Cuatro años me tomó dar con su paradero. No fue tiempo suficiente para que, al verlo, la elocuencia me acompañara. Su desaparición de la vida pública todavía era popular cotilleo del mundo literario y yo no supe estar a la altura del encuentro. Había planeado romper el hielo con dos anécdotas sobre mi búsqueda y acto seguido le hablaría de la importancia de su obra en mi vida, pero tartamudeé y casi dejé caer el libro cuando lo abrí frente a él. No lo culpo si creyó que las páginas contenían burundanga. Con la habilidad de una persona entrenada para ello, sacó una pistola y sin mediar palabra apretó el gatillo.
Me dejó ahí, desangrándome de rodillas a las puertas de su morada. Tuve la absurda esperanza de que se hubiera ido a llamar una ambulancia. Regresó cargando a Artudito, el de la Guerra de las Galaxias. Como si la vida dependiera de ello, me aferré al libro pero con facilidad me lo arrancó de las manos. Fue una agonía terrible: antes de morir, escuché cómo su Artudito se comía página a página el ejemplar de la única novela que publicó y que yo siempre quise que me firmara.
