Olivia, Paula y yo estuvimos este viernes 8 de enero en la librería Books & Books de Coral Gables, donde Alejandro Zambra presentó su libro Mis Documentos. Claro que Paula no tiene edad para que su asistencia a eventos de este tipo sea tomada en serio y sus auis y uas no fueron vistos como celebración de lo que estaba diciendo Zambra sino como un foco de perturbación que produjo miradas de silenciosa indignación de organizadores y público en general. Pero eso es parte de otro blog.
Zambra leyó pero poco, y al menos a mí me dejó con las ganas de que leyera más, no solo porque el relato que dejó de leer me había atrapado sino, sobre todo, porque la conversación posterior no estuvo del todo sustanciosa. Respuestas vagas, inconexas, en exceso improvisadas me hicieron a mí estar más pendiente de lo que hacía Paula afuera en brazos de la mamá que de lo que decía el escritor.
A pesar de ello, por supuesto que Zambra dijo cosas bien interesantes. Habló de la escritura como una tensión permanente entre el yo y el nosotros, preguntándose cuándo decir yo es egolatría, es dolor o es responsabilidad, y cuándo decir nosotros es comunidad o deshonestidad. También comentó que ciertas exigencias formales de la escritura de novelas le parecen extrañas y en particular mencionó la necesidad de ponerle nombre a los personajes, agregando que ponerle nombre a los personajes es condenarlos.
Habló de el proceso de traducción de sus libros al inglés, un proceso del que solo participa de forma puntual cuando la traductora le hace preguntas, y le preguntaron si le gusta leer sus libros en otro idioma, a lo que respondió que sí, pero que no se leía tanto. Publicar para Zambra es una cosa un tanto ajena a él, pues los libros para el escritor son siempre del pasado. Al momento en que sale un libro ya probablemente se está en otra cosa y al ser publicado por una editorial no está al tanto de los caminos recorridos por el libro para llegar a un lector, cosa distinta a cuando él se publicaba sus libros de poesía en Chile, donde casi que podía juntar cada ejemplar con su lector y se sorprendía cuando alguien por completo ajeno o inesperado le decía que lo había leído.
En la última parte de la conversación me tocó a mí tener en brazos a Paula y nos fuimos al patio de Books & Books, donde la banda de jazz y las animadas conversaciones de los comensales nos mantuvieron distraídos hasta que fue la hora de regresar a casa.
