Play cumple cinco años

Mi libro de relatos, Play, fue publicado en 2015 por Ars Communis, la editorial que lidera Fernando Olszanski desde Chicago. A raíz de la efeméride, Fernando conversó conmigo sobre el libro, el origen de cada relato y cómo este lustro ha pasado por ellos. A continuación, la conversación:

Patricia sigue aquí, de María Mínguez Arias

En medio de las marchas y contramarchas de la aprobación del matrimonio igualitario en California, y en los comienzos de la crisis de 2008, Lesly recibe la peor de las noticias: el amor de su vida, su compañera, la que iba a ser la madre de sus hijos, Patricia, murió en un accidente. El dolor de la pérdida y los desajustes que esta produce en la idea de sí misma y en la vida cotidiana, son los componentes de Patricia sigue aquí, una novela que nos hace cuestionarnos sobre los límites del duelo, escrita por María Mínguez Arias, publicada por la Editorial Egales y ganadora del International Latino Book Awards 2018 como mejor libro de temática LGBT.

“…No es el amor que les teníamos, sino el vacío que nos dejan”, le dice una buena amiga y es precisamente en las dimensiones del vacío que se le creó donde está el problema de Lesly. Porque ella tiene a disposición una muy solidaria red de apoyo y sin embargo su dolor por la partida de Patricia la lleva al borde del precipicio. Sus amigos, su mamá, la casera, el jefe, todos están a su disposición, pero en todo momento uno se pregunta hasta qué punto esa red de apoyo se mantendrá ahí para protegerla de la caída. En particular, en su trabajo—una Fundación de protección a los deudores hipotecarios que está lidiando con el lado más crudo de la crisis: la gente de pocos recursos que está perdiendo sus casas— le muestran una paciencia que tiene tanto que ver con el respeto por el momento que está viviendo Lesly como con la delicada situación en que se encuentra el país y la Fundación, un equilibrio bastante inestable.

La muerte tiene siempre un componente burocrático con el que es difícil lidiar. En Patricia sigue aquí se hace presente desde el primer momento, cuando el policía que va a darle la noticia a Lesly duda frente al parentesco con Patricia. Con mucho acierto, Mínguez Arias convierte esa inconveniencia en duda existencial cuando Lesly se enfrenta al usuario de su esposa en la computadora común. ¿Simplemente borrar cuentas, correos, perfiles y conversaciones o revisarlas para ver si contienen algo importante que atender, bajo el riesgo de encontrar algún detalle que Patricia le hubiera mantenido oculto? ¿Hasta dónde es sensato y honesto llegar en su intento por mantener lo más vívida posible la presencia de Patricia?

A través del yo virtual, Lesly asiste a una faceta de Patricia que conocía aunque no en sus profundas dimensiones: la de una muy comprometida activista por los derechos LGBT y de una no menos comprometida consejera de líneas de prevención de suicidios. Pasearse por ese lado de la vida de Patricia pondrá a Lesly en situaciones comprometidas, llenas de tensión e incertidumbre.

Patricia sigue aquí es una novela sobre la pérdida de un ser querido y de la propia identidad, pues la misma se vuelve dual en el proyecto de pareja y de vida en común. Lesly tendrá que enfrentar esa doble tarea de recuperación y sin duda vale la pena acompañarla en el trayecto.

Saramago as a labyrinth

A note about The Last New York Times translation

José Ángel Navejas already had several weeks working on the translation into English of my novel, El último New York Times, when he wrote to me about checking some details. At first, I thought it would be about an expression too Venezuelan, or a too obscure reference I took from the archives I searched while writing the novel. For my total surprise, he wanted to check the accuracy of a quote I made from The Year of the Death of Ricardo Reis, the book by Jose Saramago.

The Last New York Times was born as a direct consequence of reading The Year of the Death of Ricardo Reis. On one passage of the novel, Ricardo Reis read in the news the story of a tailored edition of The New York Times received by John D. Rockefeller, Sr., and I wanted to read that newspaper. Then I began a journey around digital archives and email exchanges that, in the end, became the inspiration and a part of The Last New York Times.

Jorge Luis Borges said that you only need to put one mirror in front of another to build a labyrinth. And for me, I just needed to receive two conflicting emails to write one in the form of a novel. The first email was from the Rockefeller Archive Center, telling me that they had never heard about a Rockefeller personal New York Times. The other was from the Saramago Foundation, saying that the writer used only newspapers from the era of the novel (1930’s Portugal) to write The Year of the Death of Ricardo Reis. These details are in The Last New York Times, what is not in there is the discrepancy Navejas found.

Navejas asked me about the quote “hombre tan rico, tan poderoso, y dejarse burlar así, y dos veces burlado, que no basta que supiéramos nosotros que es falso lo que él cree saber, sino que sabemos que él nunca sabrá lo que nosotros sabemos.” He did not find it in his English version of The Year of the Death of Ricardo Reis. In the English version, the quote is: “Such a wealthy and powerful man allowing himself to be fooled in this way.” Now, you can go to The Last New York Times to read the complete Saramago’s idea: “…and fooled twice, because not only do we know that what he thinks he knows is false, but we also know that he’ll never know what we know.”

I immediately thought about comparing English, Spanish and Portuguese versions looking for other differences; maybe I could find new details for my novel. At that moment, El último New York Times was already finished but still unpublished. The only thing that stopped me from keep building the labyrinth was how advanced Navejas was on the translation.

The anecdote made me remember another challenge around my reading of El año de la muerte de Ricardo Reis. I bought the book in the famous digital bookstore. At that time, I was still living in Venezuela, and I used to send my purchases to my sister’s house in the United States until somebody could bring them to me. When I finally had El año de la muerte de Ricardo Reis in my hands, probably around three to six months had passed from the moment I bought it. I was eager to read it. Then, on page 160, I discovered my copy jumped to page 177. To continue reading, I had to find another copy of the book. Luckily, I had talked about my new acquisitions with an uncle, and when I mentioned El año de la muerte de Ricardo Reis he told me he would have lent it to me. I borrowed it from him and photocopied the missing pages.

For years, El año de la muerte de Ricardo Reis was easily visible in my library because of the letter-size papers folded inside of it, like the bookmark of a never finished reading. I did finish it, and it was a reading that has accompanied me like few others. The search for the missing pages was the preamble of a more urgent quest, one that ended on The Last New York Times.

Las páginas faltantes

A raíz de la inminente llegada de El último New York Times en inglés, traducido por José Ángel Navejas y publicado por Katakana Editores, recordé una anécdota de cuando leí El año de la muerte de Ricardo Reis, la novela de José Saramago que es el origen directo de El último New York Times. En la novela de Saramago fue donde supe por primera vez del periódico personal de John D. Rockefeller, y desde ahí comencé mi búsqueda de ese New York Times escrito a la medida del viejo magnate y filántropo.

Compré El año de la muerte de Ricardo Reis en la gigantesca librería digital. Por esos años todavía vivía en Venezuela; enviaba las compras, principalmente libros, discos y películas, a casa de mi hermana y allá se quedaban esperando a que alguien pudiera traérmelas. Cuando tenía suerte, pasaban solo unos tres meses antes de que el pedido llegara a mis manos. A veces podían ser hasta seis u ocho meses. Eran muchas las conversaciones que solía mantener acerca de la inminente llegada de tal o cual título; en una de ellas, Apolinar me dijo que de haberlo sabido él me habría prestado El año de la muerte de Ricardo Reis.

Apenas tuve mi ejemplar comencé a leerlo con avidez producto de la espera y de que en esa época Saramago era el autor que más leía. Para mi sorpresa e indignación, al llegar a la página 160 el libro saltaba a la página 177. Para continuar la lectura, en efecto tuve que pedirle prestado el libro a Apolinar. Luego de revisar si mi copia no tenía otro salto, y que la suya no presentaba el mismo defecto, fotocopié las páginas faltantes.

Durante años, El año de la muerte de Ricardo Reis destacaba en los estantes de mi biblioteca por las hojas tamaño carta que sobresalían de él, como un marcalibros olvidado en el libro que nunca se terminó. Solo que yo sí terminé de leer El año de la muerte de Ricardo Reis y esa lectura me ha acompañado como pocas. La búsqueda de las páginas faltantes fue una especie de preámbulo a esa otra búsqueda que iniciaría tiempo después y que resultaría en El último New York Times.

Don’t cry for me, América

Antología de escritores argentinos en Estados Unidos

La identidad latinoamericana es nacional. Por eso, el debate sobre qué es ser latino, o latinx, en Estados Unidos parece estancarse o incluso retroceder con cada nueva ola de inmigrantes, pero también por eso es que tienen vigencia y pertinencia libros como Don’t cry for me, América: Antología de escritores argentinos en Estados Unidos, publicado por Ars Communis (2020).

Fernando Olszanski y Hernán Vera Álvarez son argentinos, tienen muchos años residenciados en Estados Unidos y ambos han sido promotores incansables de la literatura escrita en español en este país. Con varias antologías cada uno en su haber, era cuestión de tiempo que unieran esfuerzos y resulta natural que lo hicieran en un libro como Don’t cry for me, América.

Con la participación de Pablo Brescia, Adriana Briff, Erika Estefanía Doyle, Nicole Duggan, Gabriel Goldberg, Gisela Heffes, Gladys Ilarregui, Alicia Kozameh, Javier Lentino, Claudio Iván Remeseira, Eduardo D. Rubin, Gastón Virkel, Lila Zemborain y ambos antologadores, Don’t cry for me, América es un recorrido descarnado y muy íntimo sobre lo que significa vivir en un país distinto al del origen y a la vez mantener, voluntaria o involuntariamente, la identidad y la idea nacional del lugar que se dejó atrás. Si bien comencé diciendo que la identidad latinoamericana es nacional, libros como este nos permiten a otros como yo, inmigrantes latinoamericanos en Estados Unidos, encontrar que aunque el país de origen sea Argentina son muchas más las semejanzas que las diferencias con nuestra propia experiencia.

Observar es también observarse, y en esta antología hay varios juegos de espejos muy interesantes. En Nuestras posibilidades, Brescia nos muestra a un catedrático argentino (¿latinoamericano?) cansado de que lo sigan viendo idílicamente. En La aproximación de los tiempos, Briff hace de la milanesa una especie de caballo de troya cultural en la mesa de su trabajo. En Volver, Heffes camina por la Buenos Aires de su infancia ahora como turista. En Misivas electrónicas, Vera usa unos viejos correos electrónicos para hablar no solo del argentino recién llegado sino de la Argentina desde el exterior. En La palabra justa, Virkel hace del spanglish lúcida reflexión de esa inevitable mezcla cultural y de vida siempre a medio camino entre un lugar y otro, entre un idioma y otro.

La tensión con los hijos criados en un sistema de valores diferente; la relación con el país de acogida; la mirada al país de origen; los ritos de iniciación y de asimilación de la nueva condición e identidad, son los temas presentes en estos textos, la mayoría mas cercanos a la memoria y el ensayo personal que a la ficción, pero todos en un territorio más bien híbrido, como si los géneros literarios se impregnaran de ese ser y no ser que es todo migrante. Todo migrante se reconocerá en uno o varios de estos relatos.

La librería del mal salvaje de Hernán Vera Álvarez

En La librería del mal salvaje (Ediciones Suburbano, 2019), novela de Hernán Vera Álvarez, la literatura es ante todo refugio, pero también resistencia y rebelión.

Las páginas de La librería del mal salvaje están llenas de amor por la literatura. Imagino que esa es la principal razón por la que el librero-narrador trabaja en la librería. “Estar completamente solo rodeado de libros es regalarse un ticket al mejor lugar” dice en un momento, en otro nos confiesa que le gusta ser librero: “Recomendar lo que leí y los bellos libros de mis buenos amigos…”. Sus días van pasando entre recomendaciones, lecturas, encuentros fortuitos y furtivos con autores que había olvidado, con otros que descubre y con clientes viejos conocidos o que podrían volverse amigos. La librería del mal salvaje está escrita con la fascinación por ordenar los libros de cierta manera; de jugar al laberinto de los anaqueles para hacer dialogar a los autores en diferentes términos; con el placer de recomendar unas lecturas por encima de otras; de ayudar a un lector a descubrir un libro que le será especial y del regocijo de verlo volver buscando una nueva recomendación, una nueva lectura.

Toda librería es una tarea pendiente, un reto imposible de rechazar si se es un ávido lector. Y en cada página de esta hay una nueva invitación; como todo buen libro, La librería del mal salvaje es un puente a otros libros, a autores por descubrir o por revisitar. De manera particular, la invitación a pasearse por la literatura argentina gracias al proyecto que el librero prepara en las horas de poca afluencia de clientes. Las notas que está recopilando de historia cotidiana de la literatura argentina, con una mezcla maravillosa entre humor y erudición, nos pasean por detalles de la vida y obra de autores como Copi, Lugones, Ocampo, Puig, Borges, Piglia y las ganas de leerlos o releerlos se multiplican con cada nuevo ítem.

Son esas notas, sin embargo, las que le hacen recordar al librero que está trabajando y que le pagan para que venda libros, los avale o no. En la librería, la literatura tiene que competir con otros géneros y con la atención al cliente. El lento pasar de las horas, tan propicio para la lectura, se convierte en tedio burocrático ante la frustración de estar rodeado de libros que no se pueden leer o que solo se pueden leer furtivamente; debido a la política de estar siempre de pie; y por la tristeza de tener que vender libros que quisiéramos que nadie leyera. Ay, los clientes, esa clase de lector tan peculiar que pregunta por El Principito de Maquiavelo y mientras saca la billetera para pagarlo dice que extrañará las librerías cuando ya no quede ni una.

Impresiona encontrarse en La librería del mal salvaje con tantos clientes ávidos por expedir el acta de defunción de la librería, como si su visita al negocio confirmara la inviabilidad del mismo. “La gente agradece, a veces compra un libro, nos desea lo mejor y eso parece más un pésame adelantado que un futuro de éxito”. Yo, por mi parte, leo y escribo sin saber qué va a permanecer en pie, sin saber a dónde podremos regresar; espero que uno de esos lugares sea esta librería. Tengo altas mis expectativas al respecto, porque el librero sabe que “en estos tiempos oscuros trabajar en una librería que tiene especialmente obras en español es un acto estético y no menos político”. No dejemos de leer y de volver a La librería del mal salvaje.

Plato frío

Con la cara de quien pierde el último tren de refugiados por apenas unos instantes, vi a Verónica regresar desde un tiempo no tan lejano pero sí ya tan ajeno que parecía una vida anterior. Y si hay reencarnación, hay karma.

Me quedé paralizado en mi silla por un buen rato. Cuando pude moverme, fui y le toqué la puerta a Cárdenas. Era un hecho, Verónica también había emigrado y le dieron un puesto en la empresa, un puesto alto, importante, a la medida de sus credenciales. En un par de semanas sería supervisora general, solo estaría por debajo de Cárdenas en la cadena de mando. No pude contenerme y solté un “me jodí” del que Cárdenas esperó una explicación mirándome con ferocidad, pero no tuve dignidad para contarle lo que había pasado entre Verónica y yo. Muy pronto lo descubriría por sí mismo, o la propia Verónica tendría que decírselo cuando tomara las medidas que considerara justas.

-¿Ella ya sabe que trabajo aquí?–le pregunté a Cárdenas.

-Desde hace un par de días tiene toda la información del departamento.


-Se te va a enfriar la sopa–me dijo Evelyn sacándome de mis cavilaciones.

La miré a los ojos y supo de inmediato que algo estaba mal.

-Contrataron a Verónica, dentro de unos días será mi jefa.

Evelyn se puso lívida, luego le dio un ataque de rabia.

-¡Seguro fue Javier el que se la trajo! El muy…

-No, no fue Javier, no fue nadie, Verónica llegó por sus propios medios, no hay nada que podamos hacer hasta que ella comience a trabajar. Lo mejor es que salgamos, vámonos a la playa, relajémonos.

Pero no nos relajamos, no podíamos. Tanto Evelyn como yo estábamos seguros de que lo primero que haría Verónica sería mandarme bien lejos a la mierda con toda la soberbia que le dará el tener mi visa en sus manos. Llamé a Javier, no por las acusaciones de Evelyn sino porque él conocía el pasado lo suficiente como para no tener que empezar explicándome.

-Me imagino que ya sabes lo de Verónica.

-Sí, lo sé, lo siento.

-¿Por qué no me lo habías dicho?

-No quería que te enteraras por mí.

-Porque no hiciste nada para evitarlo.

-Verónica es buena, se vino, como tú, como yo, y la empresa era un objetivo obvio, no necesitó sino tocar la puerta.

-Y no hiciste nada para evitarlo.

-¿Tú crees que hubiera podido? Objetivamente, no había argumentos, no iba a ponerme a inventar…

Javier se calló y ese silencio fue su opinión más dura sobre mi situación y sobre mí mismo. Colgué sin decir nada más. Él no intentó llamar de vuelta.


La reunión de presentación de la nueva supervisora general fue convocada para ese mismo lunes y era de asistencia obligatoria, ya que se esperaba que en ella Verónica nos explicara su plan de gestión y de reestructuración del departamento. No quería ir, pero era imposible faltar. Quizás llegar tarde sería la solución, pero correría el riesgo de interrumpir y que toda la atención recayera sobre mí dándole a Verónica una oportunidad perfecta. Tampoco podía llegar temprano y estar entre los primeros que se sentaran en el salón, arriesgándome a que Verónica también estuviera ahí preparando su presentación, aquello parecería un desafío y no estaba en posición de retarla. Decidí entrar al salón cuando la mayor parte de los empleados lo hicieron, y me senté lo más alejado que pude de Verónica, no quería verle la cara ni percatarme de que ella me estuviera mirando.

Cárdenas presentó y repasó la trayectoria y credenciales de Verónica sin guardarse ningún elogio. Luego Verónica tomó la palabra e hizo un análisis del presente y futuro del negocio que nos dejó realmente asombrados y satisfechos a todos, no lo niego, la empresa estaba en buenas manos. A partir de ahí comenzó a asignar nuevas tareas y responsabilidades, se trataba en efecto de una restructuración del departamento pero en función de las proyecciones que había hecho del futuro y de la capacidad y obligación de la empresa para responder a ellas. La gente estaba entusiasmada, se veían motivadas, cada quien recibía su nuevo encargo con satisfacción, además Verónica estaba contando con todos y eso de inmediato le ganó la confianza y aprobación del equipo. Con todos menos conmigo, que no fui mencionado ni recibí tarea alguna. Se dio por terminada la productiva reunión y salí de nuevo confundido entre los empleados de menor rango, los de mayor rango hicieron fila para estrechar la mano de Verónica y reiterarle que contaba con ellos.

En mi puesto no tuve otra cosa que hacer sino refrescar cada dos minutos la bandeja de entrada esperando la comunicación de recursos humanos. Pero terminó la jornada y nadie de recursos humanos se comunicó conmigo, tampoco lo hicieron Verónica ni Cárdenas. Ese día fui el último que salió del edificio.

Evelyn se contuvo todo el día de llamarme o mandarme mensajes, pero cuando llegué a casa, un par de horas más tarde que de costumbre, ella daba por hecho lo peor y me abrazó apenas abrí la puerta y nos quedamos un buen rato así sin decir nada, o eso fue lo que sentí, que había pasado mucho tiempo. “Todavía no sé qué va a pasar conmigo” le dije y aquello, lejos de atormentarla como estaba atormentándome a mí, le dio algo de esperanzas, si Verónica no había llegado cortándome la cabeza quizás no lo haría, no saber lo que va a pasar era bueno mientras tuviera el trabajo y siguiera vigente la visa que nos mantenía en el país.

Para mí, en cambio, lo peor era la incertidumbre. Al día siguiente llegué más temprano y tal como sabía que sucedería, Cárdenas ya estaba en su oficina. Le pregunté si Verónica le había dicho algo sobre sus planes para conmigo.

-No, pero tiene carta blanca para tomar cualquier decisión que considere pertinente.

Supe que habían hablado sobre mi caso.

Estuve otra vez sentado todo el día en mi puesto sin hacer nada salvo refrescar la bandeja de entrada. Vi a Verónica moverse frenética por toda la oficina, pero se las arregló para no verme en ningún momento. Yo no existía para ella, y pronto no existiría para el resto de la oficina, que de tan ocupados y entusiasmados con los nuevos proyectos nadie se tardó de más lavándose las manos o sirviéndose café, todo el mundo estaba absorto en su trabajo.

A la mañana siguiente volví a ser el primero e intenté hablar de nuevo con Cárdenas.

-Esta situación me tiene un poco angustiado–le dije.

-Habla con ella. Habla con ella y si no te gustan sus planes…

Cárdenas se dio cuenta de que estaba en manos de Verónica. Ella entró en la empresa a prepararla para enfrentar el futuro del sector con mejor pie por la misma razón que yo no tenía muchas expectativas de conseguir otro patrocinante para una visa.

-Todos sabemos que tengo que esperar a que ella tome su decisión.


Al principio mis compañeros me veían extrañados por mi calma, por mi no hacer nada, pero se acostumbraron pronto y ya ni siquiera reparaban en mí cuando sus miradas barrían mi puesto para dirigirse a otro asunto. Me estaba volviendo un adorno que se pone en la sala por compromiso, porque nos lo regaló la tía y ‘pobrecita, ella lo hace con cariño’. Yo asumí la situación planteándome que estaba en huelga de silencio, no sería yo quien rompiera el velo de ignorancia que nos habíamos tejido, pero sabía que Verónica tampoco quería romperlo. Era una guerra de poder, algo ridícula por lo desigual, pero ver las cosas de esa manera era lo que me estaba permitiendo enfrentar la nada en que se había vuelto mi día a día. Seguía refrescando frenéticamente mi bandeja de entrada y temía por el monto que aparecería depositado en mi cuenta el 15, pero de resto yo también me estaba acostumbrando a mi nueva función de jarrón chino o quizás de recordatorio: tal vez Verónica me quería ahí para que mi presencia le recordara las pruebas que había superado para llegar a donde estaba.

Sí, la culpa fue solo mía, éramos buenos amigos y yo la traicioné, le hice una guerra sucia cuando me enteré de que le iban a dar un cargo para el que no me parecía que estuviera lista. Guerra sucia la llamo ahora, en aquel entonces fueron chismes de pasillo, rumores infundados, pero hicieron mella, nunca tuve que explicarme, nunca fui confrontado y terminé creando una bola de nieve que rodó libre y cada vez más grande. Lo más absurdo, lo más vergonzoso, es que no era un cargo que yo tuviera en la mira, no era mi asunto y de todos modos actué como si aquello hubiera sido un ataque personal en mi contra, como si la decisión me hubiera afectado de algún modo salvo en mi ego. El mal ambiente hizo que se pospusiera el ascenso, Verónica no estuvo dispuesta a esperar mucho tiempo y terminó yéndose de la compañía en los peores términos, enemistada con todos, incluso con los tímidos que intentaron defenderla; tras su marcha le perdí la pista y luego emigré.


Con la quincena llegó el ajuste de cuentas. Por petición de la nueva supervisora general, recursos humanos le envió a todo el departamento unas planillas de objetivos planteados y alcanzados durante el periodo. No tenía nada que escribir, no tenía nada que reportar, entregué la planilla en blanco pero la recibí de vuelta como si se hubiera tratado de un error de mi parte. “Sí, lo siento, no guardé el documento y solo reenvié el original” respondí.

Esperé hasta el último momento del plazo dado para devolver las planillas llenas y entonces escribí que mi objetivo planteado fue recibir instrucciones y que no lo había alcanzado porque no había recibido las instrucciones esperadas. Ya el asunto había escalado a recursos humanos, la espera había terminado.


Recibí el correo de Verónica con copia a recursos humanos y a Cárdenas, pero la reunión sería solo entre ella y yo. Tenía todo un fin de semana para llenarme la cabeza de dudas y temores, y a primera hora del lunes sabría por fin qué me depararía este reencuentro indeseado.

Evelyn pasó todo el fin de semana viendo el apartamento, repasándolo como si estuviera aprendiéndoselo de memoria o sopesando cuánto tiempo necesitaríamos para recoger nuestras cosas y marcharnos, si ese era el caso. Yo estaba más y más seguro de que eso sería lo que pasaría, pero era el peor escenario, pensaba negociar con la mayor dignidad posible un preaviso, rogarle a Cárdenas y a Javier por unas cartas de recomendación, e intentar encontrar otro trabajo. Sí, el peor escenario era también el más probable pero no me iría sin intentar torcer las probabilidades en mi favor.

Pero mi dignidad resultó dominguera. Cuando llegué el lunes al trabajo y vi que Verónica ya estaba en su oficina me temblaron las piernas. Esperé siete minutos a que fuera la hora exacta y le toqué la puerta. “Adelante” dijo y sin verme tendió su brazo indicándome que me sentara. No dijo palabra, tampoco le quitó la mirada a su computadora. Al rato todo volvió a ser como había sido desde que llegó a la compañía. No sé cuánto tiempo pasó, no me atrevía a revisar la hora, a hacer ningún gesto, y ella no parecía en lo más mínimo incómoda con mi presencia, si alguien hubiera tocado la puerta le habría podido indicar que se sentara justo donde yo estaba sentado, y esa persona se sentaría sobre mí y apenas se movería como quien intenta encontrar una mejor posición en una silla incómoda. Entonces, finalmente, me quebré.

-Lo siento, de verdad lo siento, no puedo perder mi visa, no puedo perder este trabajo, estoy en tus manos, haz lo que tengas que hacer.

Verónica dejó de hacer lo que estaba haciendo y me miró, en sus labios se dibujó la tenue mueca de quien no está contento de tener la razón.

-Sabes, cuando Cárdenas me preguntó por ti fue cuando por fin supe cómo empezó aquello. Yo no voy a hacer nada, no cuento contigo pero tampoco voy a cargar con la deportación de nadie. Tú verás cómo llenas esa planilla. Y con un gesto dio por terminada la reunión.

Apenas dos pasos separaban la silla donde estaba sentado de la puerta del despacho de Verónica, pero la distancia fue suficiente para saber exactamente lo que haría una vez en mi puesto. Justo antes de cerrar la puerta pude ver que la mueca de Verónica se había transformado levemente, ahora disfrutaba de tener la razón.

Urica

Boves levantó la mirada y creyó ver a Don Rodrigo Díaz de Vivar espantando moros incluso después de muerto. Quiso gritar, decirles a sus llaneros que lo pusieran de nuevo sobre el caballo, pero la sangre le inundó la garganta y el miedo que despertaba solo con la articulación de su nombre comenzó a disiparse en la sabana mientras los patriotas huían derrotados pero felices.