Virtual launch of The Last New York Times

El sábado 5 de diciembre se llevó a cabo la presentación de The Last New York Times, traducido por José Ángel Navejas y publicado por Katakana Editores. En el evento participaron Denise Kripper, George Franklin, Navejas y yo. Aquí el video de la muy agradable conversación.

Plato frío

Con la cara de quien pierde el último tren de refugiados por apenas unos instantes, vi a Verónica regresar desde un tiempo no tan lejano pero sí ya tan ajeno que parecía una vida anterior. Y si hay reencarnación, hay karma.

Me quedé paralizado en mi silla por un buen rato. Cuando pude moverme, fui y le toqué la puerta a Cárdenas. Era un hecho, Verónica también había emigrado y le dieron un puesto en la empresa, un puesto alto, importante, a la medida de sus credenciales. En un par de semanas sería supervisora general, solo estaría por debajo de Cárdenas en la cadena de mando. No pude contenerme y solté un “me jodí” del que Cárdenas esperó una explicación mirándome con ferocidad, pero no tuve dignidad para contarle lo que había pasado entre Verónica y yo. Muy pronto lo descubriría por sí mismo, o la propia Verónica tendría que decírselo cuando tomara las medidas que considerara justas.

-¿Ella ya sabe que trabajo aquí?–le pregunté a Cárdenas.

-Desde hace un par de días tiene toda la información del departamento.


-Se te va a enfriar la sopa–me dijo Evelyn sacándome de mis cavilaciones.

La miré a los ojos y supo de inmediato que algo estaba mal.

-Contrataron a Verónica, dentro de unos días será mi jefa.

Evelyn se puso lívida, luego le dio un ataque de rabia.

-¡Seguro fue Javier el que se la trajo! El muy…

-No, no fue Javier, no fue nadie, Verónica llegó por sus propios medios, no hay nada que podamos hacer hasta que ella comience a trabajar. Lo mejor es que salgamos, vámonos a la playa, relajémonos.

Pero no nos relajamos, no podíamos. Tanto Evelyn como yo estábamos seguros de que lo primero que haría Verónica sería mandarme bien lejos a la mierda con toda la soberbia que le dará el tener mi visa en sus manos. Llamé a Javier, no por las acusaciones de Evelyn sino porque él conocía el pasado lo suficiente como para no tener que empezar explicándome.

-Me imagino que ya sabes lo de Verónica.

-Sí, lo sé, lo siento.

-¿Por qué no me lo habías dicho?

-No quería que te enteraras por mí.

-Porque no hiciste nada para evitarlo.

-Verónica es buena, se vino, como tú, como yo, y la empresa era un objetivo obvio, no necesitó sino tocar la puerta.

-Y no hiciste nada para evitarlo.

-¿Tú crees que hubiera podido? Objetivamente, no había argumentos, no iba a ponerme a inventar…

Javier se calló y ese silencio fue su opinión más dura sobre mi situación y sobre mí mismo. Colgué sin decir nada más. Él no intentó llamar de vuelta.


La reunión de presentación de la nueva supervisora general fue convocada para ese mismo lunes y era de asistencia obligatoria, ya que se esperaba que en ella Verónica nos explicara su plan de gestión y de reestructuración del departamento. No quería ir, pero era imposible faltar. Quizás llegar tarde sería la solución, pero correría el riesgo de interrumpir y que toda la atención recayera sobre mí dándole a Verónica una oportunidad perfecta. Tampoco podía llegar temprano y estar entre los primeros que se sentaran en el salón, arriesgándome a que Verónica también estuviera ahí preparando su presentación, aquello parecería un desafío y no estaba en posición de retarla. Decidí entrar al salón cuando la mayor parte de los empleados lo hicieron, y me senté lo más alejado que pude de Verónica, no quería verle la cara ni percatarme de que ella me estuviera mirando.

Cárdenas presentó y repasó la trayectoria y credenciales de Verónica sin guardarse ningún elogio. Luego Verónica tomó la palabra e hizo un análisis del presente y futuro del negocio que nos dejó realmente asombrados y satisfechos a todos, no lo niego, la empresa estaba en buenas manos. A partir de ahí comenzó a asignar nuevas tareas y responsabilidades, se trataba en efecto de una restructuración del departamento pero en función de las proyecciones que había hecho del futuro y de la capacidad y obligación de la empresa para responder a ellas. La gente estaba entusiasmada, se veían motivadas, cada quien recibía su nuevo encargo con satisfacción, además Verónica estaba contando con todos y eso de inmediato le ganó la confianza y aprobación del equipo. Con todos menos conmigo, que no fui mencionado ni recibí tarea alguna. Se dio por terminada la productiva reunión y salí de nuevo confundido entre los empleados de menor rango, los de mayor rango hicieron fila para estrechar la mano de Verónica y reiterarle que contaba con ellos.

En mi puesto no tuve otra cosa que hacer sino refrescar cada dos minutos la bandeja de entrada esperando la comunicación de recursos humanos. Pero terminó la jornada y nadie de recursos humanos se comunicó conmigo, tampoco lo hicieron Verónica ni Cárdenas. Ese día fui el último que salió del edificio.

Evelyn se contuvo todo el día de llamarme o mandarme mensajes, pero cuando llegué a casa, un par de horas más tarde que de costumbre, ella daba por hecho lo peor y me abrazó apenas abrí la puerta y nos quedamos un buen rato así sin decir nada, o eso fue lo que sentí, que había pasado mucho tiempo. “Todavía no sé qué va a pasar conmigo” le dije y aquello, lejos de atormentarla como estaba atormentándome a mí, le dio algo de esperanzas, si Verónica no había llegado cortándome la cabeza quizás no lo haría, no saber lo que va a pasar era bueno mientras tuviera el trabajo y siguiera vigente la visa que nos mantenía en el país.

Para mí, en cambio, lo peor era la incertidumbre. Al día siguiente llegué más temprano y tal como sabía que sucedería, Cárdenas ya estaba en su oficina. Le pregunté si Verónica le había dicho algo sobre sus planes para conmigo.

-No, pero tiene carta blanca para tomar cualquier decisión que considere pertinente.

Supe que habían hablado sobre mi caso.

Estuve otra vez sentado todo el día en mi puesto sin hacer nada salvo refrescar la bandeja de entrada. Vi a Verónica moverse frenética por toda la oficina, pero se las arregló para no verme en ningún momento. Yo no existía para ella, y pronto no existiría para el resto de la oficina, que de tan ocupados y entusiasmados con los nuevos proyectos nadie se tardó de más lavándose las manos o sirviéndose café, todo el mundo estaba absorto en su trabajo.

A la mañana siguiente volví a ser el primero e intenté hablar de nuevo con Cárdenas.

-Esta situación me tiene un poco angustiado–le dije.

-Habla con ella. Habla con ella y si no te gustan sus planes…

Cárdenas se dio cuenta de que estaba en manos de Verónica. Ella entró en la empresa a prepararla para enfrentar el futuro del sector con mejor pie por la misma razón que yo no tenía muchas expectativas de conseguir otro patrocinante para una visa.

-Todos sabemos que tengo que esperar a que ella tome su decisión.


Al principio mis compañeros me veían extrañados por mi calma, por mi no hacer nada, pero se acostumbraron pronto y ya ni siquiera reparaban en mí cuando sus miradas barrían mi puesto para dirigirse a otro asunto. Me estaba volviendo un adorno que se pone en la sala por compromiso, porque nos lo regaló la tía y ‘pobrecita, ella lo hace con cariño’. Yo asumí la situación planteándome que estaba en huelga de silencio, no sería yo quien rompiera el velo de ignorancia que nos habíamos tejido, pero sabía que Verónica tampoco quería romperlo. Era una guerra de poder, algo ridícula por lo desigual, pero ver las cosas de esa manera era lo que me estaba permitiendo enfrentar la nada en que se había vuelto mi día a día. Seguía refrescando frenéticamente mi bandeja de entrada y temía por el monto que aparecería depositado en mi cuenta el 15, pero de resto yo también me estaba acostumbrando a mi nueva función de jarrón chino o quizás de recordatorio: tal vez Verónica me quería ahí para que mi presencia le recordara las pruebas que había superado para llegar a donde estaba.

Sí, la culpa fue solo mía, éramos buenos amigos y yo la traicioné, le hice una guerra sucia cuando me enteré de que le iban a dar un cargo para el que no me parecía que estuviera lista. Guerra sucia la llamo ahora, en aquel entonces fueron chismes de pasillo, rumores infundados, pero hicieron mella, nunca tuve que explicarme, nunca fui confrontado y terminé creando una bola de nieve que rodó libre y cada vez más grande. Lo más absurdo, lo más vergonzoso, es que no era un cargo que yo tuviera en la mira, no era mi asunto y de todos modos actué como si aquello hubiera sido un ataque personal en mi contra, como si la decisión me hubiera afectado de algún modo salvo en mi ego. El mal ambiente hizo que se pospusiera el ascenso, Verónica no estuvo dispuesta a esperar mucho tiempo y terminó yéndose de la compañía en los peores términos, enemistada con todos, incluso con los tímidos que intentaron defenderla; tras su marcha le perdí la pista y luego emigré.


Con la quincena llegó el ajuste de cuentas. Por petición de la nueva supervisora general, recursos humanos le envió a todo el departamento unas planillas de objetivos planteados y alcanzados durante el periodo. No tenía nada que escribir, no tenía nada que reportar, entregué la planilla en blanco pero la recibí de vuelta como si se hubiera tratado de un error de mi parte. “Sí, lo siento, no guardé el documento y solo reenvié el original” respondí.

Esperé hasta el último momento del plazo dado para devolver las planillas llenas y entonces escribí que mi objetivo planteado fue recibir instrucciones y que no lo había alcanzado porque no había recibido las instrucciones esperadas. Ya el asunto había escalado a recursos humanos, la espera había terminado.


Recibí el correo de Verónica con copia a recursos humanos y a Cárdenas, pero la reunión sería solo entre ella y yo. Tenía todo un fin de semana para llenarme la cabeza de dudas y temores, y a primera hora del lunes sabría por fin qué me depararía este reencuentro indeseado.

Evelyn pasó todo el fin de semana viendo el apartamento, repasándolo como si estuviera aprendiéndoselo de memoria o sopesando cuánto tiempo necesitaríamos para recoger nuestras cosas y marcharnos, si ese era el caso. Yo estaba más y más seguro de que eso sería lo que pasaría, pero era el peor escenario, pensaba negociar con la mayor dignidad posible un preaviso, rogarle a Cárdenas y a Javier por unas cartas de recomendación, e intentar encontrar otro trabajo. Sí, el peor escenario era también el más probable pero no me iría sin intentar torcer las probabilidades en mi favor.

Pero mi dignidad resultó dominguera. Cuando llegué el lunes al trabajo y vi que Verónica ya estaba en su oficina me temblaron las piernas. Esperé siete minutos a que fuera la hora exacta y le toqué la puerta. “Adelante” dijo y sin verme tendió su brazo indicándome que me sentara. No dijo palabra, tampoco le quitó la mirada a su computadora. Al rato todo volvió a ser como había sido desde que llegó a la compañía. No sé cuánto tiempo pasó, no me atrevía a revisar la hora, a hacer ningún gesto, y ella no parecía en lo más mínimo incómoda con mi presencia, si alguien hubiera tocado la puerta le habría podido indicar que se sentara justo donde yo estaba sentado, y esa persona se sentaría sobre mí y apenas se movería como quien intenta encontrar una mejor posición en una silla incómoda. Entonces, finalmente, me quebré.

-Lo siento, de verdad lo siento, no puedo perder mi visa, no puedo perder este trabajo, estoy en tus manos, haz lo que tengas que hacer.

Verónica dejó de hacer lo que estaba haciendo y me miró, en sus labios se dibujó la tenue mueca de quien no está contento de tener la razón.

-Sabes, cuando Cárdenas me preguntó por ti fue cuando por fin supe cómo empezó aquello. Yo no voy a hacer nada, no cuento contigo pero tampoco voy a cargar con la deportación de nadie. Tú verás cómo llenas esa planilla. Y con un gesto dio por terminada la reunión.

Apenas dos pasos separaban la silla donde estaba sentado de la puerta del despacho de Verónica, pero la distancia fue suficiente para saber exactamente lo que haría una vez en mi puesto. Justo antes de cerrar la puerta pude ver que la mueca de Verónica se había transformado levemente, ahora disfrutaba de tener la razón.

Urica

Boves levantó la mirada y creyó ver a Don Rodrigo Díaz de Vivar espantando moros incluso después de muerto. Quiso gritar, decirles a sus llaneros que lo pusieran de nuevo sobre el caballo, pero la sangre le inundó la garganta y el miedo que despertaba solo con la articulación de su nombre comenzó a disiparse en la sabana mientras los patriotas huían derrotados pero felices.

La última actualización del sistema

Cada vez con mayor frecuencia, la única pregunta que acudía a la mente de Carlos frente a su pantalla era ‘¿quién es toda esta gente?’. Decidió entonces comenzar a destejer su red, preguntándole a las personas que aparecían y desaparecían en ella si recordaban cómo se habían conocido. Muy pronto pudo concluir que todo comenzó por acumular gente y gente sin importar cuán cercanos fueran, hasta que aquello se salió unos 3, 4 o 5 grados de control.

A pesar de que tomó las medidas a su alcance, el permanente recorrido por su red le seguía mostrando un número muy alto de extraños. Pronto recibió una primera señal de alarma cuando un tal Jeremías le respondió ‘coño, Carlos, ¿de verdad me estás preguntando eso?’. Luego siguió la respuesta de una tía: ‘conocerte, conocerte, desde que naciste, ahora, si te refieres a algún momento trascendental, de formación de la personalidad o una anécdota que considere especial, bueno, puedo darte varias’. Y así otras más y siempre el mismo vacío.

No supo qué hacer salvo seguir adelante. Las respuestas se acumularon y el carácter de las mismas se diferenciaba entre los que le escribían ofendidos por el olvido de Carlos, y los que más bien se lo tomaban como una especie de ejercicio contra el tedio tan común de estos tiempos, pero lo que no variaba era la mezcla entre asombro y miedo de Carlos ante tantos nombres, caras y situaciones que al parecer simplemente se habían borrado de su memoria.

Carlos comprendió que apenas podía recordar los aspectos esenciales de su existencia, aquellos que le permitían seguir funcionando mientras se dejara llevar por la resaca de la cotidianidad, sin darse cuenta del oscuro mar que se estaba formando en el resto de su cabeza. Sin embargo, aquello que le permitió ver el problema también le brindaba una posible solución. Continuó la búsqueda de detalles de su vida, pero la disfrazó con preguntas empacadas en grupo que se pudieran contestar sin que un ser que se le mostraba querido se sintiera agredido por la pregunta o por aparecer como otro más del montón: comenzó a enviar cosas como “comparte conmigo algún momento en que te hice reír” o “¿eres capaz de decir todas y cada una de las ciudades en que nos hayamos visto?” y las respuestas fueron bastante generosas.

Así, cortando y pegando los distintos párrafos y comentarios que recibía para darles orden cronológico, Carlos fue armando su biografía. Podía pasar horas leyendo su propia vida. Incluso imprimía las nuevas versiones del documento para llevárselas a la cama y leer un poco más antes de dormir. Solía volver una y otra vez sobre un mismo párrafo intentando encontrar algún recuerdo de lo que le contaban, o tal vez tratando de aprender de memoria lo leído, pero no lograba ninguna de las dos cosas, era como si cada lectura fuera la primera y solo era capaz de dibujar en su cabeza los detalles que el narrador de turno había puesto en la pantalla.

Con todo y lo precario del método, el retrato de sí mismo era bastante adecuado. Se propuso entonces escribirle a dos personas de su red por día para saludarlas y ponerlas al tanto de detalles del documento relacionados con ellas o agregados recientemente, y luego, si venía al caso, incorporar al mismo lo que le dijeran en respuesta. Así pasaron semanas y meses, tal vez años, y en algún momento hasta sintió que poseía ciertos recuerdos de lo leído, aunque en realidad se trataba del rutinario acto de leer y de actualizar el documento y no de alguna memoria específica. Lo más importante, sin embargo, era que su red de afectos lucía robusta y cercana, lista para hablarle y recordarle quién era, aunque el temor a encontrarse en la calle a alguno de esos contactos y simplemente pasar de largo dejando al otro con el saludo engatillado o mirarlo con el asombro con que atestiguamos la confusión ajena le quitaba buena parte de la tranquilidad lograda.

Pero la tranquilidad es un don efímero y la suya dependía en exceso de los instrumentos que utilizaba para alcanzarla, instrumentos que no le pertenecían. Fue de manera por completo inesperada. Un aviso en la pantalla le pidió que no apagara lo que acababa de encender. Luego, unos números que se le antojaron por completo aleatorios alcanzaron el cien por ciento. Después, otro mensaje donde le solicitaban una clave para continuar que a esas alturas él desconocía por completo. Lo intentó con toda la determinación de la que era capaz, trató de juntar siquiera un número, una letra, una palabra, una frase con algún tipo de significado, pero nada le traía el más pequeño destello, la más pequeña esperanza. Pidió que le hicieran preguntas y buscaba las respuestas en el documento, pero nada al parecer daba fe de su vida. El desespero fue ganándole y de lo único que terminó siendo capaz fue de darle una y otra vez a la tecla de retorno hasta que se desprendió del teclado. Siguió intentándolo varios días más, cada vez con menos ilusión y luego con absoluto desinterés hasta que aquello salió de su rutina. Ni siquiera supo preguntarse si alguien indagó qué fue de él. Lo único que pudo mantener fue el hábito de no dormirse sin antes leer un poco de esa interesante novela de ficción que mantiene al lado de su cama, aunque nunca puede recordar el nombre del autor.