Virginia Higa vive desde hace unos años en Suecia y esta experiencia le sirve para entregarnos un maravilloso conjunto de crónicas. En El hechizo del verano, Higa nos relata desde el asombro y la sorpresa, también desde la nostalgia, su encuentro con el idioma sueco, con los largos días del invierno, con las diferencias culturales tanto con los suecos como con inmigrantes de otros países, y lo hace con una mirada atenta al detalle, una mirada capaz de captar el gesto único, el color inusual, la magia de lo que suele pasar desapercibido y la relación directa entre la simplicidad de lo cotidiano y la complejidad del mundo que nos rodea.

Las crónicas de Higa invitan a releer y tomar notas, con frases hermosas y datos interesantes, pero también a ir má allá, a reencontrarse con Eric Rohmer, Jane Austen y Manuel Puig, a prestarle atención a Ted Chiang, porque como suele suceder con los mejores cronistas, la pluma de Higa es una permanente invitación a conocer más, más de ese país ubicado en esa especie de extremo occidente que son los países nórdicos, con sus colores únicos, sus días interminables, sus lagos congelados y sus mitos de cultura pop.
La crónica que le da nombre al libro es sobre la estadía de Manuel Puig en Estocolmo, y le sirve a Higa para reencontrarse con unos de sus autores predilectos de una manera por completo nueva, pero también para establecer un paralelismo entre el viaje de Puig y el suyo propio en un país que pareciera invitar aunque espera que la estadía no sea muy larga.
