De los finales que pudo haber tenido el Quijote, Cervantes escogió el peor de todos.
Entregado a la melancolía del confinamiento en su aldea tras ser derrotado por el Caballero de la Blanca Luna, Alonso Quijano cae en cuenta de la confusión en la que había vivido, y recupera la cordura y el sentido de la realidad, justo antes de enfermarse y morir.
Y en medio de su cordura, Alonso Quijano se desdice del Quijote: exige felicitaciones porque ya no es Don Quijote de la Mancha sino Alonso Quijano, conocido como el Bueno; le pide perdón a Sancho Panza por haberle hecho creer que era un caballero andante; clama por que su arrepentimiento y su verdad le devuelva la estimación que alguna vez tuvo, dándonos a entender que cree haberla perdido debido a su encarnación del caballero andante; y en una de las cláusulas de su testamento llega al punto de pedir perdón al autor del Quijote de Avellaneda por haberlo obligado a escribir tantos disparates, en un último dejo de ironía cervantina que salva al testamento de ser uno de los más tristes documentos de la historia de la literatura; triste, porque ese documento, y no la muerte de Alonso Quijano el Bueno, es la estocada que hace perder la vida a Don Quijote.
En un ciclo que se inicia y culmina en la aldea de Alonso Quijano, Don Quijote de la Mancha comienza y termina como un alegato contra los efectos de ciertas lecturas perniciosas. Partimos de la quema de libros que realizaron el Barbero y el Cura, y llegamos a las palabras del propio Alonso: “Ya soy enemigo de Amadís de Gaula y de toda la infinita caterva de su linaje; ya me son odiosas todas las historias profanas del andante caballería; ya conozco mi necedad y el peligro en que me pusieron haberlas leído; ya, por misericordia de Dios, escarmentando en cabeza propia, las abomino”. El alegato contra los libros de caballería termina en la propia voz de Benengeli, dando por terminada su narración pues anticipa que con la misma esos libros caerán en el olvido y serán aborrecidos por la gente.
A pesar de haber creado al más amado y digno de admiración de los caballeros andantes, Cervantes nunca abandonó el lugar que escogió para sí, justo al lado del Barbero y el Cura, pasándoles él mismo los libros que debían morir en la hoguera. Si Cervantes viviera entre nosotros, es probable que estaría dando alegatos contra el efecto nocivo de ciertos programas de televisión, de los video clips, de los cómics, de los libros que hoy por hoy su contenido es considerado contrario a la buena literatura, a las buenas costumbres o a algún proyecto político, social, cultural o religioso. Lo único que diferencia a Cervantes de todo censor y moralista de medio cuño, es que de la pluma del manco nació Don Quijote.
Y si bien Don Quijote no pudo salvarse del regreso a la cordura de Quijano, sí pudo vivir lo suficiente para salvar a su creador, Miguel De Cervantes.
