El error de Avellaneda

(Ensayo breve sobre los efectos inesperados y maravillosos que tuvo su versión apócrifa en la segunda parte del Quijote).

Había cierto consenso sobre la autoría del Quijote de Avellaneda, atribuida a Baltasar de Navarrete. Pero en la conmemoración de los 400 años de la publicación del Quijote, ni siquiera la apócrifa segunda parte podía escapar de la atención del mundo. Un soldado aragonés que coincidió con Cervantes en Lepanto, de nombre Jerónimo de Pasamonte, habría sido el autor del falso segundo tomo, en venganza por una burla hacia su persona que Cervantes hiciera en la primera parte. Así, los presos camino de galeras Ginés de Pasamonte y Ginesillo de Paradilla, habrían sido la ridiculización del futuro autor del Quijote de Avellaneda, quien produciría su versión de las aventuras del ingenioso hidalgo en un ajuste de cuentas literario. Cervantes habría ridiculizado a Pasamonte porque éste se atribuyó un desempeño heroico en la batalla de Lepanto que no estaba acorde con la realidad y que al manco le produjo una indignación que valía ser recordada cuatrocientos años después, y contando.

Pero más allá del autor, de sus intenciones y de la anécdota de que el Quijote haya sufrido uno de los primeros casos de piratería editorial, el legado de Alonso Fernández de Avellaneda, seudónimo con que firmaron la obra, se encuentra en la mismísima segunda parte del Quijote, la verdadera, y si Avellaneda hubiera imaginado el efecto que su venganza o travesura produciría, jamás habría escrito su tomo.

Durante la segunda parte del Quijote, éste y Sancho Panza están al tanto de la existencia de un volumen con falsas aventuras atribuidas a estos, produciendo varios de los más logrados momentos de la saga cervantina. Por ejemplo, cuando Altisidora le narra a Sancho y a Don Quijote su paso por el infierno, reseña la conversación entre dos diablos sobre las pocas luces literarias de una segunda parte escrita no por Cide Hamete sino por un aragonés que dice ser natural de Tordesillas, un libro tan malo que si el diablo se propusiera hacerlo peor no lo lograría. O aquel encuentro entre Don Quijote y Álvaro Tarfe, donde el hidalgo pregunta si se trata del mismo Álvaro Tarfe que anda impreso en la segunda parte de la historia de Don Quijote de la Mancha, dando a entender que no sólo Cervantes sino el mismísimo Don Quijote han leído el volumen de Avellaneda.

Cervantes, con habilidad y maestría de zorro, incorpora el Quijote de Avellaneda a su obra no sólo para ridiculizarlo (sin duda, ridiculizar a otros fue una de las motivaciones más importantes de toda la literatura de Cervantes) sino para convertirlo en parte del universo Quijotesco, en una más de las obras que leyó Alonso Quijano y que le produjeron su locura. Aún más allá, involuntariamente Avellaneda le permitió a Cervantes llevar hasta la perfección el juego que entre realidad y fantasía es el Quijote. Porque con esas constantes alusiones a la falsa obra, le otorga una veracidad al Quijote que de otra forma habría sido mucho más difícil de lograr.

La existencia del Quijote de Avellaneda permite que Don Quijote vea en la imprenta su falsa historia y lance unas palabras con tal peso que sentimos su presencia a nuestro lado: “Que las historias fingidas tanto tienen de buenas y de deleitables cuanto se llegan a la verdad o la semejanza della, y las verdaderas, tanto son mejores cuanto son más verdaderas”.

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