Minutos antes del comienzo de la etapa la tensión del pelotón llegó al máximo, pero no producto de la competencia sino por las camionetas negras apenas identificadas con la ambigua frase “vehículo oficial” que llegaron y paralizaron a los ciclistas sobre sus bicicletas. Cuando los hombres se bajaron de sus vehículos, los corredores intercambiaron miradas intentando descifrar, en la forma en que un compañero o un rival bajaba la vista, a quién le tocaría esta vez.
Con hartazgo, los directores de la carrera guiaron a los funcionarios hacia los competidores señalados. Pasaron de largo de los corredores de mayor palmarés y de los llamados a llevarse la victoria; ignoraron a los ciclistas que vivían un inesperado segundo aire en sus carreras y a los que de la nada habían derrotado los pronósticos; hicieron caso omiso de las jóvenes promesas y ni se interesaron por quienes estrenaban jugosos aunque no muy claros patrocinios. Varios murmullos rompieron el silencio culposo y se sintió algo parecido a la algarabía, pero que no era otra cosa sino una mezcla de alivio y sorpresa: no son los de siempre, ¡no son los de siempre!
Los funcionarios llegaron a la cola del pelotón, al lugar desde donde parten los que se saben sin ningún chance, los que dicen haber venido por el simple hecho de competir, como si el resto no supiera que estar ahí es tan importante que se está dispuesto a incurrir en cualquier costo.
Ahora que todos lo comentan, sí había un notorio desfase entre las aspiraciones y credenciales del equipo y la calidad de las bicicletas. Acusados de contrabando, se los llevaron esposados y las bicicletas fueron decomisadas para su posterior valoración y disposición.
