
El grupo pensaba que la Cueva Húmeda sería la puerta a insospechados descubrimientos zoológicos, botánicos y geológicos. Sin embargo, la expedición no estaba yendo nada bien. Durante dos días solo habíamos visto estalactitas y estalagmitas de hermosas formas, pero no estábamos para disfrutarlas, queríamos especies no contactadas o formaciones endémicas y la cueva no era sino puro yeso. Cuando concluimos que lo único interesante que podría tener la cueva sería la extensión del recorrido, nos topamos con que la galería terminaba en una laguna que amenazaba con convertir a nuestra expedición y a la Cueva Húmeda en la decepción espeleológica del lustro.
Nadie se sorprendió con el resultado del análisis: agua corriente, alguna dureza pero nada en concentraciones que la hicieran no apta para humanos; ¡la cueva no sirve ni para spa!, bromearon algunos. Mientras el grupo llenaba las cantimploras—todavía no necesitábamos el agua, era un gesto de protesta y frustración—, yo comencé a enfundarme el traje de buceo. La última esperanza de la expedición era que esa laguna tuviera una salida y que del otro lado hubiera algo que contar.
Me sumergí lentamente, tanteando que la cuerda de seguridad estuviera bien ajustada y que la lámpara funcionara. La laguna tenía unos quince metros de diámetro y, lo descubriría en pocos minutos, unos cuatro metros de profundidad. Recorrí palmo a palmo el fondo y las paredes. Entonces, como a tres metros de profundidad, en la pared norte, encontré una pequeña cavidad. Tras dos pequeños tirones de la cuerda me dieron más metros y al recibirlos no pude dejar de pensar en la expectante alegría que seguramente estaba viviendo el equipo: la esperanza se medía con la longitud de esa cuerda.
Al entrar en la cavidad, mi decepción no cupo en ella—no por lo grande de la decepción sino por lo pequeña de la cavidad. Dentro de la cavidad tuve que doblar las piernas y para recorrerla no tenía más que moverme sobre mi propio eje. No había nada que buscar allí.
Sin embargo, por una razón que no me supe explicar, no quise salir de la cavidad, me quedé ahí dando vueltas lentamente sobre mí mismo con las piernas recogidas y casi pegadas al pecho.
Con los inevitables golpes que le daba a las paredes, pude percatarme de que el material de la cavidad era otro, no el del resto de la cueva sino uno casi esponjoso. Intenté romper un pedazo de las paredes para llevármelo conmigo y analizarlo en la superficie, pero cuando ya casi lograba desprenderlo, el lugar comenzó a temblar como si aquel pedazo fuera el centro de gravedad de toda la cueva.
Lleno de pánico, traté de salir de la cavidad, pero el orificio se movía arriba y abajo como si toda la tierra se estuviera sacudiendo. De pronto, las paredes debajo de mí cedieron y la cavidad y toda la laguna se vació de agua. En segundos ya no hubo nada que me sostuviera y caí al vacío un par de metros hasta que la cuerda de seguridad me detuvo como a un ahorcado.
Esperé a que me halaran de regreso, pero nada sucedió y no había explicación para ello, salvo que también le hubiera pasado algo al grupo. No iba a durar mucho tiempo así. Si la cuerda no se rompía, la tensión que me estaba produciendo en el pecho me mataría de asfixia. Mi única posibilidad era que la cuerda fuera lo suficientemente resistente como para poder treparla de vuelta y que al otro lado todavía existiera un camino de regreso.
La cuerda estaba resbalosa, empapada, extrañamente sentí como si estuviera hecha del mismo material de las paredes de la cavidad. Supe que no podría treparla más que unos metros y antes de que mis fuerzas me abandonaran por completo, me dejé caer lo que había subido.
Aquel corto salto al vacío me llenó de una profunda calma que se esfumó por completo cuando vi la perturbadora imagen del gigante enmascarado cortando la cuerda. “Es un varón” lo escuché decir justo antes de que me golpeara.
