Microbiografías

-Ay, si te contara mi vida te daría para una novela—y yo que en ese momento me sentía tan página en blanco, tan lugar común, tan diosa inspiración perdóname por haberte negado, respondí con interés, ‘cuéntame que yo escribo’.

Grabé, escuché, pregunté, transcribí, escribí, rescribí, taché, taché, taché hasta que tuve la historia tal como quería contarla: hechos y personajes en perfecto diálogo, fluido y armónico, casual y causal a la vez; la atmósfera producto de la historia y no previa a ella; un desarrollo sin cabos sueltos ni con saltos injustificados; la primera frase ubica de inmediato en la trama y tiene buen gancho; el desenlace sorprendente pero sin trucos ni efectismos; cada palabra en su lugar preciso, no falta nada y, sobre todo, nada sobra. Contento y orgulloso le mostré el resultado.

-¿Qué es esto?

-Tu vida, tal como me la contaste.

-Pero, no es ni una cuartilla.

-Bueno, sí, no daba para novela.

Volver al pasado

Esto es fan fiction: Volver al futuro es una película que siempre me ha perturbado un poco, la primera, la trilogía no tanto. Aquí, el resultado de esa especie de obsesión que me ha acompañado unos cuantos años:

Esta historia comienza donde terminó la otra: luego de un excelente fin de semana con Jennifer, Marty se sentó a la mesa familiar seguro de que el futuro no estaba escrito, pero con el pasado ahí, vivo, revoloteándole intensamente en la cabeza. Se tenía que morder los labios para no hablar de sus viajes al año 2015, al viejo oeste, al pasado de sus padres en 1955 y, sobre todo, a ese otro 1985, el del día antes, tan cercano como ayer y a la vez tan lejano, tan extraño y ajeno al de todos los que le rodeaban, pero es muy difícil mantener la cotidianidad encerrada en una habitación. George y Lorraine ya estaban sobreaviso, no tanto por la falsa acusación a Biff de haber destruido el auto sino por la manera en que lo veía y en que los vio a ellos, como si no los conociera o como si los hubieran cambiado.

Con la habilidad de quien construye tramas imposibles para vivir, George hizo parecer conversación dominguera lo que era una auténtica prueba para descartar que su hijo sufría de algún tipo de esquizofrenia. Con tristeza, las respuestas de su hijo confirmaron sus sospechas. La vida que Marty había tenido era completamente distinta de la que recordaba: Biff atormentando a la familia, su padre inseguro e indefenso, su mamá siempre al borde de la borrachera, sus hermanos unos patéticos perdedores y él apostando a una banda de rock como si el futuro dependiera de ello. Él, que lo había tenido todo. Lo mejor era actuar sin dilaciones.

Cuando la ambulancia llegó a la casa, Lorraine no paraba de llorar preguntándose en qué fallaron y George pensaba en cómo su vida, su carrera, su fama, todos sus éxitos se vaciaban de significado porque a los ojos de su hijo menor, el consentido, el favorito, al parecer no era sino una especie de bufón. Marty se dejó llevar con docilidad, perplejo no por la situación sino ante la biblioteca llena de títulos escritos por su padre, libros que dijo estar viendo por primera vez pero que no solo se había leído sino que en los años recientes había ayudado a escribir y de los que hasta el día de ayer podía repetir de memoria pasajes completos.

Marty nunca salió del hospital psiquiátrico, y hasta el final mantuvo la esperanza de que un viejo amigo viniera desde el año 1885 a rescatarlo para que pudieran regresar a 1955 y evitar a toda costa que su padre le diera ese maldito nocaut a Biff.

El destino

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-¿Qué es el destino, papá?

De inmediato una fecha llenó los recuerdos del padre: el 14 de octubre de 2003. Fue al estadio con la que creía la emoción de casi 100 años de espera. Vestido de suéter gris, celebró el paso de los innings y la victoria cada vez más cerca, hasta que llegó la fatídica octava entrada. Y cuando el batazo salió altísimo en su dirección, intentó por todos los medios hacerse del souvenir, pero no lo logró, le faltó brazos y ni siquiera pudo tocar la pelota como Steve Bartman sí lo hizo. Entonces, respondió:

-Dos asientos.

Zidane y un correo no deseado

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¿Quieres ser Zinedine Zidane? decía la inesperada y atractiva invitación. Por supuesto respondí de inmediato. El correo electrónico de vuelta solo contenía una dirección y un monto en euros. Costoso, tanto viajar al lugar como pagar por el servicio. ¿Servicio? Sueño. Quién no ha querido ser como Zidane, como Messi, como Maradona, como Ronaldo, Zico, Pelé, como tantos.

Compré el boleto y apenas empaqué un cambio de ropa. No recuerdo nada del viaje, emocionado como estaba con las posibilidades que se abrían ante mí. Supe que había llegado al sitio por la larga fila frente a lo que parecía ser un teatro en decadencia. No estaba bien vestido para la ocasión. Eran incontables las camisas de Francia, el Real Madrid, la Juve, con el número 10 o el 5 en la espalda. No podía ser de otra manera, Zidane y un correo no deseado, por supuesto que no fui el único que respondió de manera afirmativa.

La fila avanzaba rápido, con todo y eso pasaron unas tres horas antes de que me llegara el turno. Una señora en la taquilla se encargaba de cobrar la entrada. Entré a la sala y entonces lo vi en el centro del escenario, más viejo, algo demacrado y con cierta mueca de dolor, pero el mismo de siempre, desgarbado, flaco, alto, de cara y nariz larga, de ojos pequeños pero saltones. Dudé un momento y me dijo que sí, que era él mismo en persona. Entonces entendí y sonreí, lo disfruté incluso desde antes de comenzar la pequeña carrera hacia él. A un paso de alcanzarlo eché la cabeza hacia atrás y con todas las fuerzas que pude sacar del cuello, golpeé con la frente al viejo Materazzi en todo el centro de su pecho. Apenas terminó de desplomarse se apagaron las luces del escenario y se abrió una puerta lateral con el letrero de “salida”. Me fui satisfecho, todo un Zidane.

La oración de Padrecito Andrés

Diáspora (Antología)

Recuerdo que Padrecito Andrés llegó a la academia como cualquier otro alumno. En este país, los motivos para estudiar español son concretos: un viaje, un ascenso, un nuevo trabajo, comunicarse mejor con la familia de la pareja; recuperar raíces perdidas; una inexplicable atracción por la cultura hispana. Cuando yo estudié inglés, en cambio, lo hice por la misma ubicua razón que todos los demás: el futuro. La etérea sabiduría nos decía que con el dominio del inglés llegaría un futuro de mejores oportunidades. Pero la promesa era tan abierta que al final a muchos se les mostraba vacía y a mí me resultó bastante irónica.

Con claridad, precisión y elocuencia, Padrecito expresó el porqué volvió a estudiar español después de mucho tiempo sin hacerlo. En los años recientes, la composición étnica de su parroquia había variado y ahora la población de origen latino era mayoritaria. Él quería mejorar y ampliar su comunicación con los feligreses, razón loable, pero a los ojos del método de la academia, Padrecito Andrés no era diferente de la gerente de hotel que quería entenderse mejor con sus empleados o del dueño de un concesionario de vehículos que estaba por abrir una sucursal en una zona hispana y necesitaba aprender español de negocios.

Sin embargo, desde la primera sesión todas las clases con Padrecito fueron particulares. En la lección inicial, que por lo general tomaba unos diez minutos donde los alumnos se presentan y repasan o aprenden varias formas de saludar, nos llevamos casi toda la hora mientras yo intentaba que él dijera padre y no Padrecito. “Padrecito es de cariño, es afectuoso, preséntese como padre Andrés”. Aunque pareció entender cada una de las explicaciones, nunca dijo padre Andrés y yo también terminé llamándolo Padrecito.

Padrecito Andrés iba a su ritmo, atento más a lo que yo pudiera contarle de mi propia fe que a las lecciones del manual. Lo que más le gustaba era preguntarme sobre vírgenes y yo tuve que estudiar acerca de mis tradiciones como nunca antes lo había hecho; católico de 25 de diciembre y Domingo de Pascuas no me era fácil mantener durante toda la lección una conversación sobre la Virgen de Coromoto, la del Valle o la Chinita.

En cambio, el interés de Padrecito decaía cuando había que avanzar en los contenidos del curso. Preguntar direcciones para llegar al banco o confirmar una reservación de hotel eran asuntos que le tenían sin cuidado y le aburrían profundamente. Por eso no me extrañó que un día llegara no con su manual de lecciones sino con otro libro bajo el brazo.

Padrecito esperó hasta que yo estuviera listo con el manual del instructor abierto en la lección correspondiente. Entonces me preguntó si podíamos hacer algo distinto. Tuve que asegurarle que no habría problemas, aunque en el fondo yo sabía que aquel desvío era potencial fuente de conflictos, la academia no se sentía cómoda con estudiantes trabajando en su propio plan de lecciones. Pero a partir de ese momento, en nuestras sesiones Padrecito Andrés leía su misal en español y yo le corregía la pronunciación, clarificaba palabras que no entendía del todo a pesar de que intuyera el significado por la misa en inglés, y discutíamos las lecturas correspondientes a la liturgia de la semana, utilizándome como oyente no solo para corregir el lenguaje sino para probar los mensajes que daría en un hipotético sermón de domingo. Hipotético porque todavía estaba lejos de poder dar la misa en español y no me consta que utilizara las notas que surgían de nuestras sesiones para sus sermones en inglés.

Incapaz hasta ese entonces de decir en misa las partes que los feligreses repiten en voz alta, gracias a Padrecito Andrés comencé a sentirme todo un experto en la ceremonia y en la palabra. Pero surgió un problema: él no podía decir lo mismo de sus progresos con el español. Como me había temido, llegó el momento en que la directora y el coordinador de instructores de la academia se reunieron conmigo para exigirme explicaciones. Sin embargo, su preocupación no era la que yo intuía, no les importaba el contenido de las lecciones, la molestia era meramente burocrática, técnica si se quiere, y se resumía en la pregunta que me hicieron: ¿En qué nivel estaba Padrecito Andrés en esos momentos?

Yo lo ignoraba y no pude adelantar ninguna conjetura. Él me entendía, yo comprendía lo que estaba tratando de decir y ponía las palabras faltantes o las correctas en su boca, si el objetivo era la comunicación nosotros estábamos logrando el objetivo. Lo difícil era establecer que la forma en que Padrecito repetía “Con Cristo, con Él y en Él, a ti Dios Padre omnipotente” se correspondía con la aprobación del nivel 2 del curso y por lo tanto ya se podía enviar el material, el cronograma y la correspondiente factura del nivel 3. Mis explicaciones y suposiciones no complacieron ni a la directora ni al coordinador, y las explicaciones de Padrecito al parecer tampoco complacieron a su director y coordinador o equivalentes, que no era el bolsillo de Padrecito Andrés el que estaba pagando el curso sino la colecta dominical.

Con el coordinador conté el número de sesiones que había tenido Padrecito, lo comparamos con el número de lecciones que en su duración estimada habría podido dar en ese tiempo y concluimos que Padrecito Andrés estaba a dos sesiones de concluir el nivel 2. Por supuesto, la parroquia no quiso pagar por un tercer nivel.

La penúltima sesión tuvo la eficacia de cualquier preaviso. Padrecito Andrés no comentó nada sobre las órdenes superiores, pero supe su exacta opinión al respecto cuando no sacó su misal sino su libro de estudiante y me preguntó cuántas lecciones nos faltaban para llegar al nivel 3. Pasamos por ellas al doble de la velocidad estándar, justo lo necesario para que la última sesión quedara sin material por cubrir.

Nunca antes había tenido tantas expectativas antes de una clase de español. Para ser honestos, dar clases de español no me genera ninguna emoción o interés especial. Supongo que tiene que ver con la vocación y la manera en que llegué a este trabajo, o a este país. En aquel entonces no me tomaba muy en serio ni siquiera el idealismo. Por eso, cuando un sonido de feedback delató que había micrófonos escondidos grabando las reuniones de la fundación civil donde trabajaba, nos burlamos de la impericia técnica de los espías y de lo aburrido que resultaría escuchar y transcribir nuestra conversación sobre los casos que habíamos atendido por mes en los centros de justicia de paz que manejábamos. Supe que era enemigo de la patria cuando poco tiempo después recibí amenazas de cárcel y muerte en uno de los centros. Me acusaron de imperialista porque la fundación recibió fondos del extranjero y porque yo había estudiado inglés en el Centro Americano. Ese detalle todavía me causó risa y no la alarma debida ante el hecho de que hasta eso conocían de mí. Al contarles lo sucedido a mis compañeros en la fundación y a mi familia, el evento obtuvo la dimensión necesaria para cambiarme de vida. Una visa turística obtenida en tiempo récord se transformó en una solicitud de asilo al pisar esta tierra. El caso tenía suficiente sustento y aquí sigo.

Las clases de español llegaron a falta de mejores oportunidades, que de todas las habilidades con que aterricé en este país, al parecer el hablar español fue la única con cierto valor de mercado. Y como en todo dead end job, eran mayoritarios los días en que me costaba un enorme esfuerzo estar en la sede de la academia quince minutos antes del comienzo de clases. No así para la última sesión de Padrecito.

Él también lucía contento y al verme me preguntó si ya estaba listo para la clase. Sin embargo, no entró al salón, se quedó afuera en la oficina en una especie de tertulia. Repartió anécdotas, sonrisas y regalos entre la recepcionista, la directora, el coordinador y los instructores presentes. Cuando por fin se decidió a que entráramos en el salón de clase, me obsequió una figurita de la virgen de Fátima, bendecida por el Papa Juan Pablo II, me dijo. Luego me pidió que le enseñara una cosa en particular, fue lo único que quiso hacer ese día.

Me lo imaginé de invitado pero presidiendo una mesa de feligreses en familia, donde todos lo llamaban Padrecito, y entendí la importancia de lo que me estaba pidiendo. Me sentí honrado. Entonces, con la desfachatez del ignorante, le di la mejor versión que se me pudo ocurrir de una oración en español para el momento de comer.

Fue la última vez que vi a Padrecito y también fue la última clase que di en la academia. No sucedió de manera oficial, no era necesario, los instructores iban y venían a ritmo de maquila, también los estudiantes, les bastaba con no asignarme nuevas horas. Pasaron los días, las semanas, los meses y cuando recibí un correo electrónico del coordinador preguntándome sobre mi disponibilidad supe que se trataba de un modus operandi, no estaba disponible, al final fui yo el que no quiso continuar.

No les tengo rencor, todo lo contrario. Cuando me vi sin cheque por la falta de lecciones e intuí que la situación no iba a cambiar en lo inmediato, investigué un poco y terminé dando clases por cuenta propia. La menor cantidad de alumnos se compensa con que ahora gano tres veces más por hora; en una quincena mala hago más dinero que en la mejor quincena que tuve en la academia.

Lo que no he logrado vencer es la sensación de estar atrapado, el dead end job es más y más el only job que voy a tener. Claro que al trabajar por cuenta propia la flexibilidad es mayor que en la academia, y si levantarme se me hace realmente pesado, si el esfuerzo de alistarme para dar la misma lección de siempre es demasiado grande, le envío un mensaje al estudiante de turno, aduzco un dolor de cabeza o una indigestión y cancelo la clase.

Los estudiantes también cancelan con frecuencia y días como este son los más difíciles, sobre todo si tenía la disposición y la energía completas para dar la clase. Sin nada que hacer, vago un rato por ahí para distraerme, pero tarde o temprano termino pensando en el pasado y lo que dejé atrás. ¿Qué estaría haciendo de no haber cambiado de vida? ¿Qué haría si me atreviera a volver? Y es el recuerdo de Padrecito Andrés el que viene en mi rescate. No lo sé, pero a la hora de comer nadie repetiría en su casa la oración que yo creé.