Pitazo final

Artículo que escribí para MiamiDiario.com sobre los ataques terroristas en el mundo deportivo.

 

En septiembre, pero de 2012, se cumplirán 40 años de la masacre de Munich, tragedia en la que un grupo de terroristas palestinos, autodenominados como Septiembre Negro, tomaron como rehenes a once atletas israelíes durante los juegos olímpicos de Munich’72. Los once miembros del equipo olímpico israelí, cinco terroristas y un policía alemán resultaron muertos en un evento que, como si se hubiera tratado de una disciplina olímpica más, pudo ser seguido por el mundo en vivo y directo a través de la televisión. A diez años del 11 de septiembre de 2011, la sombra del terrorismo continua pendiendo sobre el deporte, pero pocos son los cambios concretos que se han visto en el mundo deportivo a raíz de ello.

Antes del 11-S
Estados Unidos fue víctima de un acto terrorista en un evento deportivo de magnitud justo cinco años antes de los ataques a las torres Gemelas de Nueva York. El 27 de julio de 1996, durante los juegos olímpicos de Atlanta, una serie de bombas explotaron en una plaza olímpica dejando 2 muertos y 120 heridos. El ataque fue perpetrado por un individuo que trabajó en solitario con el objetivo de dejar en ridículo a Estados Unidos a los ojos del mundo. Los juegos no se detuvieron en ningún momento.

Los atentados en Munich y Atlanta buscaron convertir la atención del mundo sobre los juegos en atención para las causas esgrimidas por los terroristas. Pero el mundo de los deportes es vertiginoso y la propia dinámica de los eventos deportivos hace que todo vuelva a la normalidad una vez que se da el pitazo inicial de una prueba o partido. Ello se vio en los días posteriores al 11 de septiembre.

Los días siguientes al 11-S
Tras los ataques en Nueva York, el mundo del deporte se vio brevemente interrumpido. La temporada de béisbol de Grandes Ligas se detuvo unos días y la segunda fecha del corto torneo del fútbol americano se postergó. La jornada de Liga de Campeones de Europa se llevó a cabo ese 11 de septiembre, pero al día siguiente no se jugó así como tampoco la jornada de Copa UEFA. Por su parte, el equipo de golf de Estados Unidos decidió no participar en la Ryder Cup a celebrarse a finales de septiembre de ese año, lo cual hizo que la Copa se postergara hasta 2002 y desde entonces se juega en años pares y no en los impares como se hacía hasta 1999.

En Europa no se vivieron otras postergaciones y en Estados Unidos, apenas cinco días después de los ataques, la temporada de grandes ligas se reanudó. El béisbol volvió a Nueva York el 21 de septiembre, con un encuentro de la liga Nacional entre los Mets de la ciudad y los Bravos de Atlanta, juego donde los miembros de ambos equipos donaron su salario del día a familiares de las víctimas de los ataques. Mucho énfasis se hizo en los días siguientes sobre el papel sanador que tenía el deporte ante los sufrimientos y traumas fruto de los ataques, exactamente la misma posición esgrimida cuando se tuvo que explicar el porqué de la continuidad del béisbol durante las dos guerras mundiales.

Al menos un cambio notable se vio en los diamantes de béisbol: al finalizar la parte alta de la séptima entrada, en todos los estadios se entonaba la canción “God Bless America” y se realizaban homenajes a los caídos y a los héroes del 11 de septiembre. Pero la importancia o no del deporte en momentos difíciles queda en segundo plano frente a la vorágine de resultados. La temporada 2001 de las Grandes Ligas no es tan recordada por la interrupción de 5 días como por la derrota de los Yankees en el séptimo juego de la Serie Mundial ante los Diamondbacks de Arizona. Así mismo, la temporada de la NFL absorbió sin mayores contratiempos la suspensión de la segunda jornada y en la memoria de los aficionados, 2001-2002 es el año de Tom Brady y la gran victoria de los Patriots de Nueva Inglaterra en el Super Bowl.

Con el tiempo, incluso el uso del “God Bless America” quedó entredicho. El primera base puertorriqueño Carlos Delgado solía quedarse en el dogout durante la ceremonia, como protesta cívica ante el uso político que Estados Unidos le estaba dando a la guerra contra el terrorismo. Además, deportivamente, más de un equipo visitante protestó lo largas que se hacían esas ceremonias del séptimo inning, en especial en Nueva York, cosa que afectaba a los lanzadores, más aún si eran abridores durante juegos de postemporada.

El miedo
Actualmente, el temor por la seguridad en los estadios en Estados Unidos está enfocado hacia cómo proteger al aficionado frente al pequeño incidente, sobre todo después de la puñalada que recibió un fanático de los Gigantes de San Francisco en el estadio de los rivales Dodgers de Los Ángeles, y del tiroteo en San Francisco en un juego de pretemporada de la NFL, ambos eventos sucedidos este 2011. En el día a día del deporte estadounidense, entrar en un estadio es una acción fluida y sencilla, en nada comparable a los dolores de cabeza que trae ingresar a la zona de pasajeros de un aeropuerto a raíz del 11 de septiembre.

Ello contrasta con el hecho de que el miedo y la seguridad como preocupación cotidiana quizás sea el mayor efecto que tuvieron los ataques del 11-S y la posterior guerra del terror en la vida diaria del planeta y con ello en los deportes.

Dos medidas de seguridad inéditas se establecieron durante los juegos olímpicos de invierno de 2002, realizados en febrero en la ciudad de Salt Lake, Utah. La primera, una zona de restricción aérea alrededor del área del evento y tropas especializadas acantonadas en los alrededores de las sedes deportivas. Durante el mundial de fútbol Corea-Japón 2002 se repitió esa zona de exclusión aérea sobre los estadios, que se ponía en rigor desde unas horas antes del comienzo de los partidos.

Cada nuevo mundial de fútbol u olimpiada parece superar al anterior en la espectacularidad de los escenarios, la tecnología desplegada y las medidas antiterroristas que se tomen. Con todo, el miedo en el deporte se ve diversificado entre el problema de controlar multitudes y la amenaza de actos terroristas. No en balde, en la historia negra del deporte son muchas más las páginas de tragedias producto de aficionados fuera de control que de ataques terroristas.

En cuanto al terrorismo, los hechos y los temores todavía están más cercanos de Munich’72 que de las Torres Gemelas, pues los eventos sucedidos desde entonces y los que se barajan como posibilidad se explican más desde una causa particular que como intentos de transformar el escenario global a través del terrorismo. Los organizadores de los juegos de Beijing 2008 le tenían particular miedo al uso de las olimpiadas para promocionar causas separatistas y reformistas en China, mientras la seguridad en el mundial de Suráfrica 2010 estaba especialmente atenta a posibles brotes de violencia tribal en el país.

Desde 2001 ha habido varios atentados en eventos deportivos. Entre los más sonados están la bomba que el grupo separatista vasco ETA hizo estallar justo antes de un partido de Liga de Campeones en Madrid en 2002, y el ataque al autobús que transportaba a la selección de Togo para su participación en la Copa de África de 2010 que se disputó en Angola. Pero ni aquel juego de Liga de Campeones ni la Copa de África detuvieron su andadura, pues la posición del deporte ante el terrorismo es bastante clara: solo el árbitro da el pitazo final.

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