La cola del pelotón

Foto de Aurelio Vicente, algunos derechos reservados

Minutos antes del comienzo de la etapa la tensión del pelotón llegó al máximo, pero no producto de la competencia sino de las camionetas negras apenas identificadas con la ambigua frase “vehículo oficial” que llegaron y paralizaron a los ciclistas sobre sus bicicletas. Los corredores intercambiaron miradas intentando descifrar, en la forma en que un compañero o un rival bajaba la vista, a quién le tocaría esta vez. Pero varios murmullos rompieron el silencio culposo y se sintió algo de alivio y no poca sorpresa. El modo de caminar de los funcionarios no era el usual, tampoco la forma en que se dirigieron a los directores de carrera, de boca en boca circuló el rumor que de inmediato fue certeza, no son los de siempre, ¡no son los de siempre!

Hicieron caso omiso de los corredores de mayor palmarés y de los señalados a llevarse la victoria; ignoraron a los ciclistas que vivían un inesperado segundo aire en sus carreras y a los que de la nada habían derrotado los pronósticos; pasaron de largo de las jóvenes promesas y ni se interesaron por quienes estrenaban jugosos aunque no muy claros patrocinios. Fueron directo a la cola del pelotón, al lugar desde donde parten los que se saben sin ningún chance, los que dicen haber venido por el simple hecho de competir, como si el resto no supiera que estar ahí es tan importante que se está dispuesto a incurrir en cualquier costo. 

Ahora que todos lo comentan, sí había un notorio desfase entre las aspiraciones y credenciales del equipo y la calidad de las bicicletas. Acusados de contrabando, se los llevaron esposados y las bicicletas fueron etiquetadas y transportadas en calidad de evidencia.

Microcuentos de novela

A continuación, tres microcuentos que están más o menos emparentados entre sí y que abordan la relación entre oficio y género literario.

Buen consejo

Me dijeron “escribe sobre lo que sabes” y llegué a viejo convertido en maestro del microrrelato.

Microrrelatos

Me obsesionan tanto los microrrelatos que ahora solo leo la primera y la última oración de cualquier novela.

Intensidad

Detuvo su novela en la primera frase, seguro de que no podría mantener semejante ritmo por más de una oración.

Microbiografías

-Ay, si te contara mi vida te daría para una novela—y yo que en ese momento me sentía tan página en blanco, tan lugar común, tan diosa inspiración perdóname por haberte negado, respondí con interés, ‘cuéntame que yo escribo’.

Grabé, escuché, pregunté, transcribí, escribí, rescribí, taché, taché, taché hasta que tuve la historia tal como quería contarla: hechos y personajes en perfecto diálogo, fluido y armónico, casual y causal a la vez; la atmósfera producto de la historia y no previa a ella; un desarrollo sin cabos sueltos ni con saltos injustificados; la primera frase ubica de inmediato en la trama y tiene buen gancho; el desenlace sorprendente pero sin trucos ni efectismos; cada palabra en su lugar preciso, no falta nada y, sobre todo, nada sobra. Contento y orgulloso le mostré el resultado.

-¿Qué es esto?

-Tu vida, tal como me la contaste.

-Pero, no es ni una cuartilla.

-Bueno, sí, no daba para novela.

Volver al pasado

Esto es fan fiction: Volver al futuro es una película que siempre me ha perturbado un poco, la primera, la trilogía no tanto. Aquí, el resultado de esa especie de obsesión que me ha acompañado unos cuantos años:

Esta historia comienza donde terminó la otra: luego de un excelente fin de semana con Jennifer, Marty se sentó a la mesa familiar seguro de que el futuro no estaba escrito, pero con el pasado ahí, vivo, revoloteándole intensamente en la cabeza. Se tenía que morder los labios para no hablar de sus viajes al año 2015, al viejo oeste, al pasado de sus padres en 1955 y, sobre todo, a ese otro 1985, el del día antes, tan cercano como ayer y a la vez tan lejano, tan extraño y ajeno al de todos los que le rodeaban, pero es muy difícil mantener la cotidianidad encerrada en una habitación. George y Lorraine ya estaban sobreaviso, no tanto por la falsa acusación a Biff de haber destruido el auto sino por la manera en que lo veía y en que los vio a ellos, como si no los conociera o como si los hubieran cambiado.

Con la habilidad de quien construye tramas imposibles para vivir, George hizo parecer conversación dominguera lo que era una auténtica prueba para descartar que su hijo sufría de algún tipo de esquizofrenia. Con tristeza, las respuestas de su hijo confirmaron sus sospechas. La vida que Marty había tenido era completamente distinta de la que recordaba: Biff atormentando a la familia, su padre inseguro e indefenso, su mamá siempre al borde de la borrachera, sus hermanos unos patéticos perdedores y él apostando a una banda de rock como si el futuro dependiera de ello. Él, que lo había tenido todo. Lo mejor era actuar sin dilaciones.

Cuando la ambulancia llegó a la casa, Lorraine no paraba de llorar preguntándose en qué fallaron y George pensaba en cómo su vida, su carrera, su fama, todos sus éxitos se vaciaban de significado porque a los ojos de su hijo menor, el consentido, el favorito, al parecer no era sino una especie de bufón. Marty se dejó llevar con docilidad, perplejo no por la situación sino ante la biblioteca llena de títulos escritos por su padre, libros que dijo estar viendo por primera vez pero que no solo se había leído sino que en los años recientes había ayudado a escribir y de los que hasta el día de ayer podía repetir de memoria pasajes completos.

Marty nunca salió del hospital psiquiátrico, y hasta el final mantuvo la esperanza de que un viejo amigo viniera desde el año 1885 a rescatarlo para que pudieran regresar a 1955 y evitar a toda costa que su padre le diera ese maldito nocaut a Biff.

Las noventa Habanas de Dainerys Machado Vento

 

La Habana de Dainerys Machado Vento es un ente vivo: nace, crece, se multiplica y eventualmente morirá, porque para Machado las ciudades son indiferenciables e inseparables de las personas que las habitan, de sus historias de vida y de su situación particular. Así, en Las noventa Habanas (Katakana editores, 2019), La Habana se nos presenta una y distinta como cada personaje de estos cuentos, casi todos protagonizados por mujeres, que hacen de la ciudad una extensión de sus experiencias, expectativas y anhelos.

La ciudad tiene la edad de sus protagonistas. En El City Hall, por ejemplo, las promesas de la noche habanera no están en el Tropicana sino en la discoteca del vecindario, mientras que en Nada 1994, el Malecón es muro de contención y frontera no de una ciudad, de un país y de un sistema, sino de la rebeldía adolescente. La ciudad también es lenguaje y los personajes de Las noventa Habanas le dan vida a la ciudad a través de sus expresiones y en especial de sus insultos y maldiciones, al ritmo de la prosa hábil de Machado. La ciudad es tan grande o pequeña como las posibilidades de sus habitantes, como la niña que sigue a su abuela Por una botella de ron, o la estudiante que se considera una comemierda por haber tomado la guagua atiborrada del mediodía para ir a la playa en Un bikini verde. A veces La Habana no es otra cosa salvo la vida con la suegra, como en Es de familia; hombres explicándole cosas a las mujeres, como en Las mañanas del sábado; o un insulto que te persigue y está listo para ser arrojado en tu contra: El “¿Es que en Cuba no hay sal?” que la suegra mexicana le enrostra a la protagonista de Pica poquito duele como si esa sal se la hubieran restregado en las heridas que deja el exilio.

En Las noventa Habanas también está muy presente ese otro barrio de la ciudad, Miami, un barrio que es próxima etapa, un siguiente paso tan natural que negarse a él es casi una herejía o una traición a la habanidad, como se puede leer en Quédate.

Los habitantes de Las noventa Habanas viven en una ciudad que es la misma pero diferente, como La Habana de Mi amiga Mylene, tan alejada de La Habana que vive Liset, la narradora. A veces el recuerdo es lo que transforma la ciudad, como en Confesiones de grande, y a veces el cambio se debe a una mala lectura de la situación como en Historia de la flaca a la que golpearon por romper el orden natural de las casas y de las cosas.

La Habana es una y múltiple, en una especie de transformación estática, pues la ciudad sobrevive incólume las diatribas y desvelos de sus habitantes. Los cuentos de Las noventa Habanas están llenos de humor y desparpajo, ingredientes que Machado usa para desvelar todos los sinsabores de la vida de unos personajes que se saben enjaulados; son cuentos cortos muy eficaces, listos para dar el nocaut de Cortázar. Un excelente volumen que vale mucho la pena leer.