Antes, la podías ver por ahí hablando sola con gestos grandilocuentes y voz de mando, como si estuviera dando órdenes o sentando cátedra; a veces también callaba silencios profundos, propios de quien escucha a un premio nobel. Pero ahora nadie la ve, nadie la distingue. Sucedió por casualidad: durante uno de sus delirantes soliloquios un pequeño aparato abandonado en un banco llamó su atención. Por coquetería se lo colgó al oído y le gustó tanto como se veía que nunca ha vuelto a quitárselo. Gracias al manos libres adquirió ese aire de ejecutiva demasiado ocupada como para dejar el trabajo en la oficina, que le ganó respeto y admiración entre quienes se la cruzan por la calle–qué importante debe ser, piensan todos. Las malas lenguas dicen que hasta la contrataron en la industria petrolera, pero no me consta.
