¿Qué hace el escritor si carece de imaginación? Es la pregunta que se formula M al comienzo de Cuán alta la luna. Breves sueños y escenas de una vida larga (Marc Zimmerman, Floricanto Press, 2019) y su respuesta es vivir una vida plena e interesante para tener temas para escribir: “Para poder escribir ficción sin imaginación debía vivir de manera grandiosa e imaginativa. Luego, negarse a traicionar lo sucedido, vivir tales experiencias que el mero hecho de recitarlas generara ficción significativa”.
Trabajar sobre la memoria, sobre recuerdos y sueños para compensar lo que el narrador llama la falta de una capacidad sostenida para imaginar y así “lograr un cuerpo de trabajo que solo puede clasificarse como ficción de la memoria o memoria ficción”.
El proyecto de M es narrado a través de cuentos cortos, recuerdos de una vida que por momentos se vuelve metatextual, pues el escritor que sabe que no tiene imaginación forza las vivencias para poder luego escribirlas; en un momento dado, su tercera esposa le reclama un viaje que realizan con el único fin de que M luego narre la experiencia: “‘¿Por qué tienes que volver a Bellagio para escribir sobre regresar allí? ¿Por qué no puedes simplemente escribirlo?’
‘Porque es contra las reglas’”.
Me gustan estos artefactos narrativos que pueden leerse como una serie de cuentos cortos, pero también como una especie de novela o de autobiografía—si terminamos cayendo en la tentación presente a lo largo del libro de leer el nombre completo Marc en esa M que identifica al personaje-narrador-escritor.
La estructura del libro sin duda está hecha para que caigamos en esa tentación, con una primera parte llamada Infancia; una segunda Algunos sueños y escenas de la vida; y la del cierre Sueños de un jubilado.
Es en la segunda parte donde el escritor sin imaginación comienza a enfrentarse a sus supuestas deficiencias, aunque sus páginas en blanco lo que están es llenas de chocolate, porque son cosas como su esposa y su hija comiendo bizcocho en la cocina lo que no le deja escribir. Pero también son las decisiones de carrera y de vida: entre matrimonios y vacaciones; viajes a congresos e intentos de ser invitado a otros congresos; y clases en la universidad, es poco el tiempo que le queda para escribir, o para recordar lo vivido y poder escribirlo. La idea de dedicarse a la escritura de ficción va quedando postergada para momentos más propicios.
Sin embargo, el momento más propicio tampoco parece ser el de la jubilación, pues en los Sueños de un jubilado, esas decisiones de vida tomadas en la segunda parte parecen pasarle factura y vemos a un M que se muestra muy crítico y hasta un poco apesadumbrado frente a lo que le cuesta creer vaya a ser su legado: salidas por la puerta de atrás de sus cátedras; confundir a otros colegas con Marcuse; y el permanente arrepentimiento frente a no haberse dedicado antes a la escritura más a tiempo completo. El drama circular del escritor: cuando por fin se sienta a escribir solo puede hacerlo sobre no haber escrito antes.
En Cuán alta la luna. Breves sueños y escenas de una vida larga, Marc Zimmerman nos ofrece un hermoso y humorístico fresco de una vida convertida en proyecto literario a través de recuerdos y experiencias hechos ficción por el simple pero siempre transformador hecho de escribir.

