Me animo a escribir estas líneas porque he seguido con interés la controversia generada por la entrega del premio FIL de México al peruano Alfredo Bryce Echenique. Argumentos han ido y venido tratando de darle la justa medida a los plagios que cometió el escritor y cómo ellos deben ser tomados en cuenta de cara a hacerlo merecedor o no de un premio por su trayectoria. Pero lo que ha vuelto la polémica, al menos para mí, estéril en términos de llegar a una posición común o a un armisticio, es que las distintas posturas parten de una premisa muy bien definida que está fuera de discusión, imposibilitando el aceptar o no un argumento como válido o siquiera razonable y con ello el consenso o el convencimiento de la otra parte. La premisa no es otra que la idea que cada polemizante tiene de lo que conforma “la obra” de un escritor.
Logro reconocer al menos cuatro posturas sobre lo que es “la obra” de un escritor. La primera, aquella que considera que la obra la conforman los trabajos más relevantes de un autor. Así, para evaluar la trayectoria de un escritor solo hay que tomar en cuenta los libros y escritos importantes, que marcaron algún hito literario o cultural y que se han mantenido vigentes e influyentes con el paso de los años. Esta visión es la que permite que se hable de “autores sin obra”, escritores que bien pueden tener miles de cuartillas escritas pero a las que no se les da relevancia, así como ningunearle la presencia en academias, pensa y eventos literarios a autores prolíficos y muy conocidos pero que se consideran comerciales o bestseleristas. Bajo esta postura, los libros se independizan de sus creadores, pues todo lo que se haga antes o después de una particular obra será poco frente a la magnitud de la misma. Es esa la posición que termina tomando Jorge Volpi, parte del jurado del premio FIL, cuando en defensa de la decisión señala que la importancia de Un mundo para Julius y La vida exagerada de Martín Romaña es suficiente para entregarle el premio a Bryce. Según este argumento, Bryce habría podido escribir esos dos libros nada más y tendría el mismo lugar que actualmente tiene en la historia de la literatura.
La segunda postura es que la obra de un autor se corresponde con el conjunto de su trabajo estrictamente literario. Quien desde esta visión evalúa la trayectoria de un autor, debe seleccionar qué partes toma en cuenta bajo las definiciones de géneros que maneje. Así, la obra periodística de, por ejemplo, el Gabo es una cosa y sus cuentos y novelas otra y ambas deben ser examinadas bajo distintos cristales. En efecto, el riguroso apego a los hechos no es un criterio que permita valorar correctamente a una obra literaria, pero que independientemente de los valores literarios que posea nunca debe dejarse de lado a la hora de evaluar una obra periodística. Bajo este argumento se ampararon los miembros del jurado al explicar su decisión de otorgarle el premio FIL a Bryce: ellos miraron la obra literaria del peruano y eso excluía su labor periodística. Las bases del premio claramente definen como géneros literarios solamente a la poesía, la novela, el teatro, el cuento y el ensayo literario y por eso la obra periodística de un candidato no debería ser tomada en cuenta. Ardua labor tuvo el jurado en 2006, cuando separaron lo estrictamente periodístico de lo literario para hacer merecedor del premio a Carlos Monsiváis. El problema del caso actual es que no se estaba hablando de buen periodismo, siempre coqueteando con la literatura, sino de artículos que Bryce no escribió pero sí firmó como propios y que las bases y la interpretación que el jurado hizo de ellas permitió que se obviaran por razones de género.
En una tercera postura, hay quienes consideran que la obra es la totalidad de lo escrito por un autor y por lo tanto se trata de un conjunto que debe ser evaluado tanto por sus altas como por sus bajas. No hay escrito despreciable al evaluar una obra bajo esta perspectiva y desde ella se explica perfectamente el interés que despiertan entre los fieles a un autor sus artículos recopilados, sus manuscritos inéditos, las cartas que envió e incluso los libros que anotó o comentó mientras leía. La idea no es relativizar los aportes de un autor dándole igual peso a todos sus escritos y con ello restándole importancia a los hitos especiales de su producción, pero sí se aspira mirar al escritor desde su totalidad, como si a cada letra o palabra pudiera encontrársele un origen y un destino. Claro que hay muchos snobs que se esconden en esta postura para decir que el libro verdaderamente indispensable de algún autor es justamente el menos conocido o el menos leído. Pero quienes intentan ver a los autores bajo toda su trayectoria creativa, suelen entender también la diferencia entre el silencio y el dejar de hacer ruido. No es lo mismo tener dos libros influyentes y no haber escrito más, que tener dos libros influyentes y no haber parado de escribir sin conseguir similar o siquiera cercana resonancia. Para quienes se ubican acá, aunque no haya comparación literaria posible, los artículos, plagiados o no, hablan tanto de la trayectoria creativa de Bryce como Un mundo para Julius y por eso hay que tomarlos en cuenta. Por tomarlos en cuenta para evaluar la totalidad de la obra es que el peso del plagio pone entredicho al autor de Un mundo para Julius, aunque los plagios hayan sido extraliterarios y cuarenta años después de haber publicado su obra cumbre.
Existe una posición que va incluso más allá, y es la que considera que la obra incluye toda participación pública de un autor. Clases, conferencias, entrevistas, declaraciones, polémicas, un autor marca su obra incluso por lo que piensa sobre las obras de otros autores y hasta sus posturas políticas deben ser valoradas o apreciadas como parte de su trabajo literario. Eso explica que no sean pocos los que no separan a Borges de sus ideas conservadoras de derecha, a Vargas Llosa de su neoliberalismo, a García Márquez de su apoyo al régimen cubano y a Bryce ya no solo de su plagio sino de las declaraciones que dio para defenderse, desmarcarse o negar el plagio. Esta visión “totalitaria” de la obra de un autor encuentra en la época actual de sobreexposición de las figuras públicas su principal aliado. Pero no es cosa nueva de la actualidad que los autores se lean no solo por lo que escriben sino por lo que son o fueron, y no es un pecado o virtud de estos tiempos el que todavía intentemos leer al Marqués de Sade abstrayéndonos de quién fue el Marqués de Sade. Desde esta postura, entender plenamente una obra es imposible sin comprender las condiciones particulares en que fue creada y para ello se necesita conocer el contexto del autor pero también su personalidad y pensamiento. Para quienes piensan que los libros son inseparables de quien los escribe, el premio a Bryce se vuelve un absurdo, porque así como Un mundo para Julius necesitaba de ciertas condiciones personales para ser escrito, tomar artículos de otros y firmarlos como propios también necesita una ética particular, y no se puede premiar a quien muestra semejante falta de respeto por su propia obra.
Seguramente existen otras posturas sobre lo que es la obra de un autor, e incluso varias que mezclen criterios de uno y otro punto de vista, pero pasa por reconocer a qué se le da mayor o menor importancia el hecho de entender o no, compartir o no, repudiar o no, decisiones como la del jurado que le dio el premio FIL a Alfredo Bryce Echenique.
¿Mi posición personal? Me muevo entre la primera y la cuarta. Entiendo perfectamente a qué se refiere Volpi cuando considera que lo hecho por Bryce en Un mundo para Julius y La vida exagerada de Martín Romaña es suficiente para darle cualquier tipo de reconocimiento a su trayectoria, pero también siento que, como una letra escarlata, desde un tiempo a esta parte hay que agregar una nota al pie cuando se habla de los méritos de la obra de Bryce. ¿Esa nota al pie es suficiente para negarle cualquier tipo de reconocimiento? A veces pienso que sí, a veces que no. No soy jurado de ningún premio, por lo que no tengo fecha tope para decidirme.
