The Hannah Hill Show

A mí no me dedicaron un programa, no hubo entrevistas, tampoco ofertas para nuevos trabajos, a nadie le interesó si tenía planes para el futuro, si tengo algún proyecto. Mi salida del programa se decidió un par de días antes, pero no prepararon nada especial al respecto y se olvidaron de mí apenas salí de la pantalla por la puerta de atrás, porque hasta eso me lo negó: Como si hubiera tenido plena conciencia de que él era la estrella, de que estábamos en su show y por nada del mundo yo se lo robaría, no me dio la oportunidad de hacer un gran monólogo de despedida, apenas le dije que lo iba a dejar me dio la espalda, bajó al sótano y por supuesto las cámaras lo siguieron.

Recogí mis cosas y abandoné el estudio, no hubo felicitaciones ni lamentos, apenas una que otra despedida, todos estaban pendientes de él, de lo que hacía en el sótano primero y luego de su desaparición. Y yo tengo que empezar tan desde cero como él, no tengo nada, lo único que tenía era el programa, lo único que me pertenecía era Meryl y ninguno de sus logros valen aquí afuera. Me gradué de bachiller en el estudio, estudié enfermería en el estudio, trabajé en el hospital en el estudio, pero sus ausencias, sus deficiencias, ésas sí son mías, Meryl no tuvo hijos y yo tampoco, Meryl no fue feliz, yo tampoco, Meryl lucía sobreactuada especialmente cuando tenía que hacer el comercial de algún producto y yo ahora no creo tener ningún talento como actriz. Me lo quitaron todo, la confianza, la autoestima. Cuando él se me encimó y yo solo pude gritar que me ayudaran, que hicieran algo, perdí toda mi capacidad para la improvisación y esa era la única herramienta que tenía, la única que realmente necesitaba.

Tras abandonar el show no tuve a dónde ir. Poca gente reparó en ese detalle: el estudio también era mi hogar, no podía tener otro. Acudí a mi familia, pero no había un cuarto listo para recibirme, no se imaginaban que sin previo aviso les tocaría la puerta, no estaban preparados para el abrupto final; cómo culparlos, les era muy difícil ver el programa, muy triste. Para mamá, para papá, incluso para mis hermanas era asistir en primera fila a la renuncia de un ser querido a los suyos y a su propia identidad. Después de todo, yo era Meryl y no Hannah las veinticuatro horas del día de lunes a domingo. En realidad, solo era Hannah durante los créditos del programa.

Cómo odiaba los créditos del programa, odiaba con toda mi alma leer “Truman Burbank en el papel de sí mismo”, lo odiaba porque yo tenía que renunciar a ser Hannah para ser Meryl, renuncié a ser Hannah desde que ingresé en el show y por una decisión de casting terminé convertida en la novia de Truman, un Truman para el que siempre fui un plato de segunda mesa. Al igual que todos los televidentes, yo también sabía que él soñaba y suspiraba por Silvia, que se casó conmigo pensando en Silvia, que me hacía el amor imaginando que lo hacía con Silvia, aunque eso tuvieron siempre la delicadeza de no ponerlo en pantalla, pero sí, sí teníamos relaciones, y no, no perdí la virginidad con Truman, pero desde que entré en el show no he estado con nadie más. Durante más de diez años tuve que dormirme y despertar junto a un hombre que creía que yo era otra y que soñaba con la mujer con quien sí quería estar, y lo hice en nombre de un contrato de siete cifras y de una carrera de actriz que no llegó a nada.

La vida en el estudio no se parecía a esto. No sé a dónde ir, no tengo a dónde volver. Todo se me muestra extraño, ajeno, como si hubiera sido secuestrada y abandonada en un país extranjero de idioma y costumbres por completo distintas a las mías. Lo único que me ata a este mundo es, por desgracia, el show.

Yo también vi el final, no pude perdérmelo. Estuve pegada al televisor pendiente de lo que sucedería, expectante, no le pude quitar los ojos a la pantalla hasta que él salió por la puerta y cesó la transmisión. Incluso esperé un poco, quería saber si tenían algo preparado en caso de que sucediera lo que sucedió, quería ver sus primeros encuentros con el exterior o si el canal intentaba extender el programa, pero no hubo plan, simplemente terminaron la transmisión de toda una vida.

El canal donde pasaban el show todavía devuelve las barras de colores de una transmisión interrumpida a la espera de la decisión final. Supongo que más temprano que tarde el canal desaparecerá por completo de la oferta del cable y con ello todo recuerdo de Meryl y mío.

Con un extraño despecho no puedo dejar de pensar en Truman. Silvia ya debe haberlo encontrado. Improvisé un matrimonio por diez años, una vida durante quince, Silvia tendría que hacer lo mismo, vivir con él y manejar sus miedos, sus confusiones, sus inseguridades, condenado al igual que yo a ser un extraño, un extranjero, a volverse ajeno a sí mismo si quiere comenzar de nuevo. Pero ni eso podrá, yo estaré ahí para evitarlo.

En el fondo, sé que tomé la decisión antes de que me sacaran del show. Estos días solo la confirmaron, mostrándome que no había remedio para el daño recibido, no sé vivir de otra manera y volver a estar confinada no será del todo tan malo.

Fue fácil ubicarlo. Por supuesto que le sacarían provecho al hombre fuera del estudio, al niño adulto conociendo el mundo, a la pareja que superó ficción y realidad para estar juntos, la nueva vida, digna de otro show, ahora sí un auténtico reality. El revuelo que causaba su presencia, la curiosidad que despertaba a su paso, las muchedumbres que lo recibían a las puertas de canales y estudios fueron suficiente camuflaje, escondite perfecto para esperar por el momento justo…

Noticia de última hora: Truman Burbank, protagonista del reality show sobre su propia vida, The Truman Show, fue asesinado de dos disparos a la salida de un canal de televisión. Se sospecha de la actriz que hizo el papel de su esposa en el show, Hannah Hill.


(esta es una versión ligeramente modificada del relato que está incluido en la antología Escritorxs Salvajes)

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