La última actualización del sistema

Cada vez con mayor frecuencia, la única pregunta que acudía a la mente de Carlos frente a su pantalla era ‘¿quién es toda esta gente?’. Decidió entonces comenzar a destejer su red, preguntándole a las personas que aparecían y desaparecían en ella si recordaban cómo se habían conocido. Muy pronto pudo concluir que todo comenzó por acumular gente y gente sin importar cuán cercanos fueran, hasta que aquello se salió unos 3, 4 o 5 grados de control.

A pesar de que tomó las medidas a su alcance, el permanente recorrido por su red le seguía mostrando un número muy alto de extraños. Pronto recibió una primera señal de alarma cuando un tal Jeremías le respondió ‘coño, Carlos, ¿de verdad me estás preguntando eso?’. Luego siguió la respuesta de una tía: ‘conocerte, conocerte, desde que naciste, ahora, si te refieres a algún momento trascendental, de formación de la personalidad o una anécdota que considere especial, bueno, puedo darte varias’. Y así otras más y siempre el mismo vacío.

No supo qué hacer salvo seguir adelante. Las respuestas se acumularon y el carácter de las mismas se diferenciaba entre los que le escribían ofendidos por el olvido de Carlos, y los que más bien se lo tomaban como una especie de ejercicio contra el tedio tan común de estos tiempos, pero lo que no variaba era la mezcla entre asombro y miedo de Carlos ante tantos nombres, caras y situaciones que al parecer simplemente se habían borrado de su memoria.

Carlos comprendió que apenas podía recordar los aspectos esenciales de su existencia, aquellos que le permitían seguir funcionando mientras se dejara llevar por la resaca de la cotidianidad, sin darse cuenta del oscuro mar que se estaba formando en el resto de su cabeza. Sin embargo, aquello que le permitió ver el problema también le brindaba una posible solución. Continuó la búsqueda de detalles de su vida, pero la disfrazó con preguntas empacadas en grupo que se pudieran contestar sin que un ser que se le mostraba querido se sintiera agredido por la pregunta o por aparecer como otro más del montón: comenzó a enviar cosas como “comparte conmigo algún momento en que te hice reír” o “¿eres capaz de decir todas y cada una de las ciudades en que nos hayamos visto?” y las respuestas fueron bastante generosas.

Así, cortando y pegando los distintos párrafos y comentarios que recibía para darles orden cronológico, Carlos fue armando su biografía. Podía pasar horas leyendo su propia vida. Incluso imprimía las nuevas versiones del documento para llevárselas a la cama y leer un poco más antes de dormir. Solía volver una y otra vez sobre un mismo párrafo intentando encontrar algún recuerdo de lo que le contaban, o tal vez tratando de aprender de memoria lo leído, pero no lograba ninguna de las dos cosas, era como si cada lectura fuera la primera y solo era capaz de dibujar en su cabeza los detalles que el narrador de turno había puesto en la pantalla.

Con todo y lo precario del método, el retrato de sí mismo era bastante adecuado. Se propuso entonces escribirle a dos personas de su red por día para saludarlas y ponerlas al tanto de detalles del documento relacionados con ellas o agregados recientemente, y luego, si venía al caso, incorporar al mismo lo que le dijeran en respuesta. Así pasaron semanas y meses, tal vez años, y en algún momento hasta sintió que poseía ciertos recuerdos de lo leído, aunque en realidad se trataba del rutinario acto de leer y de actualizar el documento y no de alguna memoria específica. Lo más importante, sin embargo, era que su red de afectos lucía robusta y cercana, lista para hablarle y recordarle quién era, aunque el temor a encontrarse en la calle a alguno de esos contactos y simplemente pasar de largo dejando al otro con el saludo engatillado o mirarlo con el asombro con que atestiguamos la confusión ajena le quitaba buena parte de la tranquilidad lograda.

Pero la tranquilidad es un don efímero y la suya dependía en exceso de los instrumentos que utilizaba para alcanzarla, instrumentos que no le pertenecían. Fue de manera por completo inesperada. Un aviso en la pantalla le pidió que no apagara lo que acababa de encender. Luego, unos números que se le antojaron por completo aleatorios alcanzaron el cien por ciento. Después, otro mensaje donde le solicitaban una clave para continuar que a esas alturas él desconocía por completo. Lo intentó con toda la determinación de la que era capaz, trató de juntar siquiera un número, una letra, una palabra, una frase con algún tipo de significado, pero nada le traía el más pequeño destello, la más pequeña esperanza. Pidió que le hicieran preguntas y buscaba las respuestas en el documento, pero nada al parecer daba fe de su vida. El desespero fue ganándole y de lo único que terminó siendo capaz fue de darle una y otra vez a la tecla de retorno hasta que se desprendió del teclado. Siguió intentándolo varios días más, cada vez con menos ilusión y luego con absoluto desinterés hasta que aquello salió de su rutina. Ni siquiera supo preguntarse si alguien indagó qué fue de él. Lo único que pudo mantener fue el hábito de no dormirse sin antes leer un poco de esa interesante novela de ficción que mantiene al lado de su cama, aunque nunca puede recordar el nombre del autor.

La cola del pelotón

Foto de Aurelio Vicente, algunos derechos reservados

Minutos antes del comienzo de la etapa la tensión del pelotón llegó al máximo, pero no producto de la competencia sino de las camionetas negras apenas identificadas con la ambigua frase “vehículo oficial” que llegaron y paralizaron a los ciclistas sobre sus bicicletas. Los corredores intercambiaron miradas intentando descifrar, en la forma en que un compañero o un rival bajaba la vista, a quién le tocaría esta vez. Pero varios murmullos rompieron el silencio culposo y se sintió algo de alivio y no poca sorpresa. El modo de caminar de los funcionarios no era el usual, tampoco la forma en que se dirigieron a los directores de carrera, de boca en boca circuló el rumor que de inmediato fue certeza, no son los de siempre, ¡no son los de siempre!

Hicieron caso omiso de los corredores de mayor palmarés y de los señalados a llevarse la victoria; ignoraron a los ciclistas que vivían un inesperado segundo aire en sus carreras y a los que de la nada habían derrotado los pronósticos; pasaron de largo de las jóvenes promesas y ni se interesaron por quienes estrenaban jugosos aunque no muy claros patrocinios. Fueron directo a la cola del pelotón, al lugar desde donde parten los que se saben sin ningún chance, los que dicen haber venido por el simple hecho de competir, como si el resto no supiera que estar ahí es tan importante que se está dispuesto a incurrir en cualquier costo. 

Ahora que todos lo comentan, sí había un notorio desfase entre las aspiraciones y credenciales del equipo y la calidad de las bicicletas. Acusados de contrabando, se los llevaron esposados y las bicicletas fueron etiquetadas y transportadas en calidad de evidencia.

Microcuentos de novela

A continuación, tres microcuentos que están más o menos emparentados entre sí y que abordan la relación entre oficio y género literario.

Buen consejo

Me dijeron “escribe sobre lo que sabes” y llegué a viejo convertido en maestro del microrrelato.

Microrrelatos

Me obsesionan tanto los microrrelatos que ahora solo leo la primera y la última oración de cualquier novela.

Intensidad

Detuvo su novela en la primera frase, seguro de que no podría mantener semejante ritmo por más de una oración.

Leer en la incertidumbre

En días tan difíciles no he tratado de ponerme metas muy altas de productividad, por eso he estado revisando textos que ya había publicado en La Oficina y volviéndolos a compartir. Si estás buscando lecturas para acompañarte en las actuales circunstancias, aquí tienes una lista de cuentos cortos que se irá ampliando con el paso de los días:

Microbiografías

-Ay, si te contara mi vida te daría para una novela—y yo que en ese momento me sentía tan página en blanco, tan lugar común, tan diosa inspiración perdóname por haberte negado, respondí con interés, ‘cuéntame que yo escribo’.

Grabé, escuché, pregunté, transcribí, escribí, rescribí, taché, taché, taché hasta que tuve la historia tal como quería contarla: hechos y personajes en perfecto diálogo, fluido y armónico, casual y causal a la vez; la atmósfera producto de la historia y no previa a ella; un desarrollo sin cabos sueltos ni con saltos injustificados; la primera frase ubica de inmediato en la trama y tiene buen gancho; el desenlace sorprendente pero sin trucos ni efectismos; cada palabra en su lugar preciso, no falta nada y, sobre todo, nada sobra. Contento y orgulloso le mostré el resultado.

-¿Qué es esto?

-Tu vida, tal como me la contaste.

-Pero, no es ni una cuartilla.

-Bueno, sí, no daba para novela.

Volver al pasado

Esto es fan fiction: Volver al futuro es una película que siempre me ha perturbado un poco, la primera, la trilogía no tanto. Aquí, el resultado de esa especie de obsesión que me ha acompañado unos cuantos años:

Esta historia comienza donde terminó la otra: luego de un excelente fin de semana con Jennifer, Marty se sentó a la mesa familiar seguro de que el futuro no estaba escrito, pero con el pasado ahí, vivo, revoloteándole intensamente en la cabeza. Se tenía que morder los labios para no hablar de sus viajes al año 2015, al viejo oeste, al pasado de sus padres en 1955 y, sobre todo, a ese otro 1985, el del día antes, tan cercano como ayer y a la vez tan lejano, tan extraño y ajeno al de todos los que le rodeaban, pero es muy difícil mantener la cotidianidad encerrada en una habitación. George y Lorraine ya estaban sobreaviso, no tanto por la falsa acusación a Biff de haber destruido el auto sino por la manera en que lo veía y en que los vio a ellos, como si no los conociera o como si los hubieran cambiado.

Con la habilidad de quien construye tramas imposibles para vivir, George hizo parecer conversación dominguera lo que era una auténtica prueba para descartar que su hijo sufría de algún tipo de esquizofrenia. Con tristeza, las respuestas de su hijo confirmaron sus sospechas. La vida que Marty había tenido era completamente distinta de la que recordaba: Biff atormentando a la familia, su padre inseguro e indefenso, su mamá siempre al borde de la borrachera, sus hermanos unos patéticos perdedores y él apostando a una banda de rock como si el futuro dependiera de ello. Él, que lo había tenido todo. Lo mejor era actuar sin dilaciones.

Cuando la ambulancia llegó a la casa, Lorraine no paraba de llorar preguntándose en qué fallaron y George pensaba en cómo su vida, su carrera, su fama, todos sus éxitos se vaciaban de significado porque a los ojos de su hijo menor, el consentido, el favorito, al parecer no era sino una especie de bufón. Marty se dejó llevar con docilidad, perplejo no por la situación sino ante la biblioteca llena de títulos escritos por su padre, libros que dijo estar viendo por primera vez pero que no solo se había leído sino que en los años recientes había ayudado a escribir y de los que hasta el día de ayer podía repetir de memoria pasajes completos.

Marty nunca salió del hospital psiquiátrico, y hasta el final mantuvo la esperanza de que un viejo amigo viniera desde el año 1885 a rescatarlo para que pudieran regresar a 1955 y evitar a toda costa que su padre le diera ese maldito nocaut a Biff.

Acompañaré a Pedro Medina León en el lanzamiento de Americana

Este jueves 27 de febrero en el Dowtown Doral Pop-Up Mind Body Social Pedro Medina León presentará su más reciente novela Americana. Tendré el gusto de acompañar a Pedro en la faena, donde conversaremos por supuesto sobre su novela pero también sobre su obra y la ciudad donde se desarrolla: Miami.

Con el apoyo de Dowtown Doral, de Suburbano y de la Feria del Libro de Miami, la cita es a las 7 de la noche en el 5241 NW 87 avenue, Suite D109.

Y para ir calentando motores, puedes leer la reseña que hice recientemente de Americana.

Presentación de El último New York Times en Doral

Como parte de la serie de autores del Sistema de Bibliotecas Públicas del condado Miami-Dade, tuve la oportunidad de presentar mi novela El último New York Times en la sede de Doral de la biblioteca, el pasado 1ro de febrero de 2020.

Para la ocasión me acompañó Kelly Martínez-Grandal, lo cual nos permitió realizar el encuentro en tono de conversación, pero con preguntas y comentarios muy interesantes sobre el libro y los temas que toca.

La mezcla entre realidad y ficción, los límites difusos y solapados entre una y otra, fue un tema que en particular le interesó a Martínez y por eso leyó un fragmento del libro:

Por cierto, puedes leer el cuento Queremos tanto a Borges y ver que se trata de uno de los embriones de El último New York Times. Por eso, me gustó tanto hablar del archivo, de la posibilidad de revisar viejos papeles, viejas publicaciones, y de cómo en tiempos de digitalización estamos descuidando el archivo por darlo por descontado. Aquí un fragmento de esa intervención:

El último New York Times es una historia sobre la voluntad de narrar, el deseo de contar y el esfuerzo que hay que realizar para hacerlo. De eso también hablamos y por eso cerré leyendo este fragmento del libro:

Si no has leído El último New York Times puedes buscarlo en Amazon.

Tres temas, 27 de enero

Luis Alberto Spinetta dejó música lista en su computadora, la hija la encontró y para celebrar el que hubiera sido su cumpleaños 70 editaron el disco, 7 canciones, 30 minutos apenas, pero un regalo inmenso e inesperado para todos sus seguidores y para todos los amantes de la música en general. Los dos primeros temas, Veinte ciudades y Ya no mires atrás, que le da el nombre al disco, fueron los que más me gustaron y al final me decidí por compartir aquí el primero.

Inmigrantes es una banda argentina activa desde el 2004 y su disco debut de 2007 al parecer tuvo buena acogida y éxito, pero yo nunca había escuchado hablar de estos dos hermanos gemelos, Pablo y Carlos Silberberg. Cenit es el primer sencillo del que será su nuevo disco.

The Turning es una película de terror que se estrenó este fin de semana e imagino que los temas de la banda sonora vienen circulando desde hace algunas semanas o meses, pero no me los había encontrado hasta que estuvo por completo disponible. Qué gran banda sonora. Los temas de Mitsky, Soccer Mommy, Vagabon, Kali Uchis, Dani Miller, Alison Mosshart y la colaboración entre Living Things y Sunflower Bean me parecieron todos excelentes y me costó bastante decidirme por alguno. Pero al final creo que Take no Prisoners de Living Things y Sunflower Bean es un temazo que tenía que estar entre las tres mejores de la semana.