La cola del pelotón

Foto de Aurelio Vicente, algunos derechos reservados

Minutos antes del comienzo de la etapa la tensión del pelotón llegó al máximo, pero no producto de la competencia sino de las camionetas negras apenas identificadas con la ambigua frase “vehículo oficial” que llegaron y paralizaron a los ciclistas sobre sus bicicletas. Los corredores intercambiaron miradas intentando descifrar, en la forma en que un compañero o un rival bajaba la vista, a quién le tocaría esta vez. Pero varios murmullos rompieron el silencio culposo y se sintió algo de alivio y no poca sorpresa. El modo de caminar de los funcionarios no era el usual, tampoco la forma en que se dirigieron a los directores de carrera, de boca en boca circuló el rumor que de inmediato fue certeza, no son los de siempre, ¡no son los de siempre!

Hicieron caso omiso de los corredores de mayor palmarés y de los señalados a llevarse la victoria; ignoraron a los ciclistas que vivían un inesperado segundo aire en sus carreras y a los que de la nada habían derrotado los pronósticos; pasaron de largo de las jóvenes promesas y ni se interesaron por quienes estrenaban jugosos aunque no muy claros patrocinios. Fueron directo a la cola del pelotón, al lugar desde donde parten los que se saben sin ningún chance, los que dicen haber venido por el simple hecho de competir, como si el resto no supiera que estar ahí es tan importante que se está dispuesto a incurrir en cualquier costo. 

Ahora que todos lo comentan, sí había un notorio desfase entre las aspiraciones y credenciales del equipo y la calidad de las bicicletas. Acusados de contrabando, se los llevaron esposados y las bicicletas fueron etiquetadas y transportadas en calidad de evidencia.