No miré atrás apenas me hicieron llegar la advertencia de Juan, pero mi huida no se debió al miedo. Fueron mis hermanas las que con su silencio y su incomodidad me decían a gritos que tenía que marcharme, que a pesar de lo sucedido, o debido a ello, ya no pertenecía a su mundo. Ni siquiera cubriendo las partes de mi piel que se habían podrido pude borrarles la aprehensión de sus rostros. Después de todo, cualquier vendaje hace las de mortaja y los míos les recordaban que yo no tenía que estar ahí, junto a ellas, que ellas me necesitaban como cualquiera necesita a un familiar que acaba de morir y que pedir por su regreso no es más que la manera de ir asimilando el absoluto de la ausencia. Él, que es hijo de Dios, no podía entender eso.
No me dedicó ni un par de palabras antes de marcharse a Jerusalén. Quise ofrecerme para seguirlo junto a los otros doce, pero no dio la más mínima muestra de que le interesara como discípulo. Y aquí estoy, vagando por el desierto sin saber qué hacer, perseguido por aquellos que no quieren que el poder de este nuevo Dios crezca, y abandonado por quienes me amaban porque ahora al mirarme solo pueden ver ese poder.
He pensado poner fin a esta dádiva. Sin embargo, me paraliza pensar que el intento no funcione. Tal como abandonó mi cuerpo, la certeza de la muerte abandonó mi pensamiento. Nada más espero que mi agonía tenga término y que la de Él, si algún día le llega, sea recordada por el resto de la historia.
