Nos conocimos envueltos en mangas largas, abrigos, guantes y pasamontañas. La piel era una premonición, una promesa que no supimos cumplir. Llegado el momento, la mía sin mácula seguía despertándole muchas suspicacias; por eso, antes de desnudarse, repitió su advertencia: “Tengo todo el cuerpo tatuado”.
Nunca supe si la última prenda ya había caído al piso, pero hipnotizado me acerqué a su figura de códice milenario. Con la punta de los dedos me guié en el recorrido a través de ángeles, calaveras, flores, hojas, púas, letras y patrones, intentando descifrar el mensaje que llevaban oculto. No entendí nada hasta que salió de la habitación ropas en mano y dando un portazo.
