Palabras regadas por el piso

(Cuento publicado en el número 194 de la revista Letralia, Tierra de letras)

Ella preferiría que el sobre desapareciera bajo el polvo o que una ráfaga de viento lo arrastre a un rincón donde lo aguarde el olvido, que pase algo para que ella pueda olvidarlo para siempre, un siempre que no duraría mucho pues ella quiere olvidar no ese sobre en particular sino todos los sobres, y sabe muy bien que pronto llegará el siguiente, y después el otro, y así hasta quién sabe cuándo, hasta que el apartamento se llene de sobres por olvidar, de sobres ignorados pero al acecho, dispuestos a saltar sobre su memoria y sobre su curiosidad al paso de una inocente escoba o tras el torbellino producto de hacer o deshacer la cama. Por eso, se decide. Apenas a unos treinta centímetros de la puerta está el sobre esperándola. Lo mira temerosa, y de pronto, llena de una desesperación que solemos confundir con la valentía, corre hacia el sobre, sus pies se deslizan antes de detenerse, casi cae, pero no intenta recobrar el equilibrio, utiliza las fuerzas que la arrastran hacia abajo para con el mismo impulso tomar el sobre e hincarse de rodillas en el piso. Apenas un instante, una mirada casi furtiva, le basta para saber que es uno de los sobres a los que tanto teme, se llena de rabia, de furia y lo rasga con fuerza, con tanta fuerza que rasga también el contenido, lo rompe en pedazos y riega los pedazos por el piso, caminando de rodillas como quien paga una penitencia.

Arrepentida, busca cinta adhesiva y recoge uno a uno los trozos de papel. Pudo más la curiosidad, aunque ya conoce el contenido. Las cartas en blanco, si el que estén en blanco permite seguirlas llamando cartas, se suceden una a una, sin explicación, sin justificación, sin clave para descifrarlas. Por eso la rabia, rabia que aumenta con cada nueva carta, ella odia esas hojas en blanco; también, la intrigan. Quiere saber lo que dicen, lo que sienten, por eso no soportó la imagen de los trozos regados por el piso, condenando al perpetuo silencio el mensaje que traían cuando eran carta, mensaje hecho de silencio pero no mudo. Reconstruye las hojas con precisión de cirujano, como si poniendo un pedazo en lugar de otro alterara para siempre el mensaje, convirtiendo el silencio de esas hojas en un silencio diferente al que llevan escrito. Este silencio es único, ella lo sabe.

Terminado el remiendo, se levanta con tres hojas en la mano y va a guardarlas junto al resto. El pequeño montón formado por las hojas casi idénticas, diferenciadas apenas por el número y posición de las tiras de cinta adhesiva, o por la ausencia de las mismas, se le muestra como un acertijo indescifrable. Revisa las hojas una por una como si fuera una celosa coleccionista juzgando el valor de las piezas y determinando la suma que piensa invertir en ellas. La cabeza se le llena de preguntas sin respuestas, o con la misma, única e invariable: el silencio.

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