Urica

Boves levantó la mirada y creyó ver a Don Rodrigo Díaz de Vivar espantando moros incluso después de muerto. Quiso gritar, decirles a sus llaneros que lo pusieran de nuevo sobre el caballo, pero la sangre le inundó la garganta y el miedo que despertaba solo con la articulación de su nombre comenzó a disiparse en la sabana mientras los patriotas huían derrotados pero felices.