
Hace ya casi diez años, escribí este artículo para la revista Producto sobre las formas, nuevas o no, de hacer política en las redes sociales. En las tendencias de internet y los social media, diez años es muchísimo tiempo, pero creo que vale la pena revisitar las viejas reflexiones para ver qué entendíamos y qué no y qué nos sirve todavía para enfrentar el estado actual de la política en las redes.
La política quizás sea la actividad humana más influida por el escenario donde se lleva a cabo. Son muchos los ejemplos donde la acción y la comunicación política han cambiado debido a transformaciones de la puesta en escena. La oratoria no habría nacido en la Antigua Grecia sin el ágora donde se reunían los ciudadanos. La forma en que las distintas facciones se sentaron durante el Juramento del Juego de Pelota, dio origen a una separación que hoy todavía nos quita el sueño, la de izquierda y derecha. Las largas horas en tren que tenían que pasar los candidatos en sus viajes de costa a costa de los Estados Unidos, fue el paso previo a la formación de los comandos profesionales de campaña. Los medios de comunicación de masas, como el escenario fundamental de la política desde la segunda mitad del siglo XX, no han sido avaros en producir cambios en el modo de desempeñarse del político, a tal punto que hoy por hoy todo líder luce como una mezcla de artista, atleta y ancla de noticiero y cualquier artista, atleta o ancla de noticiero parece listo para iniciar una carrera política exitosa.
Hoy, de nuevo el escenario es otro. Facebook sería el tercer país más poblado de la Tierra, 200 millones de mensajes se emiten al día a través de Twitter, 20 millones de personas se unieron a Google+ en sus dos primeras semanas de estar activo el servicio. La política va a donde está la gente y la gente está actualizando o revisando perfiles de Facebook, escribiendo o leyendo tuits en Twitter, y creando círculos en Google+, entre otras muchas posibilidades.
La época que se vive es de excesos comunicacionales. En todo momento, el político tiene a su alrededor algún dispositivo audiovisual y un ciudadano listo para transmitir el buen discurso o el fatídico error. Ante un desliz ya no se le puede echar la culpa a un micrófono abierto porque hay que asumir que los micrófonos siempre están abiertos en todas partes, aunque no los veamos. Y como si no fuera suficiente, ahora el político tiene que tuitear y que actualizar su estatus en Facebook. La política es idea, es mensaje, las redes sociales son canales para hacer llegar esos mensajes a la gente, pero también son algo más. Con el uso que se les está dando para la comunicación política, las redes sociales están transformando los modos de relacionarse entre políticos y ciudadanos, la manera de ejercer el poder, las prácticas de gobierno y de campaña, entre otras, a partir del simple pero profundamente revolucionario hecho de que en una red social todos sus miembros tienen la misma capacidad de emitir y validar información.
El político que recurre a las redes sociales debe hacerlo sabiendo que su mensaje será apropiado, aceptado, rechazado, contrastado, cuestionado, relativizado, deformado, descontextualizado, reinterpretado, malinterpretado, ignorado, repetido, recordado, ya no por periodistas con agenda sino por ciudadanos simples y corrientes cuyas posibilidades de comunicación y de influencia sobre sus semejantes se han expandido a niveles nunca antes conocidos. Es en la forma en que se utiliza ese nuevo poder del ciudadano donde radica el éxito de la política en las redes sociales.
La revolución del Like
En el capítulo 19 de la segunda temporada de Los Simpsons, Bart aprendió una lección que todo político tarde o temprano también recibirá. Nominado para el puesto de presidente de la clase, Bart de inmediato se gana el apoyo de todos sus compañeros gracias a lo divertidos que resultan sus discursos de campaña. Pero el día de la elección ninguno de sus fervorosos simpatizantes se dio el pequeño trabajo de ir a votar y Bart termina perdiendo 2 votos a 1 ante Marty, el sabelotodo de la clase. Traducir activismo en votos, entusiasmo en votos, simpatía en votos nunca es tarea fácil, por eso hay cierto escepticismo de algunos con respecto al verdadero valor de hacer clic en el icono de “Me gusta” que ofrece Facebook.
Militar por una causa nunca antes fue tan sencillo como lo es ahora gracias a Facebook. “Me gusta” la organización A, el evento B, la personalidad C, la iniciativa D, el video E, la foto F, el punto G, todo ello con el entusiasmo de la relativa indiferencia, pues aunque la gente está lo suficientemente dispuesta a que su nombre y su foto aparezcan al lado de una causa, en no pocos casos es lo más lejos que llegarán por ella. Llevar los “Me gusta” a un verdadero compromiso se ha convertido en uno de los dolores de cabeza más grandes de todo experto en social media, pues la diferencia entre los “Me gusta” y las acciones efectivas se presenta en todas las áreas. Sin embargo, de buenas a primeras no deberían tratarse como del mismo tenor los “Me gusta” que recibe una cantante pop o una marca de zapatos y los que recibe un partido o un candidato. Son muy pocos los que regalan sus “Me gusta” al primer político que se los pida.
A pesar de ello, el político que se limite a coleccionar “Me gusta” como trofeos es un político analógico. Como tantas cosas en las redes sociales, el “Me gusta” de Facebook no es un fin sino una puerta de entrada. Junto al “Me gusta” que se le da a una causa, una organización o un político, también se otorga un pasaporte para ser parte de las noticias que recibe esa persona. El “Me gusta” es solo el comienzo de la conversación y es trabajo del político, no de quien lo apoya, hacer que esa conversación tenga interés e importancia y que llegado el momento pueda transformarse en acciones más significativas, como un trabajo voluntario, una donación, una firma aval, un voto. El primer paso es recordar lo que ya se dijo más arriba y que probablemente se dirá más adelante: en el perfil del usuario se está en igualdad de condiciones con el resto de los contactos de cada uno de nuestros Likers. Ahí, en el día a día de esas noticias y no en el “Me gusta” es que se lleva adelante la verdadera batalla por el interés y el compromiso.
El tamaño de un Tuit
140 es una cifra mágica desde que Twitter decidió utilizar el número máximo de caracteres de un mensaje de texto para su red de microblogging. Desde entonces, gracias a la popularidad del sitio, la realidad toda parece caber en 140 caracteres, o en la suma casi infinita de 140 caracteres, pues la línea cronológica de cada usuario de Twitter es una sucesión continua y caótica de tuits, cada uno de ellos hablando del tema que más les plazca. Otra vez, cada tuit está en igualdad de condiciones frente al resto, independientemente de quien lo haya emitido, y debido al vértigo de la red, un mensaje tiene solo una pequeña ventana de posibilidades de alcanzar su destino. Es ahí precisamente donde está la belleza y el atractivo de Twitter: así es la realidad, todas las personas hablando al mismo tiempo sobre los temas que más le interesan.
Pero a diferencia de en la realidad, en Twitter es relativamente sencillo conectar a personas con el mismo tema de interés. Y cuando las cosas más importantes, los eventos más significativos nos golpean, la fuerza de Twitter se expresa en todo su poderío. En efecto, los problemas del Medio Oriente estaban ahí desde hacía mucho tiempo, pero gracias a Twitter fueron muchos los ciudadanos de Egipto, de Túnez, de Siria, de Irán un par de años antes, que se dieron cuenta de la cantidad de personas que pensaban lo mismo que ellos, que buscaban lograr los mismos cambios, que estaban tan dispuestos como ellos a jugarse más que un tuit por el futuro de su país. Con Twitter, los movimientos sociales están consiguiendo maneras dinámicas y efectivas de llegar a las personas interesadas, de difundir sus mensajes y, no poca cosa en regímenes listos para la represión, de convocar manifestaciones de un momento a otro y cambiarlas de lugar rápidamente cuando sea necesario.
El RT (poder reproducir el tuit de otro usuario casi como si fuera propio), el hashtag (frases acompañadas del símbolo # que agrupan mensajes de un mismo tema) y la mención (que permite que un usuario lea los tuits que lo mencionan) son herramientas que hacen de Twitter una red de acceso directo a las celebridades y famosos, entre ellos, por supuesto, los políticos.
El círculo de tu interés
En su sitio hightalk.net, George F. Snell sostiene que Google es bueno mejorando lo existente y no tanto creando cosas nuevas. Después de todo, las búsquedas por Internet ya existían, pero no fue hasta con la llegada de Google que buscar en Internet se convirtió en una forma de conocimiento, de negocio y hasta de vida. Con Google+ la expectativa creada es que la experiencia en las redes sociales mejorará a niveles no conocidos. Por lo pronto, el tener mayor control sobre qué se comparte con quién, luce una innovación interesante que de buenas a primera pudiera tener un efecto importante sobre la política en las redes sociales.
La política no es solo acerca de sumar adeptos y vencer adversarios, también de vez en cuando hay que buscar consensos y puntos en común entre los opuestos. Discutir políticas públicas para el bien del colectivo pareciera dificultarse un poco más de lo que ya es, si los interesados en lo político convierten el tema en un círculo estanco. A falta de ejemplos por lo reciente de la experiencia Google+, hay que estar atentos a la manera en que las causas políticas logran saltar círculos y ponen a conversar a los distintos sobre las cosas que interesan a todos.
La fragmentación del político
Facebook para los familiares y amigos, Twitter para los temas de interés, Linkedin para las relaciones profesionales y de trabajo, Foursquare para calificar lugares, Formspring para hacer y responder preguntas, Google+ para exactamente todo eso en un solo lugar, lo cierto del caso es que se le está exigiendo a los usuarios un esfuerzo importante para alimentar de una manera específica cada una de las redes sociales o de los círculos en que participan. Subir fotos, escribir una entrada de blog, compartir lecturas, opinar sobre un restaurante, resolver la duda de un amigo, dar un consejo profesional, entre otras muchas posibilidades, son actividades que no solo pueden ocupar buena parte del día, sino que ya muchos temen que estarían llevando a una exacerbación del yo que lejos de volvernos más sociales estaría limitando nuestra capacidad de relacionarnos con la gente más allá de nuestros propios términos.
Cuando es el político el que mantiene esa fragmentación y ese “Yo hipertrofiado”, como alguna vez lo llamó Antonio Muñoz Molina, ¿se resiente la vida pública de un país? El narcicismo en la política no es un invento de las redes sociales y éstas también ofrecen la posibilidad de darle duros golpes al ego de las personas. Al revisar las Analytics de Google y ver que la gente no gastó ni dos segundos en la última entrada del blog; al darse cuenta de que el único video de la campaña que se volvió viral fue el del mitin donde un gato se subió a la tarima; al descubrir que tus seguidores no están tan interesados en librar la batalla ideológica como en recibir dádivas y favores; las redes sociales brindan una posibilidad de medir el desempeño de los políticos más allá de las encuestas y los resultados electorales.
En cierta medida las redes sociales son la nueva expresión del ideal nunca alcanzado de la opinión pública: poder conocer la opinión de todos en un momento dado. Ello seguirá siendo un ideal, pero la política en las redes sociales está teniendo la gran oportunidad de registrar las reacciones y los pareceres de la gente sobre los temas que más les interesan, sin necesidad de previamente redactar un cuestionario o de crear un ambiente artificial para que un pequeño grupo de personas hable entre sí.
La conversación en las redes sociales es permanente y está llena de ruido y distracciones, como toda buena tertulia. El trabajo del político dentro de una red social no es otro que estar atento a esa conversación, nutrirla y potenciarla y, sobre todo, a través de ella aprender de las personas comunes y corrientes.
