Brittney Griner es tetramedallista de oro olímpico, una vez campeona de la WNBA, tricampeona de la liga de baloncesto rusa, tetracampeona de la Euroliga de baloncesto, pero a pesar de ese palmarés muchas personas se enteraron de su existencia cuando en el control de aduanas de un aeropuerto ruso la detuvieron por tener entre sus pertenencias dos cartuchos de vapeador que contenían marihuana. Ahí comenzó el largo vía crucis que la superestrella de baloncesto relata en Coming Home. La experiencia de Griner, detenida y condenada a prisión en un país no precisamente reconocido por el buen desempeño de su sistema legal y penitenciario, del cual solo pudo salir gracias a un intercambio de prisioneros, tiene elementos de novela de suspenso e intriga y eso lo entendieron tanto ella como su compañera de escritura, la periodista Michelle Bufford, que con maestría maneja el relato, le da el ritmo y el tono adecuados en el momento justo y deja que Griner se sienta cómoda con su voz y que lo deje todo en su historia.
Ell libro comienza con la detención de Griner en el aeropuerto. El físico demasiado llamativo de la jugadora y un exceso de celo producto más del aburrimiento de los funcionarios aeroportuarios que de su apego a la ley, llevó a un chequeo de la maleta que tomó por sorpresa a Griner, quien se dio cuenta de su descuido al preparar el equipaje cuando ya era demasiado tarde. Entrar a Rusia con los dos cartuchos usados de marihuana medicinal con receta médica fue considerado un delito que ameritaba una condena a 9 años de prisión. Cuando tienes la oportunidad de contar tu experiencia luego de estar en una cárcel rusa por casi un año, sin saber si las gestiones para sacarte servirían de algo, no tiene mucho sentido guardarse detalles y ella no lo hace. El sistema penitenciario y penal ruso, el juicio con solo un resultado posible, el día a día de la vida en prisión, las camaraderías y rivalidades que surgen en un entorno así, los ecos que llegan del exterior, la nostalgia por la vida que se tenia y que parece perdida, el retrato que construye Griner es conmovedor y estremecedor.
De esos detalles que sorprenden y a la vez son por completo esperables, está el método de traslado de Griner luego de la sentencia a la colonia penal donde cumpliría condena, un viaje en tren que parece ir recorriendo cárceles por toda Rusia subiendo y bajando prisioneros que puede durar semanas y hasta meses y que en su caso calculan duró unos ocho días, un tiempo en que ni sus abogados ni oficiales diplomáticos estadounidenses supieron siquiera si estaba con vida. La intervención del Departamento de Estado, así como la campaña por su liberación iniciada desde las canchas de baloncesto del mundo, le llegan casi apenas como rumor por lo que le cuentan sus abogados o su esposa a través de cartas escuetas para no darle información indebida a las autoridades rusas. Incluso el momento del intercambio, cuando ya no queda sino entregarla a las autoridades estadounidenses para que recupere su libertad, es hecho al estilo ruso, que la hacen dudar de si está de verdad rumbo al sitio pautado entre ambos países o hacia un destino desconocido.
Pero apenas tiene oportunidad, Griner habla de sí, de su vida personal, familiar y de atleta de alta competencia, y en especial de la complicada relación que ha tenido toda la vida con su cuerpo. Después de todo, es ese cuerpo lo que le ha permitido ser una de las jugadoras más importantes de la historia del baloncesto femenino, pero ese cuerpo también la ha condenado a ser vista con extrañeza y como amenaza fuera de la cancha de baloncesto. Afroamericana de 2 metros 6 centímetros de altura y un pecho completamente plano, Griner dice que en ella las personas en su país suelen ver lo que más temen: un hombre negro. Griner cuenta cómo la experiencia de ser interrumpida en un baño público para exigirle que salga pues no le corresponde estar ahí se ha repetido tanto que ya casi antes de que la seguridad le diga algo ella simplemente se baja las pantaletas para ahorrarse cualquier discusión. Ese hartazgo de ser confundida con un hombre, se vuelve miedo descarnado cuando en medio del traslado entre centros de detención, y sin posibilidad de comunicarse en ruso o en inglés con quienes están a cargo, hacen una parada en una cárcel de hombres.
Un testimonio honesto y desgarrador, una denuncia contra los prejuicios de diversa índole y un documento sobre el sistema judicial de uno de los países más poderosos del planeta, hacen de Coming Home un relato sumamente interesante que vale mucho la pena leer.

