Del luto generalizado que se vivió este domingo en las redes sociales por la muerte del actor Phillip Seymour Hoffman, me sorprendió cómo se citaban sus pequeños papeles con una devoción y un cariño especial. Sí, claro, se habló de su Oscar por Capote y que quizás debió ganarlo también por Doubt. Pero la gente hablaba más de su participación en Boogie Nights, en The Big Lebowski, en Almost Famous, incluso en Twister, mostrando que lo que hizo realmente grande a Hoffman fue la manera en que aprovechaba cada pequeña oportunidad para destacar, para robarse el show, para brillar.
Particularmente, lo recuerdo en dos de mis películas favoritas, Almost Famous y The Big Lebowski. Como Lester Bangs, el crítico de música que en 1973 ya pregonaba que el rock había muerto, le da al protagonista un glorioso y fatalista discurso sobre lo que mueve a los verdaderos artistas y por qué ser “cool” no es para ellos. En The Big Lebowski no tiene líneas tan geniales, pero su presencia no las necesitaba, en especial cuando con una risa abochornada intenta hacer pasar por chiste la oferta que la esposa del Lebowski rico le hace al Dude.
La carrera de Hoffman estuvo llena de detalles así, pequeños momentos gloriosos que se quedan en la memoria de los espectadores.
