Mi amigo G.

Mi amigo G. quizás sea la persona más culta y leída que conozco. Del tema que sea, él siempre es capaz de comentar un par de referencias al respecto, y no de un solo tipo. En la misma conversación, G. puede hablarte de una voz enciclopédica, de un artículo publicado por una revista arbitrada y de lo que dijo algún famoso anónimo en su columna de chismes del periódico amarillista local. Y lo más impresionante, G. lo hace con sentido del humor, uno se ríe con lo que está diciendo, porque lo dice para que uno disfrute de su compañía y no para mostrar sabiduría.

Creo que G. lo ha leído todo. No puedo asegurarlo porque G. no hace punto de honor al respecto, si le comentan que al parecer él lo ha leído todo, dirá solamente que hay un libro que no ha leído y ese libro es Cien años de soledad. Y ahí sí haciendo punto de honor, G.  agrega que no la ha leído por decisión propia.

Claro, leerlo por decisión propia es también bastante difícil. Después de todo, la mayoría leímos Cien años de soledad por obligación en el colegio. La alternativa a no leerla era el cero en la evaluación, que valía tanto como un parcial, y el cero en la pregunta segura del trimestral. No, no había alternativa. Y muchos leímos Cien años de soledad así, por esa razón nada más, porque era como un parcial, pero quedamos atrapados para siempre de gusto entre sus páginas. Pero G. se jactaba de no haber leído nunca Cien años de soledad por decisión propia, supongo que para separar su acto de la simple vagancia escolar de un adolescente, que ahí no hay ninguna toma de posición.

Quizá al principio su jactancia era del mismo tenor que la de aquellos que te sueltan “lo leí en su momento” cuando les mencionas el libro que lees y que ellos consideran estás leyendo a destiempo. Especulo que G. alguna vez dijo “no lo leí en su momento” como cuestionando el sentido que tendría leerlo ahora. Eso, sin embargo, podría decirse de cualquier clásico que uno no haya leído, como si en verdad existiera un momento específico de la vida para leer un libro.

Lo cierto del caso es que G. no leyó Cien años de soledad y cada vez que sale a relucir el tema lo dice con más orgullo. Precisamente él y precisamente Cien años de soledad. Por no tener espíritu periodístico nunca le pregunté a G. si había leído otras cosas de García Márquez. En cambio, aquí estoy construyendo significados en lo que pudo ser apenas una casualidad o una malacrianza.

Si se jactara de no haber leído, por nombrar algunos, Las ruinas circulares (“Pero si es cortico”), Rayuela (“Pero puedes leerlo en el orden que dice Cortázar”), La casa verde (“Yo también detesto al neoliberal ese”) o El astillero (“¿Quisiste decir Benedetti?”) las reacciones no habrían alimentado el mito que G. y los interesados a su alrededor hemos construido sobre su no lectura de Cien años de soledad. ¿Nihilismo? ¿El último acto de rebeldía juvenil? ¿Esnobismo a la inversa? ¿McOndismo? ¿Antibestsellerismo? ¿Idealismo realista?

He llegado a la conclusión que el de G.es el más sincero homenaje a la grandeza de Gabriel García Márquez. G., que lo ha leído todo, escogió precisamente Cien años de soledad para decir que hay algo que él no ha leído. Y yo me quito el sombrero cada vez que G. se jacta de no haberla leído, no frente a G., frente a García Máquez, descansa en la gloria.

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