Cuando le quitaron los vendajes, su esposo no la reconoció. “No hay por qué preocuparse, en unos días bajará la inflamación”, pensó, segura de que este nuevo refrescamiento le restaría unos quince años a su aspecto. Pero la inflamación cedió y su esposo todavía no la reconocía. Se miró en el espejo y vio su rostro. Era cierto. No podía encontrar los rasgos anteriores a la primera operación. Mientras se tocaba la cara como si estuviera tratando de armar un rompecabezas, le dijo al marido que la miraba con expresión atónita: “Tienes razón. Esto tiene que acabarse”. Pero no se acabaría, no reconocerla apenas fue el primer síntoma del alzhéimer.