Durante la visita que Julio Cortázar hizo a Berkeley para dar unas conferencias, se le presentó la oportunidad de asistir a un taller literario y el escritor quiso sentir la vieja energía de someter algunos textos a la rigurosidad de los futuros pares, pero a falta de textos inéditos presentó Carta a una señorita en París. Los pares escucharon con atención, leyeron bolígrafo en mano y estuvieron de acuerdo en que para que la historia quedara realmente esférica, Cortázar tenía que asegurarse de que todos y cada uno de los conejos presentes cumpliera una clara función. «¡Mata tus conejitos!», insistían con tanta seguridad que Cortázar decidió seguir las instrucciones para matar conejos, pero incapaz de escoger o diferenciar entre un conejito y otro, los mató a todos. Leyó entonces su texto Telegrama a una señorita en París y la satisfacción del taller fue unánime pero efímera, porque Cortázar supo de inmediato que nadie jamás volvería a escuchar ese texto.
