La librería del mal salvaje de Hernán Vera Álvarez

En La librería del mal salvaje (Ediciones Suburbano, 2019), novela de Hernán Vera Álvarez, la literatura es ante todo refugio, pero también resistencia y rebelión.

Las páginas de La librería del mal salvaje están llenas de amor por la literatura. Imagino que esa es la principal razón por la que el librero-narrador trabaja en la librería. “Estar completamente solo rodeado de libros es regalarse un ticket al mejor lugar” dice en un momento, en otro nos confiesa que le gusta ser librero: “Recomendar lo que leí y los bellos libros de mis buenos amigos…”. Sus días van pasando entre recomendaciones, lecturas, encuentros fortuitos y furtivos con autores que había olvidado, con otros que descubre y con clientes viejos conocidos o que podrían volverse amigos. La librería del mal salvaje está escrita con la fascinación por ordenar los libros de cierta manera; de jugar al laberinto de los anaqueles para hacer dialogar a los autores en diferentes términos; con el placer de recomendar unas lecturas por encima de otras; de ayudar a un lector a descubrir un libro que le será especial y del regocijo de verlo volver buscando una nueva recomendación, una nueva lectura.

Toda librería es una tarea pendiente, un reto imposible de rechazar si se es un ávido lector. Y en cada página de esta hay una nueva invitación; como todo buen libro, La librería del mal salvaje es un puente a otros libros, a autores por descubrir o por revisitar. De manera particular, la invitación a pasearse por la literatura argentina gracias al proyecto que el librero prepara en las horas de poca afluencia de clientes. Las notas que está recopilando de historia cotidiana de la literatura argentina, con una mezcla maravillosa entre humor y erudición, nos pasean por detalles de la vida y obra de autores como Copi, Lugones, Ocampo, Puig, Borges, Piglia y las ganas de leerlos o releerlos se multiplican con cada nuevo ítem.

Son esas notas, sin embargo, las que le hacen recordar al librero que está trabajando y que le pagan para que venda libros, los avale o no. En la librería, la literatura tiene que competir con otros géneros y con la atención al cliente. El lento pasar de las horas, tan propicio para la lectura, se convierte en tedio burocrático ante la frustración de estar rodeado de libros que no se pueden leer o que solo se pueden leer furtivamente; debido a la política de estar siempre de pie; y por la tristeza de tener que vender libros que quisiéramos que nadie leyera. Ay, los clientes, esa clase de lector tan peculiar que pregunta por El Principito de Maquiavelo y mientras saca la billetera para pagarlo dice que extrañará las librerías cuando ya no quede ni una.

Impresiona encontrarse en La librería del mal salvaje con tantos clientes ávidos por expedir el acta de defunción de la librería, como si su visita al negocio confirmara la inviabilidad del mismo. “La gente agradece, a veces compra un libro, nos desea lo mejor y eso parece más un pésame adelantado que un futuro de éxito”. Yo, por mi parte, leo y escribo sin saber qué va a permanecer en pie, sin saber a dónde podremos regresar; espero que uno de esos lugares sea esta librería. Tengo altas mis expectativas al respecto, porque el librero sabe que “en estos tiempos oscuros trabajar en una librería que tiene especialmente obras en español es un acto estético y no menos político”. No dejemos de leer y de volver a La librería del mal salvaje.