Para el número 120 de la revista contratiempo, correspondiente a los meses diciembre’14-enero’15, escribí este artículo sobre la infancia en la era de Facebook y demás redes sociales. Ha pasado el tiempo, pero creo que sigue estando vigente y por eso lo comparto acá.
Niños virales
Antes, en otra época, existía cierta aprehensión a visitar padres entusiastas, porque sin saber muy bien cómo ni por qué, la visita solía convertirse en un espectáculo espontáneo de los niños de la casa. Bailes, declamaciones, lecciones de violín, obras de arte o, en su defecto, fotos y videos de los talentosos retoños, convertían esas visitas en un ejercicio de resistencia y autocontrol. Hoy en día, esa invitación indeseada que nadie sabía cómo rechazar ya no se hace, no es necesario hacerla, viene implícita y permanentemente aceptada con nuestras cuentas de redes sociales, sobre todo de Facebook.
La primera sonrisa de Marianela, el primer cumpleaños de Benito, los disfraces de Analía, Ernesto, Sophie, Marcopolito y Tinita, el gol de Jaime, la parada de manos de Fiona, Ana María y su maqueta de la célula, Johnny comiendo helado con sus amiguitos, todo eso vi ayer en Facebook y más allá de mi total desinterés por cada uno de los eventos, siempre me pregunto por el efecto que pueda tener en los niños que alguien tan ajeno a ellos sepa todos esos detalles sobre sus vidas.
El uso más común
Produce algo de ternura recordar que hasta hace unos pocos años, a la red se le retrataba con aquel famoso chiste de The New Yorker donde un perro frente a la computadora le decía a otro: “En la Internet nadie sabe que eres un perro”. Hoy por hoy, la red parece saber hasta quién fuiste en una vida pasada. Y ese conocimiento está al alcance de cualquiera con buenas o malas intenciones. Por eso, pululan las recomendaciones de prudencia a la hora de compartir contenido en red, como por ejemplo, fotos de los hijos. Una de las recomendaciones iniciales suele ser que en la foto compartida no exista ningún detalle que identifique los lugares que el infante frecuenta, como el colegio al que asiste o la piscina donde practica nado sincronizado; ¡pero si se trata precisamente de eso!, de mostrarle a todos qué lindo se ve con su uniforme de segundo grado y qué bien hace ya la posición pierna de ballet doble. Los padres, según estos artículos, están poniendo en riesgo a sus hijos a diario y apenas por un puñado de Likes.
Pero el riesgo al parecer bien vale la pena. Según un artículo publicado por The Guardian, titulado “Does sharing photos of your children on Facebook put them at risk?”, el 63% de las madres estadounidenses usa Facebook y de ellas, el 97% pone fotos de sus hijos en la red, el 89% comparte estatus sobre sus hijos y el 46% publica videos. Básicamente, Facebook es el lugar para exhibir a los hijos. En las reuniones de antes, el niño podía negarse al espectáculo haciendo un berrinche o escondiéndose debajo de la cama hasta que la visita se fuera, pero hoy por hoy es probable que no haya terminado de realizar la actividad de turno cuando su foto, video o las palabras inspiradas en su performance ya estén circulando a velocidad de timeline.
Generación Truman o Generación Culkin
Con la anuencia de los perfiles de sus padres, los niños que viven en la era Facebook están creciendo como si vivieran en sus propias versiones digitales de El Show de Truman, todos bajo la atenta mirada de aquellos escogidos por el algoritmo y con la permanente posibilidad de volverse celebridades web. La mayoría, es cierto, correrá con la suerte de haber recibido los Like del olvido. Los más osados se escaparán como Truman, esperemos que no antes de reclamarles a sus padres el que hayan compartido hasta ESA fotografía. Pero otros, debido a lo cuchi o lo cómico o lo impresionante de lo compartido, pudieran quedar etiquetados de por vida, a lo Macaulay Culkin, que sigue siendo Mi pobre angelito haga lo que haga. Con el vértigo de esta era, esta práctica generalizada bien pudiera volverse cosa del pasado en apenas un rediseño de la interfaz de usuario. Pero por ahora, los niños de hoy son niños virales, cada una de sus fotos y sus actividades se reproducen decenas, centenares o miles de veces frente a infinidad de personas, y las consecuencias de esto en sus vidas, apenas están por verse.
