Miami no es ciudad para poetas malditos. Es demasiado fácil confundirlos con estudiantes universitarios intoxicados de Spring break, o con inmigrantes adinerados con problemas de autocontrol. Por eso, la reacción de Lasticön cada vez que lo llaman poeta maldito es de rechazo, de desagrado, no sabemos si por ser tildado de maldito o de poeta. Aún así, Lasticön va por Miami Beach tomando Mountain Dew casi como único alimento, cayéndose a golpes con el primero que le pase por al lado, teniendo encuentros sexuales también con el primero que le pase por al lado y dejando poemas en cualquier rincón.
Gastón Virkel nos entrega en Maldito Lasticön (Suburbano Ediciones, 2019) una historia de desenfrenos, con personajes siempre caminando por la frontera entre la autodestrucción y la salvación, indecisos entre cuál opción les es más atractiva. Pero también Virkel nos ofrece un interesantísimo fresco de la Miami Beach de los alleys, donde se mezclan traficantes, amantes, turistas en busca de emociones extremas, homeless y despistados en una combinación donde el sueño americano se visualiza, se vive y se sufre con toda la intensidad de su oferta de fuegos artificiales.
En el prólogo del libro, Virkel nos cuenta que llegó a Miami en 2001, son casi 20 años de aguzar el oído, porque la ciudad que nos retrata Virkel es de acentos mezclados, una ciudad donde se habla inglés y Spanish en cualquiera de sus variaciones y combinaciones, con los tumbaos y modismos de cuanto lugar hay entre el río Grande y la Patagonia y entre el golfo de México y la península Ibérica.
Pero es la poesía de Lasticön, maldita o no, escrita en post-its y en espejos de baños públicos, la que nos guía a través del recorrido que el poeta junto a su amigo-cómplice-amante-rival Álvaro realizan por la ciudad para encontrar el negocio que les resuelva la vida. Aunque Álvaro tiene sus propios demonios que exorcizar, se deja llevar por Lasticön, por el atractivo que le genera la aparente vocación para el desastre que el otro muestra en todo momento.
Maldito Lasticön nació como un folletín, una historia que Virkel contó por entregas en la revista Suburbano. Esa génesis hace que cada capítulo termine muy arriba, que sea difícil dejar de leer intrigados por cuál será el destino final de Lasticön o, en su defecto, cuál su último poema.

