Voy llegando a la frontera/pa’ salvarme en Venezuela se escucha en Caminos verdes, una canción un tanto olvidada de Rubén Blades y que sin embargo sirve para contrastar la magnitud del éxodo actual venezolano: ya son casi 8 los millones de personas que cambiaron la preposición y pasaron la frontera para salvarse de Venezuela.
Es otra acepción de ‘salvar’ la que utilizan Carlos Sandoval y Gustavo Valle para titular su compilación Salvar la frontera: Muestra de cuentos de autores venezolanos migrantes, volumen publicado por la editorial Equidistancias donde se puede apreciar el trabajo de 30 escritores venezolanos unidos por el hecho de que ya no viven en el país.
Pasar la frontera, vencer los obstáculos que trae consigo la idea y el acto de migrar, para los escritores es un cambio de punto de vista, de lenguaje, de imaginario y de identidad. Si bien en la presentación del libro los compiladores señalan que no están intentando responder cómo la migración cambia la escritura, es muy difícil leer cada uno de estos textos sin hacerse esa pregunta y, en especial, la pregunta colectiva: ¿Cómo cambia la literatura venezolana cuando un grueso tan significativo y representativo de sus miembros viven y escriben en el exterior?
Porque el peso de los nombres de Salvar la frontera es importante y contundente: Alberto Barrera Tyszka, Fedosy Santaella, Karina Sainz Borgo, Juan Carlos Méndez Guédez, Federico Vegas, Michelle Roche Rodríguez, Miguel Gomes, Gisela Kozak Rovero, Antonio López Ortega, Luis Barrera Linares, Juan Carlos Chirinos, Liliana Lara, Keyla Vall de la Ville, Lena Yau, Slavko Zupcic, Raquel Abend van Dalen, Marianne Díaz Hernández, Leo Felipe Campos, María Dayana Fraile, Gabriel Payares, Eloi Yagüe Jarque, Naida Saavedra, Raquel Rivas Rojas, Jacobo Villalobos, Mariana Libertad Suárez, Manuel Gerardo Sánchez, Jesús Miguel Soto, Hensli Rahn Solórzano, Carlos Ávila y Ricardo Añez Montiel. Las ausencias solo incrementan la urgencia de responder la pregunta.
Por si fuera poco, el interés por leer a Venezuela, por entender lo que está sucediendo y lo sucedido en los años recientes, crece a la par de que el éxodo continúa. El posible entendimiento estará mediado, por supuesto, por las explicaciones y buena parte de ellas se están dando desde la distancia. Por eso es tan importante el trabajo de ‘salvar’ desde otra de sus acepciones: guardar lo escrito para preservarlo, clasificarlo y calificarlo, compararlo en lo individual y lo colectivo, porque si bien una golondrina no hace verano, ocho millones producen un cambio climático y el trabajo que siempre nos quedará por delante es el de comprender ese cambio en todas sus dimensiones.
Salvar la frontera es y será parte de una conversación necesaria, importante y muy interesante sobre la literatura migrante, tanto venezolana como de otras identidades, una conversación que en el país donde vivo y en el idioma en que escribo suele presentarse desde el otro punto de vista, el de la literatura que constantemente está recibiendo nuevas voces, imaginarios e influencias a través de la inmigración.
En Salvar la frontera percibo un espacio narrativo común, una escuela que aún se comparte a pesar de la distancia y el tiempo, un fraseo, un modo de construir las oraciones, ¿un acento? que me gusta imaginar que reconocería como venezolano aunque hubiera leído estos textos sin saber su procedencia, o incluso si hubiera leído solo fragmentos sin referencias directas a la venezolanidad.
Ese acento creo también está en lo que se narra. En la fragilidad de la vida y de la realidad; en cómo la calma y la tranquilidad se esfuman de un plumazo; en los accidentes que trastocan planes y cotidianidades; en la forma en que los recuerdos parecen ser el único lugar donde las cosas tuvieron sentido y la felicidad sí fue posible.
Presentados en orden alfabético de sus autores, me gustó sin embargo pensar en estos cuentos desde el lugar donde suceden las historias, en Venezuela o fuera de ella. Para mencionar algunos, en el primer grupo hay una Venezuela del pasado en los cuentos “Yestermorrow” de Juan Carlos Chirinos, Madre de leche, de Michelle Roche Rodríguez, e incluso en el retrato que Mercurio, de Federico Vegas, hace de un momento que era el final de una época aunque en aquel entonces muy pocos lo percibían así. Una Venezuela más actual pero de algún modo también del recuerdo está presente en Para piano y orquesta, de Gisela Kozak Rovero, Videoclub de Hensli Rhan Solórzano, y Vírgenes suicidas de María Dayana Fraile, mientras el país naufraga en Cabo Codera, de Liliana Lara y El curso del Aponwao, de Antonio López Ortega. La bisagra entre el aquí y el allá la marca Tijeras, de Karina Sainz Borgo, con sus personajes salvando la frontera pero con menos opciones cada vez. Ya en el exterior, el presente es una materia que no se puede enseñar o aprender del todo, como en Primer día de clases, de Naida Saavedra, y La lección imposible, de Raquel Rivas Rojas; los accidentes cobran nuevas dimensiones en Treinta minutos o menos, de Marianne Díaz Hernández y Enero es el mes más largo de Keyla Vall de la Ville; el pasado nos busca de manera distinta en Pongan salsa, de Carlos Ávila y Azulejos rosas de la Casa Verde, de Slavko Zupcic; mientras la adaptación o asimilación nunca es completa en La zona donde vivo, de Miguel Gomes o La basura de unos, de Manuel Gerardo Sánchez. La distopía también está presente gracias a El fin de los aeropuertos, de Eloi Yagüe Jarque, pero no deja de ser significativo ese apenas uno entre 30.
Una muestra, insisto, importante y contundente sobre el estado y las posibilidades de la literatura ¿cómo llamarla? ¿venezolana en el exterior, venezolana trasnacional, de escritores venezolanos migrantes? No sé, lo relevante es que quede el registro.


