Operación Queremos tanto a Borges


La primera vez que leí Instantes fue en el día final del curso de matemáticas aplicadas a la ciencia política. Pocas cosas son menos poéticas que un curso como ése. Por ello, la profesora quiso darle un tono más amable a la última sesión y al entregar los exámenes también repartió Instantes. Debajo del título se leía el nombre de su autor: Jorge Luis Borges.


Para ese entonces yo había leído las obras completas de Borges, pero en el análisis literario suelo ser más enciclopédico que estilístico y no encontré nada raro en Instantes, excepto que no recordaba haberlo leído y que la gente a mi alrededor se confesaba demasiado emocionada y conmovida por esas palabras.


Más temprano que tarde, olvidé el poema, como también olvidé todos los demás poemas de Borges. Pero eran los tiempos de la masificación del correo electrónico e Instantes regresó a mí repetidas veces, vía cadenas de emails y tras las cadenas, no sé si días, semanas, meses o años después, también recibí el desmentido explicando cómo la atribución a Borges del poema Instantes se trataba de un error absurdo, imperdonable y para ser sinceros, algo inexplicable. Fue entonces que vestí por primera vez mi traje de desfacedor de entuertos literarios y me dediqué a enviar el desmentido a todos y cada uno de mis contactos y a las direcciones que tomaba de mensajes colectivos que recibía. Las respuestas fueron desoladoras.


De las respuestas recibidas tras reenviar el desmentido


La más perturbadora fue aquella que decía con total convencimiento que solo un grande como Borges podía haber escrito algo tan sabio y hermoso. Otras personas me acusaron de insensible y de envidioso, y algunas señalaron que les traía sin cuidado quién hubiera escrito el poema, lo importante era lo que decía—claro, pensé, si anónimo hubiera sido el autor, otro sería el efecto. Fue ahí que elaboré mi primera hipótesis, que llamé Hipótesis A, acerca del efecto sobre las personas del poema Instantes escrito por Borges, comparado con el efecto que tendría el poema Instantes escrito por cualquiera.


Hipótesis A: “Si la gente leyera Instantes escrito por Anónimo, entonces no podrían comparar la imagen que tienen de Borges, un sabio inalcanzable, con la que les trasmite el poema, un Borges desdiciéndose de esa vida dedicada a la sabiduría”. El que Borges sea su autor, convierte el hecho de leer el poema en una historia del tipo Ciudadano Kane: un hombre al que todos admirábamos, temíamos, respetábamos o considerábamos superior, de pronto envidia una vida sencilla y por ello nos envidia a nosotros. Por eso gusta tanto el poema Instantes escrito por Borges; “¡Borges me envidia!” es un mecanismo demasiado poderoso para luchar contra él con un tonto desmentido.


Desde aquel día, convencido por completo del cumplimiento de mi Hipótesis A, me dediqué a idear planes y mecanismos para que la gente saliera de su error. Dejé de jugar solitario en la computadora, incluso vi menos televisión; mi principal ocupación era pensar en tramas y conspiraciones para borrar la asociación entre el poema Instantes y el nombre de Jorge Luis Borges. Por suerte, yo me consideraba más cortazariano que borgiano y un día, revisando mis cuentos de Cortázar para dar con la referencia de las personas que viajan en el metro porque viven ahí, terminé releyendo Queremos tanto a Glenda y encontré el plan que estaba buscando.


Operación Queremos tanto a Borges


La primera etapa fue fácil: cada vez que recibía el poema vía cadena de email, no me limitaba a reenviarlo como tanta otra gente; editaba la presentación de Power Point o el texto del mensaje para que dijera Instantes, poema escrito por Luis Alejandro Ordóñez y lo volvía a enviar a todos mis contactos y a todas las direcciones que aparecían en el mensaje—vamos, que a mí también me gustaría disfrutar un poco de la fama del poema—. Lo cómico era recibir tres tipos de mensajes: uno de felicitaciones por haber escrito algo tan hermoso y haber podido transmitir tan bien los sentimientos de alguien al borde de la muerte; otro de felicitaciones por la sagacidad y el acto de intertextualidad justiciera que estaba realizando; y un tercero, los mayoritarios, de gente que no entendía qué estaba tratando de hacer y por qué plagiaba tan burdamente a Borges. Para casos como esos y para los que necesitaban la versión en papel, estaba dedicada la segunda parte de la Operación.


Para ello, escribí unos cinco poemas estilo Instantes—no pienso compartirlos aquí, no tendría el valor—y preparé un libelo titulado Instantes y otros poemas, por supuesto firmado por mí. Conversé con algunos amigos y aunque les pareció simpática la idea no quisieron ayudarme, tampoco ningún librero se sumó al plan, aunque hablé con un par que se confesaban devotos borgianos y sobre todo indignados por el malentendido con Instantes. Al final, por falta de presupuesto no pude publicarlo, mucho menos distribuirlo en algunas librerías, pero la lógica era la siguiente: cuando alguien llegara a la librería preguntando por el poema Instantes de Jorge Luis Borges, el librero, en vez de enfrascarse en una bizantina discusión sobre si Borges no solo nunca escribió el poema Instantes sino que jamás habría sido capaz de escribir algo así, buscaría el libelo y se lo entregaría al cliente sacándolo de su error.


Así las cosas, la tercera parte de la Operación Queremos tanto a Borges apenas quedó en un bosquejo: en operaciones comando, yo y un grupo de borgianos iríamos por librerías y papelerías, por quincallas, por editoriales de tarjetas y marcalibros, por oficinas públicas, por consultorios y por salones de matemáticas aplicadas a la ciencia política, recopilando los afiches, marcalibros, tarjetas, postales y reproducciones de cualquier índole y formato donde el poema Instantes se mostrara orgullosamente escrito por Jorge Luis Borges, cambiándolos por la versión de mi autoría, que era exactamente la misma, solo que firmada por Luis Alejandro Ordóñez—me habría hecho tan famoso.


Con el tiempo, olvidé la cruzada, aunque seguí más o menos pendiente del tema. Me impresionó, por ejemplo, leer el ensayo donde Víctor Almeida rastreó el equívoco y mostró cómo la mismísima revista mexicana Plural adjudicó la autoría del poema a Borges. Almeida descubrió que el poema es atribuido a una oscura poeta americana, Nadine Stair, quien al parecer lo que hizo fue un burdo plagio. El texto original, encontró Almeida, está escrito en inglés y su verdadero autor sería un cómico estadounidense llamado Don Herold, que ni siquiera lo escribió en verso sino en prosa. Pero lo más increíble del ensayo de Almeida es ver cómo le ha agregado incisos y apéndices debido a que con los años (la primera versión de su texto es de 2000) ha encontrado nuevas atribuciones del poema a Borges, incluso en inglés, ya que el poema firmado por el argentino ahora se puede encontrar traducido al idioma en que fue escrito originalmente, no por Borges ni en verso. De haber logrado poner en marcha mi plan, y si hubiera dado resultado, ya sería un autor traducido a otro idioma.

Sin embargo, no fue mi fallida operación ni la impresión que me causó la vitalidad del poema Instantes de Borges, lo que me hizo escribir este texto que estás leyendo. Fue otra cosa que di en llamar:


La Conspiración Instantes


El propio ensayo de Almeida me dio la idea de que había una conspiración detrás del asunto del poema Instantes. Almeida cita unas palabras de la viuda de Borges, María Kodama, donde dice que ella quería creer que la falsa atribución se debía a la ignorancia. Estando metidos los mexicanos de Plural, me imaginé de inmediato un plan para colocar a Octavio Paz por encima de Borges como el más grande escritor latinoamericano de todos los tiempos, gracias a discusiones canceladas con un “no manches, buey, ¡Borges escribió Instantes!”.


Pero yo soy venezolano y estoy curado contra las teorías de conspiración del tipo “producir-una-tragedia-para-que-ante-la-reacción-oficial-la-opinión-pública-cambie-y-con-ello-en-una-próxima-vez…”. El plan de atribuirle un poema menor a Borges para dañar su prestigio literario era demasiado complicado y sutil para que fuera cierto, por lo que si había un mexicano en el asunto lo que diría más bien sería “no manches, Kodama, ¡quién lee Plural!”.


Sin embargo, películas como El Informe Pelícano o La Red demuestran que las conspiraciones son entramados tan perfectos que solo pueden ser descubiertos por observadores accidentales, y yo, a pesar de mi conocimiento del asunto Instantes, también resulté un observador accidental.


De cómo un evento al que asistí por casualidad me permitió cambiar mi visión de la Conspiración Instantes


Parte de la familia de mi esposa Olivia vive en Cosquín, Argentina, y estando allá de visita me enteré de que en Villa de María de Río Seco había un acto homenaje a Leopoldo Lugones. Dada la cercanía, la oportunidad de visitar el Museo Lugones y quizás de escuchar algo de buena literatura, convencí a Olivia de asistir al acto. Como era de esperarse, estaba lleno de personalidades, entre ellas María Kodama. Pero como también era de esperarse, los actos culturales son iguales en todas partes y el fastidio únicamente fue roto porque una de las oradoras de orden comenzó a leer el poema Instantes de Borges, con lo cual la reacción de Kodama no se hizo esperar: Agitando las manos y diciendo “eso no es así”, intentó interrumpir la lectura, pero solo pudo llegar al estrado cuando el turno de la oradora había terminado. Desde el estrado y contra todo orden protocolar, Kodama señaló que ese poema no era de Borges sino de una escritora estadounidense llamada Nadine Stair.


Más allá del hecho de que la misma Kodama insistiera en la atribución errónea del poema—como si Instantes estuviera condenado a tener autores falsos—lo interesante me pareció la demostración in situ de la poca efectividad del método del desmentido. Si pudiera llegar a Kodama, pensé, le hablaría de mi Operación Queremos tanto a Borges, pero entre la confusión y la servicial vergüenza que embargó a las fuerzas vivas culturales de Córdoba, me fue imposible acercarme a ella.


Al leer en la prensa local la reseña de lo sucedido, fue cuando cambié mi visión de la Conspiración Instantes. Todo era demasiado venido al pelo: un acto cultural en un balneario turístico de provincia que contó con la presencia de la viuda de Borges y aunque el evento no era sobre Borges justamente se leyó el mentado poema. Perfecto, demasiado perfecto para no ser sospechoso.

Para resolver el acertijo detrás de una teoría de conspiración, hay que basar los análisis sobre una premisa: busca al beneficiario de una situación y encontrarás a su autor. ¿Cuántas veces hemos recibido un Power Point con el Poema de los Dones? Sin duda menos que de Instantes. Nadie se ha beneficiado tanto del poema Instantes escrito por Jorge Luis Borges como la propia María Kodama, quien ha obtenido de luchar incansablemente contra ese equívoco una prensa que sin Instantes no tendría. Quedé convencido de que para mantener el entuerto, desde la Fundación Internacional Jorge Luis Borges la mismísima viuda preparaba y enviaba masivamente las presentaciones Power Point de Instantes, poema escrito por Jorge Luis Borges en el ocaso de su vida, con musiquita de consultorio en .midi y paisajes inspiradores.


Yo, autor de mi propia conspiración fallida, me quité el sombrero frente a Kodama y resolví mantener su secreto. Sin embargo, no logré olvidar el asunto—que es la mejor manera de mantener un secreto—sino que desvié mi atención a algo que no tocó Almeida en su ensayo y que no solían preguntarle a Kodama cuando ella decía que el poema no era de Borges sino de Stein: ¿Cómo sucedió la primera vez? Al principio, el que esa pregunta brillara por su ausencia, me pareció otra prueba de lo convenientes que resultaban para Kodama estos episodios. Sin embargo, al concentrarme en descubrir cómo sucedió la primera falsa atribución, entendí que Kodama era una víctima más del asunto.


De mi teoría de la falsa atribución


La primera fase de la Operación Queremos tanto a Borges me enseñó lo difícil de una falsa atribución. Escoger bien texto y autor que se van a emparejar falsamente es parte importante del éxito de la tarea, más aún si se trata de un autor tan leído y estudiado como Borges. ¿A quién que recomiende la publicación de un poema poco conocido de Borges le harían caso en, por ejemplo, la revista Plural? Con los años me fui convenciendo de que sólo alguien muy cercano al escritor pudo hacer pasar Instantes como un poema de Borges. Todas las lógicas me seguían llevando a Kodama, pero de tanto insistir en el tema terminé releyendo a Borges y entonces pude dar con la clave del misterio.


En Pierre Menard, autor del Quijote, Borges muestra cómo en el lugar donde la obra de Cervantes dice “… la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir” la versión de Menard decía “… la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir”. Las diferencias entre ambos textos y entre ambas versiones del Quijote, están en la distancia temporal que separa a Pierre Menard de Cervantes. La obra que lee y reproduce letra por letra Menard, es distinta de la de Cervantes por lo diferentes que son ambos escritores. Borges se jactaba más de las páginas leídas que de las escritas; gracias a cuentos como Pierre Menard, autor del Quijote, sabemos que aquello no se trataba de modestia de argentino sino de una posición filosófica sobre la lectura: Leer nos hace autores de lo leído. Consecuencia inmediata de ello es que la vida del autor depende de lo que sus lectores leen en su obra, pero también de lo que encuentran en su nombre. “¡Borges jamás habría escrito algo así!”, dicen unos; mientras, hay quienes leen un poema llamado Instantes y se imaginan sin problemas a un Borges de 85 años que sabe que está muriendo y que quisiera vivir su vida otra vez. Un Borges transformándose así a los ojos de los lectores es una trama demasiado borgiana para que se le haya ocurrido a otro que no fuera Borges.


Almeida, otra vez, me dio las pistas definitivas. Su ensayo finaliza con una conclusión parecida a la Hipótesis A, mientras habla de la coincidencia que hay en que el texto de Herold sea de 1953, año en que Borges publicó El Fin, cuento donde el escritor narra a un Martín Fierro desdiciéndose de su vida. Borges era un lector insaciable al que ni siquiera la ceguera pudo detener. Además, disfrutaba de meterse en bibliotecas y laberintos de publicaciones. No es difícil imaginárselo llegando al texto de Herold y notando la coincidencia más allá de las distancias literarias. Tampoco resultaría extraño que haya accedido al texto de Stair y que con su memoria enciclopédica reconociera de inmediato el plagio que había detrás. El anonimato de Stair la protegió de una acusación de plagio pero no de la sagacidad del escritor de Pierre Menard, autor del Quijote, que vio en los cambios y variaciones que Stair hizo, no una muestra de inocencia y falta de oficio literario sino una demostración más de que escribimos como leemos y leemos como somos. De ahí a que Borges decidiera ser parte de la trama, solo faltaba un paso.


Nunca sabremos cómo y cuándo decidió hacer una versión del poema, porque el entramado se caería si Borges hubiera dejado una confesión o una bitácora—o tal vez su explicación está en alguna página del Libro de Arena. Me gusta pensar que Borges se sintió como el escritor a punto de ser fusilado de El Milagro Secreto, después de todo, estaba traduciendo y transformando un poema para que nadie supiera que fue versionado por él, precisamente porque lo firmó como suyo. Otras veces creo que se lo dio a la misma Kodama para que ella lo tradujera y así resultara bastante antiborgiano; luego, en un juego de complicidades solo posible dentro de una pareja, Borges firmó la traducción, eso sí, sin confesarle a Kodama que era parte de una trama más compleja.

Borges no pudo ser testigo de la efectividad de su plan, porque en efecto lo alcanzó la muerte. Pero tampoco lo necesitaba, seguro de su propia escogencia. Hoy por hoy, las evidencias de que Borges no escribió Instantes son poderosas, convincentes y ampliamente conocidas, pero la falsa atribución se mantiene vital y veloz. Por cada comentario donde un borgiano desmiente la autoría de Borges sobre Instantes, hay una página web o un blog donde el poema Instantes sigue siendo atribuido a Borges—y las entradas de blog suelen ser mucho más leídas que los comentarios a esas entradas. Por si fuera poco, ahora Instantes de Jorge Luis Borges también circula en otros idiomas.


Mientras, los que hemos entendido la trama—que ésta no es la primera vez que hablo al respecto, aunque sí la primera vez que escribo sobre ello—continuamos la labor borgiana. La Operación Queremos tanto a Borges transformó su objetivo: ahora no busca desenmascarar el equívoco sino perpetuarlo. Soy uno de varios que como misión tenemos el reproducir diariamente por cualquier medio el poema Instantes, atribuido no a un nuevo apócrifo sino al autor que convierte en obra maestra su lectura. Y ése solo puede ser Jorge Luis Borges.


No queda más que hacerte una invitación. Si quieres ser parte de la Operación Queremos tanto a Borges, comparte con tus contactos el poema Instantes, de Jorge Luis Borges, que te reproduzco a continuación.

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