Se conocieron en mi casa, en una de esas reuniones imposibles salvo en lugares donde uno intenta ser parte de algo a como dé lugar. A Manuel Ángel lo invité a pesar de que nos habíamos visto solo una vez, en un evento en la Embajada de Venezuela que intentaba reunir a los venezolanos del área metropolitana de DC, una venetworking llamaron al encuentro. Manuel se mantenía algo aparte, a suficiente distancia como para no tener que participar de ninguna conversación pero no tan lejos como para que se dieran cuenta de que estaba evitando el contacto. ‘A mí tampoco se me da el networking’ le comenté y me respondió que no era eso, que ya se había dado por vencido, no le interesaba hablar de la Isla de la Fantasía, haciendo referencia a aquel programa con Ricardo Montalbán, no sé el título original, donde la gente viajaba para cumplir un sueño; la mayoría de las conversaciones en la reunión giraron en torno a Venezuela, de lo que cada uno extrañaba o le gustaba más del país, ‘entiendo a qué te refieres’ le dije. No recuerdo haber intercambiado otra palabra con él, pero igual lo invité a la reunión que iba a tener en unos días en mi casa, una parrillada que estaba organizando para celebrar que ya tenía cinco años en los Estados Unidos; uno termina dejando que ese tipo de fechas pasen por debajo de la mesa en medio de la obsesión por parecer un Natural Born American Citizen, y cuando me di cuenta de que ya iba para los cinco años y seguía siendo más caraqueño que El Ávila, pensé que tenía que festejar la fecha. No sé por qué decidí invitarlo, algo vi en él, por desgracia Katia también.
Katia era una invitada legítima. Nos conocimos en el curso de English as a Second Language y creo que nos hicimos amigos porque teníamos más o menos la misma edad y ambos hablábamos tan mal inglés que solo nosotros nos teníamos suficiente paciencia para sentarnos un rato juntos a tomar un café o un refresco y conversar sobre cualquier cosa, mientras yo me imaginaba llegando a algo más con ella. Terminado el ESL mantuvimos el contacto, cosa que al poco tiempo descubrí era casi un milagro en esta sociedad donde nadie parece interesado en extender las relaciones más allá del contexto en que se iniciaron. Considero a Katia una amiga entrañable, quizás la única amistad entrañable que puedo decir pertenece exclusivamente a mi vida en los Estados Unidos y por eso no pude dejar de sentir algo de celos cuando supe que ella y Manuel Ángel comenzaron a salir pocos días después de haberse conocido en mi casa. Algo no, sentí celos por partida doble, por la mujer con la que nunca pude lograr algo más y por la amiga que podría dejar de tener tiempo para mí.
Cuando le pregunté al respecto, Katia me dijo que Manuel Ángel le había parecido tierno. Mencionó dos cosas de las que le habló: de los pandas del National Zoo y del cuarto de juegos del hijo de Calder. Manuel Ángel estaba obsesionado con los osos panda. Nunca había podido verlos, verlos bien; desde que llegó a Washington y comenzó a visitar el National Zoo, para él los pandas habían sido apenas un par de piedras de dominó inmóviles al fondo de la jaula. Debe ser el calor, se decía tras cada intento fallido, hasta que decidió posponer para el invierno cualquier visita al zoológico, creyendo que el frío invernal sería un clima más propicio para los osos y sus costumbres y así tener una verdadera oportunidad de verlos aunque fuera comiendo un trozo de bambú. Lo que Manuel Ángel no tomó en cuenta es que nunca había visto a los panda en invierno porque el par de inviernos que había vivido los pasó encerrado lo más posible, saliendo lo mínimo necesario, ese no era su clima y con el paso de los meses entendió que en realidad no era solo el clima: el zoológico, la ciudad, el país completo le gustaban cada vez menos, cada día que pasaba en aquel lugar estaba más seguro de que no pertenecía a él; desde el momento en que salió de Venezuela, Manuel Ángel se sintió aplanado, incluso aplastado, deseando a cada minuto volver a su país y recuperar lo que no sabía que perdería una vez afuera. La verdad, nunca me interesé por la historia personal de Manuel Ángel, lo que lo había traído hasta aquí y en qué condiciones se mantuvo en el país. Doy por descontado que tarde o temprano nos enteramos de esa parte de cada uno, pero con él no sucedió.
Manuel Ángel le preguntó si había visto los pandas, y cuando ella respondió que sí, él insistió en que si los vio de verdad verdad o si solo había visto las piedras de dominó. Katia no supo qué responder, no tenía mayores recuerdos de osos panda activos en la jaula, así que terminó siendo parte del plan de Manuel Ángel: irían en pleno invierno al zoológico, porque en ese clima había más chance de que los pandas les mostraran toda la simpatía de la que habla la gente.
El cuarto de juegos del hijo de Calder me interesó un poco más. Katia volvió atrás en su anécdota y me dijo que cuando le preguntó a Manuel Ángel sobre sus dos sitios favoritos en Washington él respondió la jaula de los pandas en el National Zoo y el cuarto de juegos del hijo de Calder. Esa primera vez que hablamos sobre Manuel Ángel ella todavía no tenía idea de qué lugar era ese. Un par de citas más tarde supo que se trataba de una sala de la National Art Gallery dedicada al artista y que debido al estilo de los móviles y las esculturas tenía un dejo a cuarto infantil que al parecer había fascinado a Manuel Ángel. Y por supuesto también a Katia; en medio de mis celos de amigo desplazado y eterno pretendiente sin chance, no veía una sensibilidad o personalidad especial en Manuel Ángel sino una pose para aprovecharse de la debilidad de Katia por aquello que le parecía tierno, una debilidad que no le conocía y terminé tildándola de gafa por haber sucumbido a lo que concluí sin ningún indicio era una falsa sensibilidad de él.
Esa reacción hizo que me perdiera cierta parte de la historia, aquella donde Katia comenzó a enamorarse en la misma medida en que sabía que su relación no iba a durar. Porque ella ya se temía lo peor no se atrevió a hablar de futuro y él pensaba cada vez con planes más concretos en regresar a su país. Nunca hablaron de esas expectativas diferentes y yo no se lo digo pero sé que debieron hablar, que quizás esa conversación era lo único que Manuel Ángel necesitaba: él llegó a Estados Unidos al parecer sin beca de estudio ni trabajo, vino a buscar algo, el futuro quizás, es muy probable que haya venido huyendo y si estaba planeando regresar a Venezuela era porque sintió que había fracasado y nadie es tan miserable como para invitar a otro a participar de su propio fracaso.
Conforme se acercaba el invierno, Manuel Ángel se fue guardando para sí lo que en realidad estaba sintiendo, sucediéndole, no hablaba con nadie, con Katia apenas rompía el silencio para hablar de ver a los pandas, de la visita que haría al National Zoo en los próximos días, a veces parecía que ella continuaba incluida, a veces no. Katia hacía las de testigo silente, dejando que la situación mejorara o que la cuerda terminara de romperse, porque ella sentía que no había nada que hacer.
Por eso, cuando después de unos días sin dar señales de vida la llamó para por fin ir a ver a los pandas, ella no dudó ni un momento en ir, incluso se arregló como si el National Zoo fuera un café de Dupont Circle. Sin embargo, apenas lo vio, algo en su mirada le dijo que aquello sería una despedida. Casi no se dirigieron la palabra, un cómo estás, qué has hecho más por norma social que por verdadero interés, si ella esperaba algún anhelo de parte de él, la ida desde su pequeño apartamento de Georgetown hasta el National Zoo fue suficiente para enterrar cualquier expectativa. Se dispuso a acudir a esa especie de rito funerario de su relación y de la aventura de Manuel Ángel en los Estados Unidos.
Hacía frío, incluso ella lo resintió, pero eso no disminuyó el entusiasmo de Manuel Ángel. Caminaba rápido, la dejó atrás un par de veces, Katia apretó el paso, pero a la tercera él esperó por ella e intentó abrazarla. No podía mantenerse caminando con su brazo alrededor de ella por más de dos pasos, sin embargo insistía, durante otros dos pasos se metía las manos enguantadas en los bolsillos del abrigo y volvía a posar su brazo sobre los hombros de Katia. Estuvo realmente frío el día, dice como un comentario al margen Katia, e imagino que para ella que es rusa aquello no tuvo mayor importancia, tal vez llegó a confundir las brazadas de Manuel Ángel, pero yo sé lo que sentía él, que somos caribeños, temperatura constante por encima de los 25 grados centígrados, temperatura en los eighties todo el año. Ella olvidó ese detalle y en el frío que sentía él ella solo vio incomodidad, duda, arrepentimiento, pensó que la estaba abrazando por obligación y que por eso se desdecía, supongo que es posible, habría que poder ver a través del abrigo, del suéter, de la camisa y de la franelilla para saber si la piel de gallina se mantiene y entonces decir que sí, se trata de temor o incomodidad y aún así sería difícil determinar cuándo terminó el frío y cuándo comenzó la frialdad. Pero ella dice que lo intuyó desde el principio, que caminaban hacia los pandas a modo de despedida.
Cuando estaban a punto de llegar él supo que lo habían hecho en el momento preciso, el primer rugido lo hizo acelerar el paso y tomó de la mano a Katia para que ella hiciera lo mismo. A rastras llegó Katia al borde de la jaula, oyendo rugidos que Manuel Ángel celebraba aún sin saber a qué se debían. Fue entonces cuando ella pudo verlos con sus caras de ladrones arrepentidos, uno encima del otro, el de arriba usaba su peso para inmovilizar al otro que intentaba zafarse, luchando, rugiendo, intentando morder, torpes y hábiles a la vez, como peleadores de sumo, aunque el sumo sea de Japón, aclara Katia como si fuera importante que constara en actas. La lucha duró minutos, larguísimos minutos que ambos disfrutaron y que por momentos los hizo olvidar cualquier otra cosa que tuvieran en sus cabezas. Mientras los veían, él la abrazó desde atrás, otro abrazo de oso, fue como si estuviera luchando por quedarse con ella, junto a ella, hasta que los pandas terminaron, sin un claro triunfador, simplemente dejaron de luchar y se fueron cada uno por su lado a comer bambú, y él la soltó y siguieron, no cada uno por su lado, al menos no en ese momento, se sintieron pandas y la lucha panda termina así, él la dejó en su casa y se despidieron como si fueran a verse en un par de días pero no se vieron nunca más, él volvió a Venezuela unos días después, regresó sin despedirse de nadie, sin dejar ninguna seña donde contactarlo.
A petición de ella, por algún tiempo intenté dar con el paradero de Manuel Ángel, pero me fue imposible. Dejé de hacerlo apenas sentí que Katia había perdido interés; para qué tentar yo al deseo. De vez en cuando tiene recaídas, se guarda muchos de sus sentimientos y yo solo tengo los detalles del comienzo y del final de la relación. Con eso me sobra, hay luchas que es mejor dar sin toda la información. Y ahí estoy, listo para ser oreja, para ser hombro, queriendo ser mucho más, pero yo también peleo como los pandas; cuando ella ya no me necesita me quedo esperando, inmóvil, distraído, no sé por qué, o tal vez sí, es mi segunda personalidad, mi personalidad ESL la llamo, lo que me impide dar el paso; intento decir la palabra certera y salen de mi boca argumentos y sentimientos casi infantiles, me siento ridículo y prefiero callar; desde que llegué a este país frente a cualquier persona, sin previo aviso, sin poder evitarlo, de pronto me quedo sin palabras. Pero es con Katia con quien realmente duele.
