La ínsula de Sancho

(Ensayo breve sobre el gobierno de Sancho Panza en la ínsula de Barataria y el poderoso alegato en contra de la nobleza y la aristocracia que contiene).

La mayor víctima de la locura de Alonso Quijano fue, sin duda, Sancho Panza. En sus últimas palabras al moribundo, da muestras de que al contrario de éste, el mundo creado por Don Quijote y su escudero ya son parte inseparable de la realidad de Sancho. Sancho le pide al Quijote, el único Alonso Quijano que conoce, que se levante de la cama y se marchen al campo vestidos de pastores como habían concertado, y tal vez así encuentren a Dulcinea desencantada. Además, se hace eco de la muerte que preferíamos para el Quijote, al decirle que si se está muriendo del pesar de verse caballero vencido, le eche la culpa a su escudero por haber cinchado mal a Rocinante.

El mundo quijotesco fue vivido por Alonso Quijano en medio de alucinaciones y desvaríos, pero Sancho Panza fue escudero en su libre albedrío. La pérdida de Sancho es mucho mayor que la de Quijano, él no era nadie antes de ser escudero, y si bien tiene la promesa testamentaria de recibir el pago de la deuda que el Quijote contrajo con él, sin duda Sancho hubiera preferido seguir siendo gobernador de la ínsula Barataria.

Así, el alegato que Cervantes construyó contra los efectos de ciertas lecturas, llega a su total magnitud con el resultado que esas lecturas tienen sobre Sancho Panza, que aún no sabiendo leer ni escribir, cosa que podría haberlo mantenido a resguardo, no tiene ningún mecanismo para separar fantasía de realidad.

Durante todo el libro, Sancho es una muestra de sabiduría y honorabilidad popular, pero también de cómo es presa fácil de sus emociones y de engaños a pesar de todas esas virtudes campechanas. Por ello es tan inesperado y extraordinario el resultado del gobierno de Sancho en Barataria. Si bien se trata de un gran montaje, y todos los que rodean a Sancho como gobernador de la ínsula están esperando el más pequeño desliz para hacer burlas de éste, los actos y decisiones que Sancho realiza y toma en su investidura van conquistando a los simuladores, a tal punto que la aventura concluye diciendo que él ordenó cosas tan buenas que hasta hoy se guardan en aquel lugar y se nombran Las constituciones del gran gobernador Sancho Panza.

Excepcional es la situación donde, en una parodia del juicio salomónico, el gobernador Sancho exige que se deje pasar por el puente la parte del hombre que dice la verdad y ahorquen la parte que dice mentira, para terminar decidiendo según la misericordia pues la justicia se encuentra en duda. En todo momento, la sensación de los gobernados por Sancho es que están ante un nuevo Salomón, preguntándose si la sola posesión de un cargo puede aflorar virtudes escondidas en los hombres. Pero son las mismas virtudes que hemos visto en Sancho a lo largo de la obra, solo que desplegadas en su nueva función y por ello convertidas en ley, por más simulacro que fuere, cobran una resonancia tal que igualan a Sancho con los más grandes reyes. Así, el mundo de confusiones entre realidad y fantasía que es el Quijote, pasa a estar en los ojos y prejuicios de los perpetradores del engaño de Barataria y, obviamente, de los lectores.

En Barataria, Cervantes, tal vez sin estar demasiado consciente de ello, hace un alegato contra la nobleza y a favor del gobierno del pueblo que solo las risas que produce la aventura de gobierno de Sancho pudieron acallar.

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