relacionarse con los hombres sin dar por sentado que bastaba que dijera una palabra para que lo dejaran todo por ella. No es que fuera particularmente hermosa, era su seguridad y su forma de desenvolverse, como prometiendo a cada paso algo que nunca hemos tenido, que no hemos experimentado y que está fuera del alcance de cualquiera. Al menos fuera del alcance mío, aunque bastante me costó aceptar que más que soñador era un iluso, y la diferencia entre ambos términos era ese momento que comenzaba cuando yo componía un par de estrofas para su canción de amor número seiscientos cuarenta y terminaba con una nueva sonrisa de ella, pero ya sólo para cortar amistosamente todo intercambio y entregarme la llave de su carro.
El orgullo es gaseoso y yo me siento bastante satisfecho con los resultados que he obtenido como parquero. Desde el primer mes soy el que más gana, las propinas que recibo llevan mi ingreso mensual a rangos de trabajador con greencard. La clave está en conocer los horarios y las costumbres de tus clientes y trabajar en función de ello. Los que llegan a las 7 de la mañana o antes y no salen sino hasta las 5, 6 o más tarde, siempre tienen sus puestos esperándolos al fondo del estacionamiento. Delante de ellos, están los lugares para quienes pasan todo el día aquí pero se niegan a sentirse esclavos, aunque lo sean, y a las 4:30 en punto, a más tardar a las 5 están yéndose. Luego, en un sector intermedio, a veces delante de los primeros, a veces de los segundos, están los lugares de los que prefieren cortar el día saliendo a la hora del almuerzo, quizás porque almuerzan en casa, quizás porque no almuerzan y aprovechan el tiempo para hacer cualquier cosa. Después, casi al frente, los impredecibles, que entran y salen en cualquier momento, como si sus días fueran de toque y despegue, a veces se van a las 3 y no regresan, a veces son las 8 y no se han ido, a veces ni vienen, liberando espacios que nunca me siento cómodo al utilizar porque nada les impide llegar a las 2 de la tarde e irse a las 5 y media. Por último, delante de todos los demás, los desconocidos, los que vienen por primera vez y que quizás no vuelvan nunca, o los que vienen tan esporádicamente que no hay manera de reconocerlos; a esos ni siquiera les acerco el carro, simplemente les indico dónde está y les doy su llave. Ella pertenecía al primer grupo, solía llegar antes de las 7 de la mañana y no se iba hasta las 6:30 o 7 de la noche. Por eso no afectó mi método y apenas me di cuenta de que no se había ido cuando ya estábamos listos para cerrar. No fue sorpresa, dos o tres carros por semana pasan la noche en el estacionamiento; las más de las veces adictos al trabajo que necesitaron juntar dos jornadas para sentirse productivos; a veces grupos de amigos que salieron de fiesta desde la oficina en un solo carro–que aquello del conductor designado lo inventaron los dueños de los estacionamientos.

