El 10 de noviembre de 2021, en un evento de la Feria del Libro de Miami titulado ¿País portátil?, Camilo Pino, Eli Bravo y yo conversamos sobre la literatura venezolana reciente. Del encuentro no quedó grabación de ningún tipo, al menos no que llegara a mis manos, por eso días después decidí resumir, de memoria y con agregados postconversa, las ideas que compartí ese día. El texto solo estuvo disponible para los suscriptores del boletín de La Oficina (¡hay material exclusivo! Buena razón para suscribirse), pero creo que vale la pena volverlo a publicar:
Del país receptor al acento minesotano
Permítanme comenzar con una anécdota que involucra a la poeta y narradora Kelly Martínez Grandal. La primera vez que supe de ella fue en un evento en la librería Books & Books de Coral Gables donde Kelly era parte de un panel junto a César Segovia, poeta al derecho y al revés, y a la extraordinaria diseñadora Faride Mereb, tres profesionales venezolanos del mundo del libro hablando de proyectos recientes, excelente tertulia. Un par de meses después, conversando con alguien hablamos de Kelly y la persona se refirió a ella como la poeta cubana. ¿Cómo que cubana? Ella es venezolana, le dije y casi nos peleamos por la nacionalidad de Kelly, que en efecto es cubana, solo que vivió veinte años en Venezuela y entre venezolanos se escuchen. Este año, Kelly presentó un libro de cuentos maravilloso, Muerte con campanas, que incluye un cuento titulado Estela en el agua y en él hay un momento que me dejó total certeza de la venezolanidad de Kelly: un diálogo donde a la inmigrante venezolana le preguntan si de verdad es de Minnesota.
Buena parte de los venezolanos en Estados Unidos nos hemos enfrentado a eso que a mí todavía me parece un fenómeno digno de estudio de la lingüística: la forma en que respondemos a la pregunta Where are you from? se escucha a oídos angloestadounidenses como Minnesota.
Durante muchos años, parte de la identidad nacional venezolana hablaba de Venezuela como un país receptor de inmigrantes ya que el venezolano no emigraba, pero lo cierto es que la literatura y la cultura pop venezolana han reseñado desde por lo menos 2001 la transformación del venezolano de gente que no emigra a gente que no solo lo hace sino que está dispuesta a jugarse la vida en la salida de su país.
Para mí es fácil indicar ese año, 2001, porque es el año en que autopubliqué mi primera novela, que desde hace tiempo tengo lista para reeditarla aunque nunca termino de animarme: la historia de tres amigos que tienen un plan para salir de Venezuela en las mejores condiciones económicas posibles. Irse a como dé lugar del país es el tema de novelas icónicas como Blue Label, Etiqueta Azul, de Eduardo Sánchez Rugeles y de la aclamada La hija de la española, de Karina Sainz Borgo. Pero también en el fondo es el tema de la canción Yo me quedo en Venezuela, de Carlos Baute, que se volvió burlesco bumerán cuando el cantante se estableció en España, y también es el tema de Caracas, ciudad de despedidas, ese magnífico documental que fue destrozado por la opinión pública venezolana porque no estaba lista para verse en un retrato tan descarnado de lo que se había convertido el país receptor.
Hoy por hoy, sin duda estamos en otra etapa de la identidad nacional y de la forma en que la literatura venezolana está haciendo referencia de ella. Estamos en la etapa de construir o reseñar el acento minesotano, como en el cuento de Kelly. La identidad venezolana se está reinventando, redescubriendo y renaciendo en el exterior. Se calcula que desde 2015 unos seis millones de venezolanos han salido del país. Esos son dos Uruguay o dos Puerto Rico completos abandonando su territorio. Y si se extiende la fecha de salida son muchos más de seis millones, como ejemplo los tres presentes en este panel tenemos en Estados Unidos desde antes de 2015. Pero quedémonos con esa cifra, por supuesto que en esos seis millones hay muchos escritores.
El contingente de narradoras y narradores, de poetas y ensayistas, que están escribiendo a y sobre Venezuela desde el exterior es un tanto abrumador. Abrumador porque siempre se migra en espiral. Como en la espiral, uno se aleja de los lugares acercándose, recuerdos, nostalgias, se viven día a día, pero también las cosas inesperadas, de las que no nos habíamos percatado, las querencias que desconocíamos porque no habíamos tenido la oportunidad de sentirlas, comienzan a destacar en nuestra identidad, transformándola; como el acento minesotano, una experiencia común a tantos venezolanos en Estados Unidos que ya nos permite hablar de ella como un aspecto de nuestra identidad nacional, una parte de la identidad nacional construida por completo fuera del país, en un lugar muy específico, qué aspectos de lo que es Venezuela, de lo que es ser venezolano, se están construyendo en otros lugares y los desconocemos por completo por no estar en esos lugares.
Pero como la espiral se puede recorrer en sentido contrario, nos acercamos a un lugar alejándonos, mirar a cualquier país, y a Venezuela en el caso que nos atañe, significa mirar un país que dejamos atrás pero que también nos dejó atrás a nosotros, vivencias que no tenemos o que solo podemos tener mediadas por terceros, recuerdos que ya no se corresponden con la actualidad de las personas y los sitios objeto de esos recuerdos, pero que por no estar con esas personas y en esos sitios pensamos que permanecen incólumes. Escribir desde afuera es para bien y para mal escribir ficción, la más pura ficción aunque se trate del retrato más fidedigno que hayamos podido construir del lugar (para mí, escribir siempre es hacer ficción, por eso uso con bastante incomodidad la distinción ficción-no ficción, pero eso es otro tema).
La parte delicada del acento minesotano es que a la narrativa venezolana se le está leyendo mucho en busca de la explicación, de la revelación de lo que nos sucedió como país, de lo que nos espera. Cómo se lee lo escrito es tanto o más importante que cómo se escribe. Por eso, hacerse la pregunta sobre cómo se está leyendo a Venezuela desde el exterior y cómo se leerá en el futuro, es clave y quizás más importante que la de cómo se está escribiendo y describiendo al país desde afuera.
De la literatura del país que deja de ser receptor, pasamos a la literatura con acento minesotano; lo más probable es que en algún momento comencemos a encontrarnos con la literatura del regreso. Muchos no se plantearán esa historia como no se plantearán regresar al país, pero otros sí, quizás estemos más pronto de leerlos de lo que creemos; en redes sociales, por ejemplo, me he encontrado testimonios de gente que decidió regresar al país a pesar de todo, testimonios hechos desde la necesidad de contar, narraciones en ese formato siempre a medio camino entre lo espontáneo y lo premeditado que es el souchal midia. Cuando esa necesidad de contar se vuelva novela, cuento, poema, ensayo, el qué encontraron, cómo se reintegraron, cómo fueron recibidos, serán temas que poblarán esos escritos. Y por supuesto, habrá que preguntarse por quiénes y cómo, también dónde, se están leyendo esas historias.
