Feria

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Al atardecer, tras un largo día de juegos y festejos, esperábamos tranquilos el turno para subir a la rueda de la fortuna. De pronto, los teléfonos comenzaron a levantarse: El sol estaba justo detrás de la rueda, como si quisiera acoplarse a los engranajes de metal para volverse mecánico. También saqué mi teléfono. Con la habilidad de la costumbre ajusté foco y zoom para lograr una simetría perfecta. Fue tal el efecto que logré que una ráfaga de calor me recorrió todo el cuerpo y el brillo de la pantalla me encandiló casi hasta la ceguera. Abrí la mano con espanto, temiendo que el teléfono se hubiera fundido con mi piel. Respiré aliviado al verlo caer y partirse contra el suelo. Las personas alrededor censuraron mi falta de habilidad dejándome ver cómo se toma un selfie con el sol detrás. Era el mismo sol de mi pantalla. Multiplicado por la potencia de tantos teléfonos, esta vez nadie pudo soltarlos.

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