Es el problema del calendario: arroja los días sin importarle si estás preparado para recibirlos. Y nosotros no estábamos preparados para recibir la navidad. Adela con sus idas y venidas, un artículo aquí, una reseña allá, cada nota que entregaba servía solo para comenzar la siguiente, en un ciclo sin fin que le estaba robando la cabeza necesaria para escribir lo que realmente quiere: una novela de época, creo que ambientada en la Guerra de Independencia. Mientras tanto, yo trataba de adaptarme a estos tiempos que cambian de formas que no queremos.
Desde que murió Marcel Marceau ya nadie se interesa por los mimos. No importaba cuan novedosa o exigente fuera la rutina, la conclusión siempre era la misma: la cantidad de dinero recibida tras cada actuación estaba haciendo inviable mi carrera. Antes de que fuera demasiado tarde, decidí que era hora de intentar algo más productivo y comencé a trabajar como estatua viviente. La paga es mucho mejor porque no depende de la generosidad de los transeúntes, y eso de tener una tarifa por hora y poder hacer el cálculo de cuánto dinero tendría al final de la jornada me hace sentir como todo un burgués. Pero pasar tantas horas en la vitrina de una tienda me está entumeciendo como artista. No se me malinterprete, no lo considero un arte menor o menos exigente que el del mimo, pero hay cosas que no se pueden comunicar solo con la vista. Además, la buena estatua viviente sabe que el secreto está en no mantener la mirada demasiado fija, que a todos incomoda el sentirse observado por alguien inmóvil que no dice nada. ¿Cómo trasmitir algo realmente importante tratando de pasar desapercibido? La peor parte llega cada vez que cambio de posición y sorprendo hasta el infarto a un descuidado mirón de vitrinas. De inmediato recibo una atención e interés que nunca obtuve como mimo, pero que en unos cuantos segundos se desvanece como las paredes que construía con mis guantes blancos y eso es frustrante, tener al público ahí, listo, expectante, deseoso y entonces abandonarlo.
Si pudiera mantenerme completamente inmóvil sin tener que verle la cara a nadie por seis, ocho, diez, las horas necesarias hasta que la tienda cierre… Por eso comencé un riguroso entrenamiento que incluía rutinas de meditación y yoga, seguí el método de respiración de Kenny G y copié varios de los ejercicios de David Blaine. La dificultad principal de la meta estaba en mantener los músculos suficientemente relajados en las posiciones típicas de los maniquíes, siempre con esa rigidez tan inhumana. Para el mes de diciembre quería haber logrado tres o cuatro horas de total inmovilidad, así no tendría que vivir la angustia de tantas atenciones desaprovechadas en la época de mayor circulación frente a las vitrinas. Me sometí a un régimen realmente exigente. Apenas regresaba de mi jornada en la vitrina, comenzaba el entrenamiento en casa. Primero acondicionaba y tonificaba los músculos para lograr el equilibrio entre tensión y relajación que necesito en brazos y piernas. Luego, ejercicios de respiración buscando que la entrada de aire en los pulmones fuera prolija con apenas un leve movimiento del diafragma. Después, la parte más dura, la meditación en posiciones maniqueas. Estaba dedicándole largas horas a mi rutina, pero aún permanecía lejos de la total inmovilidad.
Mientras, mi vida junto a Adela se estaba convirtiendo en un entra y sale de silencios, porque cuando llegaba a casa, ella recibía de mí una mirada que intentaba decir “te amo, te extrañé, ¿cómo te fue en tu día? El mío estuvo bien, he logrado bastantes progresos en mi inmovilidad, cuando termine voy a darte un beso”, pero como uno de esos transeúntes demasiado ocupados para dedicarle un momento a un artista callejero, Adela seguía de largo. Encerrada más y más en su escritura, aceptaba cada vez un mayor número de proyectos, viéndose obligada a estar más horas en la calle para realizar entrevistas, recoger testimonios, visitar sitios y asistir a eventos para reseñar o poder opinar sobre ellos. Se encerraba a escribir segundos después de entrar en la casa y yo aprovechaba para continuar mi entrenamiento.
Cuando llegó la temporada navideña, prácticamente no nos hablábamos, ella escribía y yo me quedaba quieto. Tan obcecado estaba por mi objetivo, que vi una buena simbiosis en la situación: ella estaba recibiendo un silencio precioso para escribir el número de caracteres que tenía que entregar y yo pasaba suficiente tiempo desapercibido como para superar mi propio récord de inmovilidad. Ya alcanzaba los noventa minutos de completo congelamiento, me estaba volviendo un maestro del arte de las estatuas vivientes. Pero la navidad le rompe las rutinas a todo el mundo y un día Adela paró de escribir para adornar la casa. De pronto, el espíritu navideño pareció invadirnos y para aumentarlo decidí dejar por un rato mi entrenamiento y ayudar a Adela con la decoración.
No tenemos tantos adornos, el arbolito, un pequeño nacimiento y tres o cuatro cosas más, suficiente para que aquello luzca excesivo, que nuestra casa es un pequeño anexo construido al convertir una puerta en un muro de bloques y el árbol es demasiado alto para el espacio disponible. Compramos ese árbol porque lo estaban rematando y las ofertas cambian la medida de las cosas. Mientras ella decoraba la casa, yo armaba el arbolito: el orden de las ramas nunca me queda del todo claro y siempre me doy por vencido con alguna sección solo para descubrir que en la posición donde estaba tratando de incrustarla era otra la que encajaba perfectamente.
Con el arbolito por fin armado, cada uno tomó una tira de luces y comenzamos a ponerlas dando vueltas alrededor de él, Adela desde arriba hasta abajo y yo desde abajo hasta arriba. Quizás fue porque yo estaba pensando en volver a mi entrenamiento e imagino que ella ya tenía la cabeza puesta en el siguiente artículo, pero para ese momento el espíritu navideño se había disipado. Como si aquello hubiera sido una obligación, un encargo que no queríamos cumplir, trabajamos completamente ajenos el uno del otro y ajenos incluso a la tarea.
El arbolito es mucho más alto que cualquiera de nosotros dos. Por eso, Adela no comenzó desde la parte alta y yo tuve que estirarme para llenar de luces donde ella no había llegado. Con un esfuerzo final alcancé la punta para poner el adorno en forma de estrella de Belén con la lucecita adentro. Para lograrlo, quedé prácticamente abrazado al arbolito, ligando que no cediera con mi peso. Fue entonces cuando sentí el primer pinchazo. Uno de los bombillos navideños estaba clavándose en mi pierna de una forma que pronto se volvería bastante dolorosa. Traté de zafarme de la molestia pero cuando quise mover la pierna sentí el mismo puntillazo en la otra. Todavía sin entender lo que estaba pasando, vi a Adela intentando conectar ambas tiras entre sí, pero su cable no alcanzaba, entonces lo haló con todas sus fuerzas y con ello unos cuantos bombillos más se hincaron en mi cuerpo y me dejaron firmemente aprehendido al arbolito. Al tratar de advertirle a Adela lo que estaba sucediendo, un bombillo de mi propia tira se introdujo cual mordaza en mi boca y cuando Adela enchufó las luces al tomacorriente, el bombillo comenzó a iluminar intermitentemente mi cavidad bucal como el más extraño de los guindalejos del arbolito. Mientras colgaba los adornos, Adela me vio rígido en tan extraña posición y no supo sino reconocer en mí la inmovilidad de los últimos meses; lo tomó como una broma de mal gusto. Con el desprecio del cansancio, me ignoró todo el rato que tardó en colgar los adornos, e incluso siguió ignorándome cuando yo movía los dedos y hacía sonar como campanas los adornitos que colgó en ellos.
“Quiere darme una lección”, me repetía buscando fuerzas para resistir el doble suplicio de los bombillos enterrados en mi piel y de los músculos entumecidos. Pero pasaban las horas y quién sabe si hasta los días y la mirada de Adela ya no era ni de cansancio ni de desprecio. Era una mirada vacía, como quien ve la multitud pasar delante de sí incapaz de retener un solo rostro. Sumergida en sus propios pensamientos, por más que Adela miraba hacia donde yo estaba, ya no me veía a mí o al arbolito. Su ausencia comenzó a preocuparme más que mi situación. Algo la estaba molestando más allá de mi propio silencio, o el silencio permitió que ese mal mayor surgiera en su verdadera dimensión. Yo saldré de este inconveniente cuando alguien venga a visitarnos y deje un regalo debajo del arbolito, o cuando llegue la hora de recoger los restos de las fiestas decembrinas. Sin embargo, la sentía en un pozo tan profundo que me daba vértigo cuando ella bajaba la mirada de preocupación.
La veía cada vez que entraba o salia de la casa, y como si ese pasar fuera una rutina de mimo intentaba descifrar sus mensajes. Pero solo me llenaba de nuevas interrogantes. La única respuesta que pude encontrar fue que tenía que romper no mis ataduras sino el silencio. Agitaba los dedos lo más duro que podía e intentaba balancearme para que el arbolito se desplomara. Nada. No tenía fuerzas para cambiar mi situación.
Entonces, sucedió el milagro. Sonó el teléfono y Adela estaba en casa. De la tienda preguntaban por qué no había ido a ocupar mi puesto en la vitrina. Adela no supo dar cuenta de mí, colgó el teléfono y se paró frente al arbolito. Uno a uno los bombillos clavados en mi cuerpo se fueron dibujando en su retina. Y de pronto, todo se le mostró claro. “Pero, ¿qué te pasó?”, dijo mientras desconectaba el arbolito y aflojaba mis amarras. Apenas pude sostenerme en pie y Adela tuvo que abrazarme para que no me cayera. “¿Qué te hice?”, me decía mientras revisaba las heridas que me produjeron los bombillos. “No, ¿qué te hice yo?”, riposté y la obligué a verme a los ojos. La miré con una mirada llena de palabras, palabras que no nos habíamos dicho nunca, palabras que habíamos dejado de decirnos, palabras que teníamos que habernos dicho hacía tiempo. Adela comenzó a llorar, pero en sus lágrimas no había tristeza, ni siquiera preocupación, solo alivio. Lloré con ella y nos quedamos abrazados por un larguísimo rato mientras el silencio de la casa volvía a hacérsenos confortable.
