Hace apenas unos años, era común hablar sobre cómo leíamos los periódicos, dónde y cuándo los leíamos, qué leíamos primero y qué no leíamos jamás. Frecuentemente, había quien dijera que lo que más le gustaba o lo que más leía o la sección por la que comenzaba a leer era la de obituarios. Me pregunto cuánto falta para que en una conversación alguien diga “yo me meto en Facebook por los obituarios”.
A todos Facebook se nos ha llenado de los anuncios no solo de la muerte de personas famosas, sobre todo lo está de la de seres queridos, de amigos, de los amigos de amigos. Un día sí, otro también, Facebook nos trae la noticia de un fallecimiento, y a falta de periódicos con sección de obituarios, que en las versiones digitales no son sencillos de encontrar, o a falta de otras fuentes de información, Facebook se ha convertido no solo en el medio principal de enterarse de los decesos, sino también en el de expresar los sentimientos, simpatías y condolencias debidas.
A veces, entrar en Facebook nos depara la sorpresa menos deseada, porque de pronto, sin previo aviso, entre los 10 lugares que no se pueden dejar de visitar este año y el video más reciente de ositos panda, nos enteramos de la muerte de alguien querido, apreciado o admirado. Aquello golpea como un mazazo, pero como si un golpe no bastara, el algoritmo nos trae la noticia de vuelta una y otra vez debido a los comentarios y al intolerable “me gusta” que convierte en una especie de aliado de la muerte a quien lo pulsa para acelerar la difusión de la noticia.
Además, en una función que no solían tener los periódicos por lo costoso de publicar un anuncio, en Facebook son profusas las expresiones de dolor o nostalgia por una partida. Los sentimientos más hermosos, pero también más tristes, se mezclan en el timeline convirtiendo las visitas a Facebook en ejercicios de fortaleza.
A mí nunca me gustaron los obituarios, no suelo leer ni siquiera los perfiles de gente famosa recién fallecida. Pero a Facebook entro varias veces al día, claro que para otras cosas y por eso el obituario suele ser contundente y doloroso. Lo más sencillo, como siempre, sería desactivar la cuenta, pero cómo no estar ahí cuando alguien necesita precisamente saber que no está solo.
