No es fácil ser John Malkovich. De eso se trató Being John Malkovich, la maravillosa película de Charlie Kaufman y Spike Jonze, que se dieron el tupé de meterse en la cabeza de quien reiteradamente es llamado uno de los actores más importantes de nuestra época, poniéndolo a decir diálogos como “Malkovich, Malkovich” y convirtiéndolo en marioneta humana. ¿Mérito o consecuencia? Después de todo, ya Malkovich había aparecido en Con Air (Casualidad o no, John Cusack también aparece en ambas películas), esa absurda película sobre un avión en el que trasladan con mínimas medidas de seguridad a todos los críminales más peligrosos del sistema penitenciario estadounidense. Mi punto es, el reparto actoral no suele ser una medida confiable de la calidad de una película o de una obra de teatro. Pero nos convencemos de que Being John Malkovich o Relaciones Peligrosas son la norma y no Con Air, y entonces vamos al cine o al teatro porque John Malkovich está en los créditos.
John Malkovich es una de las razones por las que me mudé a Chicago. No la más importante y algo indirecta, pero en la lista de los haberes de venirse a esta ciudad estaba el Steppenwolf Theatre, la compañía de la que Malkovich fue parte por allá en los años 70 y que hoy por hoy sigue manteniendo el prestigio de ser una de las mejores de Estados Unidos. Cuando vivía en Caracas, el teatro era parte principal de mis rutinas, solía ver todas las obras en cartelera, claro, con las excepciones producto de la experiencia: “no, a esa compañía no la veo más”. Entonces, cuando Olivia y yo hicimos la lista de atributos, junto a factores de mayor peso como que en Chicago tuviera familia y que ya Olivia estuviera aceptada en una universidad de la ciudad, resultó un poderoso extra el que Chicago fuera una ciudad teatral, cuna y sede del Steppenwolf, la compañía de Malkovich, Gary Sinise y otros, para que se convirtiera en el destino indiscutible de mudanza.
Mucha nieve ha caído y la escena teatral chicaguense no ha hecho sino decepcionarme. Claro que hay algo de mala suerte, porque mi presupuesto solo me permite asistir a un limitado número de eventos, pero después de ver una seguidilla de obras costosas y aburridas, de débil dramaturgia y de uso innecesario y poco imaginativo de los elementos escenográficos, ya no estoy pendiente de la cartelera teatral. A lo sumo voy a alguna obra de teatro latino, a lecturas dramatizadas y a un que otro musical, que los musicales por acá son mucho más honestos pues tienen su fórmula bien definida y la usan sin tapujos. Pero entonces, anunciaron que John Malkovich volvería a los escenarios de Chicago por primera vez en cinco años, es decir, por primera vez desde que estoy en la ciudad.
Esperamos hasta el último momento. “Si hay entradas el día antes, compramos”. Y compramos y fuimos a ver The Infernal Comedy, que se subtitula Las Confesiones de un asesino en serie, una pieza basada en la biografía de un austríaco que tras ser encarcelado una primera vez, desde prisión se volvió un afamado autor y fue indultado por presión social, solo para que volviera a cometer asesinatos y se suicidara cuando enfrentó una segunda condena.
La comedia es una mezcla de monólogo con café concert, donde una orquesta barroca y dos cantantes de ópera hacen un contrapunteo con el protagonista, contrapunteo innecesario en casi todo momento y que distrae con su intención algo más que obvia: mostrar que los temas básicos de la historia de un asesino en serie han sido tocados una y otra vez en el arte universal, en este caso particular en la ópera. Cuando llega el turno de las dos cantantes de interpretar trozos de arias famosas, el personaje principal vaga por escena las más de las veces algo perdido. Pero se trata de John Malkovich. ¡John Malkovich!
Nadie pedía un gran texto, pero al menos sí uno que le permitiera a Malkovich lucirse con algunos matices más allá del acento austríaco (muy parecido, para no decir el mismo, que el actor utiliza en esa excelente película Rounders) y de una escena de impecable ejecución técnica, donde el asesino en serie estrangula a una de las actrices-cantantes. Por momentos estuvimos seguros de que le había roto el cuello debido al impresionante despliegue físico y de prestidigitación. Pero de resto, ni una sola línea memorable.
El problema estuvo, sin duda, en el texto. A la salida escuché a una señora comentar que si tuviera que decir de qué trató la obra, qué diría. Es verdad, no lo sabemos. Un asesino que asesina, un autor que presenta un libro, una orquesta que toca, un monólogo o un concierto y un escritor que no supo develar ningún secreto, porque al final, al parecer de lo que se trataba era de descubrir la verdad detrás de esos asesinatos, el motivo vital del asesino en serie.
Mientras, allá arriba en lo más alto del balcón, queríamos aplaudir porque acabábamos de ver a John Malkovich en vivo, pero nos quedamos con muchísimas ganas de ver a John Malkovich en vivo.
